¿Qué tan rara es una familia que adopta?

Fecha:
Dia:
Ninguno
Lugar:

Yolanda Reyes

Adriana Villegas Botero


A propósito de Qué raro que me llame Federico, de Yolanda Reyes
Este año en Colombia el tema de la adopción ha estado presente en el debate público nacional, al menos por dos razones: Por un lado, la retardataria iniciativa de la senadora Viviane Morales de promover un referendo para prohibir que las parejas del mismo sexo y las personas solas, sin pareja, puedan adoptar, y de otro lado las denuncias sobre los procesos cada vez más complicados para adoptar que tienen hoy a más de 21.000 niños y jóvenes viviendo en instituciones del ICBF y esperando que una familia los acoja. Las cifras muestran que sus posibilidades son remotas: el año pasado apenas hubo 1.082 adopciones en Colombia, según  informó recientemente la Revista Semana.
La literatura no obedece a la coyuntura o la actualidad, pero en un contexto como éste es un bálsamo que se publique una novela como Que raro que me llame Federico, de Yolanda Reyes, en la que se humaniza con rostro y nombres el tema de la adopción. La novela narra una historia sencilla, repetida hasta la saciedad, que por alguna razón había estado ausente de nuestra literatura más reciente: una española viene a Colombia para adoptar un niño, se lo lleva y el niño crece allá. Luego el niño, convertido en joven adulto, regresa a su país de origen para buscar las raíces perdidas de su infancia.
Eso es todo. Pero en esa síntesis hay mucho dolor y también mucho amor: "Dos corazones rotos: el de mi madre, por no haberme tenido entre sus tripas. Y el mío, por no haber nacido de las suyas. Dos dolores que se encuentran. Será dolor lo que nos une".  El de Belén, la editora que intenta quedar embarazada y luego decide adoptar, y el de Federico, llamado así por su nueva madre, pues el nombre de Freddy que tuvo hasta los cinco años a ella no le gustó y se lo cambia por Federico, inspirada en el verso "Qué raro que me llame Federico", de García Lorca. Como se dice al final del libro:
Es entonces una novela sobre la maternidad y la familia, pero también sobre la adaptación a otros mundos: el de acá y el de allá, el de vivir sola y vivir con un hijo, el de convivir en el presente con un pasado brumoso, el de comunicarse a partir de lenguajes distintos.
Yolanda Reyes aborda la historia con una prosa limpia, sin artificios, en una narración a dos voces. La novela se divide en tres partes y cada una está compuesta por capítulos breves que tienen dos componentes: la vida de Belén, contada en tercera persona y en orden cronológico, desde su pasado profesional hasta hoy, y la de Federico, contada por él mismo a partir del momento presente.  
El libro plantea inquietudes sobre el lenguaje (el español de Colombia no es el de España), sobre los nuevos modelos de familia y sobre la forma en la que acogemos a los que nos son diferentes (los primos hablan de Federico como “el recogido”). Pero por encima de eso, es una novela sobre los desgarramientos y sus huellas: el del parto, el de un niño que es separado de su madre biológica y el de un joven fotógrafo que decide separarse de lo que es, para intentar unirse a lo que alguna vez fue. "En esta casa no hay padre; hay familias de familias y algunas están formadas por una madre y un niño, nada más, como la nuestra", explica Belén. En otro momento ella reflexiona: "un hijo no es un trofeo ni una mercancía, que no resuelve problemas de pareja ni llena los vacíos de otras pérdidas" y también concluye: "las mamás necesitan creer siempre, pase lo que pase, ese es un punto que se repite en las historias: la necesidad de las mamás de creer, incluso cuando saben que es mentira".
Sin duda un libro hermoso. Sobrio, sencillo, iluminador, y útil en un país en el que algunos, con insoportable superioridad moral, predican que existen modelos de familia mejores y peores.

Qué raro que me llame Federico
Yolanda Reyes
Editorial Alfaguara
199 páginas