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| Andanzas con Cipriano El Escribano |
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Por Martín Rodas En una de esas suertes de la vida, me encontré hace poco viajando hacia el sureste del Brasil, a la región del Mato Grosso, lugar encantado, de minas de diamante, oro y otras piedras preciosas y semipreciosas, después de pasar por la “absurdidad megalopolienta” de Sao Paulo y el típico acontecer citadino y muy suramericano de Belho Horizonte. ![]() Tuve oportunidad de conocer el pueblo de Cordisburgo, lugar de nacimiento de Joao Guimaraes Rosa, el autor de la novela “El Gran Sertón: Veredas” y de admirar el paisaje que él describe en su portentosa obra de selvas polvorientas y caminos de barro rojo. Estuve durante quince días en Diamantina, asentada en el Valle del Jequitinhonha y Mucurí, realizando un curso de lengua portuguesa y cultura en la Universidad Federal que lleva el mismo nombre del valle. La ciudad es patrimonio cultural de la humanidad y tiene una profunda historia enraizada en las tradiciones portuguesas, negras e indias. Sus casas son de arquitectura colonial, muy parecidas a las que todavía se conservan en el centro de Manizales, y posee bellas iglesias del estilo barroco brasileño. Todas sus calles son empedradas y por las mismas transcurre un interesante movimiento cultural que involucra variadas manifestaciones artísticas. El fondo musical permanente es de samba, que allí tuvo especial importancia en sus orígenes negros, y es de destacar el sentimiento de todos sus habitantes por este ritmo que ya es clásico en el mundo. También retumban en sus calles los sonidos de los tambores que acompañan la capoeira, muy apreciada y practicada por los jóvenes. En el tiempo que estuve en la ciudad de Diamantina, se celebró el Festival de Artes de Invierno, cuya inauguración estuvo a cargo de las bandas infantiles y juveniles de varias instituciones educativas. Fue algo de nunca olvidar… ¡qué voces e interpretaciones!... y todo centrado en la fuerza y el valor de sus mejores tradiciones musicales. La agenda del festival estuvo pletórica de cine, exposiciones, talleres sobre arte digital y expresiones plásticas clásicas, en fin, algo para plantear en nuestra ciudad como un proyecto que involucre a las comunidades de los barrios viejos (porque Diamantina es una ciudad vieja, como explico a continuación) para que sus tradiciones sean visibles y permita que se conviertan en un capital fuerte para los planes turísticos que se ven venir en Manizales. En Diamantina no tumban los ranchos, los cuidan y el gobierno apoya planes de restauración en donde la gente tiene importancia central. Cuando recorría sus callejones y admiraba las construcciones tan similares a las de nuestros barrios tradicionales, con sus arquitecturas no convencionales de tierra y guadua, pensaba en la inmensa riqueza de nuestros centros históricos (entiéndase que no sólo considero como tales a los de la arquitectura republicana; también incluyo y les doy más importancia a los de las casas populares de teja de barro, bahareque y guadua), de sus universos humanos tan variados y raizales, eso que ya no se ve en el modernismo de apartamentos aburridos y casas vaciadas en moldes idénticos. Cuando regresé de este viaje y me encontré en el parque con Cipriano El Escribano, luego de comentarle estas reflexiones y decirle entusiasmado cómo cada vez que conocía otros lares, me sentía más orgulloso y feliz de vivir en esta tierra incomparable, él, con la barbilla entre su mano derecha acariciando una incipiente barba, me dijo: - Pues hombre, muy bonito lo que me comenta, pero hay que ver que aquí, con la conciencia que tenemos de lo nuestro, o que no tenemos más bien, todo esto nos parece feo, viejo y para tumbar. Aquí, el orgullo de ser como somos no existe… aquí siempre hemos querido ser como los franceses, como los ingleses y ahora, como los gringos… Pero como nosotros mismos, pues, ¡nos da pena! A lo que le respondí: - Hermano, usted que es tan creativo, por qué no se cranea una estrategia contra el olvido y por la recuperación de la memoria y el orgullo de ser como somos… - Hombre, pues yo sí tengo algo pensado… no sé, pero de todos modos le comento… Y empezó una larga exposición de la manera como iba a crear un gran movimiento para no olvidar de dónde venimos, qué somos y para dónde vamos; con el único objetivo de redirigir nuestro rumbo hacia los caminos de la dignidad, que precisamente sería el nombre del proyecto “Dignidad”… Desafortunadamente no me alcanzó el tiempo para escuchar todo el plan de Cipriano, pues mis horarios de oficina son estrictos, pero quedamos en que luego hablaríamos más y me daría un manifiesto con los principios fundamentales de su idea (que espero publicar aquí). Ese día, Cipriano El Escribano se me apareció con toda la lucidez que sólo un loco como él puede tener. |