“Peep Show”, “Bojack Horseman” y “Rick and Morty”

Fecha:
Dia:
Ninguno
Lugar:

Reír de lo que no nos atrevemos a mencionar: Tres series de humor negro.

David Jiménez González

 

 

I had visions, I was in them;

I was looking into the mirror

To see a little bit clearer

The rottenness and evil in me.

Harvey Danger, “Flagpole Sitta”

El espíritu de nuestra época está reflejado en la televisión. Desde “The Sopranos” hasta “The Handmaid’s Tale”, pasando por “Breaking Bad”, “Game of Thrones”, “House of Cards”, “Mr Robot” y “Westworld”, los guionistas han demostrado una gran capacidad para ilustrar el comportamiento humano y para mostrar historias entretenidas y profundas, a partir de una ambición novelesca -comparable a la de Víctor Hugo o Balzac-. El reconocimiento de las series televisivas, como género narrativo y visual que retrata la condición humana actual, es evidente. Una muestra de ello fue el regreso, este año, de la serie que lo inició todo: “Twin Peaks: The Return”, continuación de la serie homónima de los noventa (creada por David Lynch y Mark Frost y dirigida por el genio creador de “Eraserhead”, “Lost Highway” y “Mulholland Drive”), fue uno de los eventos televisivos más esperados de los últimos treinta años. La producción de esta serie, por parte de la cadena “Showtime”, permitió que la surrealista e iracunda sensibilidad de Lynch hubiera llegando al máximo culmen estético: gracias a “Twin Peaks”, podemos calificar al género de la serie televisiva como una de las bellas artes. 

Ante tal optimismo, se ha dado espacio para series destinadas a todos los gustos: desde el más simple entretenimiento acartonado, de inspiración “pulp”, hasta relatos que, entre diálogos e imágenes, sugieren situaciones terribles a las que nos enfrentamos cotidianamente en nuestros hogares, trabajos y ratos libres. Este último conjunto de series nos enfrenta a nosotros mismos, hasta destrozar cualquier noción de seguridad en el futuro, cualquier confianza en la alegría, dejando en el espectador una inquietud sobre la alienación, la incomunicación en esta era tecnológica, el desengaño como estilo de vida, los malestares de vivir en un ambiente urbano y el lugar de la raza humana en el cosmos.

Desde diferentes sensibilidades en el ámbito anglosajón -influenciadas por las novelas de Philip Roth o por las películas de Todd Solondz-, “Peep Show”, “Bojack Horseman” y “Rick and Morty” tienen en común un desprecio absoluto por cualquier forma de optimismo ingenuo, quedando solamente posibles simulacros de trascendencia como esperanza: ya sea mostrando los retos de convivir con los desafíos de la madurez, el aprendizaje necesario para burlarse de uno mismo (y del propio pasado) o el descubrimiento de la naturaleza de la realidad (y, por extensión, de la fragilidad de la percepción humana), estas tres series manejan una risotada rebelde e “idealista” (en el sentido que le daba Orson Welles a esta palabra, para quien el pesimista era el verdadero idealista, al conocer el precio de vivir prisionero de su cruel lucidez). Este humor negro anglosajón también hace eco del imperativo moral que John Maxwell Coetztee observó en la obra de Samuel Beckett: no dejar lugar alguno para el autoengaño, para la ilusión, para cualquier refugio que nos impida mirar al abismo con resolución y sinceridad. Por lo tanto, estas series nos recuerdan que, al no huir de nuestras crisis, podemos encontrar en nuestras ínfimas existencias el material de una verdadera comedia y, quizás, encontrar algo parecido al sentido de la vida.

“Peep show” es una serie inglesa que estuvo al aire entre el 2004 y el 2013. Sus primeras siete temporadas están todavía disponibles en Netflix.  Su tema: la inmadurez de los treintañeros en el S. XXI, al momento de adaptarse al despiadado orden sentimental y económico del presente. El trabajo, el amor y los sueños son retratados como ilusiones que se desvanecen entre la humillación y la sensación de un fracaso absoluto. Estas situaciones apenas son ocultadas al televidente, entre el ingenio y la capacidad de sugerencia de los parlamentos, al ambientarse momentos tan cotidianos que cualquier persona podría identificarse con ellos. Durante sus nueve temporadas, los comediantes David Mitchell (no confundir con el autor de “El Atlas de las Nubes”) y  Robert Webb encarnaron una pareja digna del temperamento cervantino (o de la cómica desesperación, recreada por Vladimir y Estragón en “Esperando a Godot”): Mitchell y Webb interpretan, respectivamente a Mark Corrigan (un hombre atrapado entre traumas familiares y escolares, de mediana instrucción, pedante, arrogante, confiado en los ideales burgueses que se van a pique durante la crisis financiera del 2008 y quien se ve atrapado en una serie de trabajos insatisfactorios, para ocultar su frustración de no ser un historiador);  y a Jeremy Usborne (un músico frustrado que sueña con humillar a “The Chemical Brothers” ante toda la escena pop inglesa; pero quien se toma muy en serio su escaso talento: Jeremy es un ser irresponsable que define su vida a partir de las fiestas, las drogas y la promiscuidad.) Mark y Jeremy encarnan el contraste entre la ingenua autosuficiencia del sabihondo, que encuentra refugio en una falsa instrucción que no le sirve para nada, y el abandono festivo e imbécil de una vida sin futuro, la cual no va más allá de una nueva novia o una próxima fiesta, sin contar con un proyecto o una ambición constante. Corrigan y Usborne simbolizan las patéticas tribulaciones de vivir el presente entre la solemnidad y la superficialidad.

En todos sus episodios, “Peep show” se revela como una extraña mezcla de referencias contemporáneas (desde otras series y películas, pasando por la política Pre-Brexit), con un sentido del humor semejante a un “Monty Python” Post- 9/11 y con una mirada implacable (que recuerda la rabiosa resignación de las novelas de Michel Houellebecq). Empleando un constante uso de la voz en off y del plano subjetivo, el espectador tiene el privilegio de notar las disonancias entre el pensamiento y las acciones de los protagonistas. Estas acciones evolucionan hasta convertirse en fiascos para quienes, en un principio, se creían más listos que las personas a quienes trataban de engañar. En estas situaciones, tan llenas de verosimilitud y lástima, el dueto conformado por Corrigan y Usborne nos muestra que nadie está a salvo de formar su carácter a partir de la estupidez.

Más recientemente, “Bojack Horseman”, serie animada original de Netflix -y que cuenta con la participación de las voces de Will Arnett, Aaron Paul, Alison Brie y Amy Sedaris-, muestra un universo donde seres humanos y animales antropomórficos (como parodia de los dibujos animados del sábado en la mañana) conviven en una deliciosa caricatura del mundo del espectáculo. Bojack es un caballo que tuvo su momento de fama, en la década de los noventa, gracias a su actuación en “Horsin’ around” (una sitcom con muchas similitudes con “Full House”). Ha pasado el tiempo y ahora, en la década del 2010, Bojack cumple cincuenta años, sin ningún nuevo proyecto a la vista: se aferra, con el remordimiento de quien lo deja todo para después, al proyecto de redactar su autobiografía, como boleto de entrada al estrellato de Hollywood. Para lograr su propósito, se encuentra con personajes inolvidables, surgidos de una fauna de oropel y celuloide (la cual apenas logra ocultar el ridículo protagonizado por personas que no piensan más allá del éxito): Diane, la escritora fantasma de ascendencia vietnamita que sirve como vínculo entre Bojack y la realidad de su decadencia; Princess Carolyn, la representante que ha sacrificado toda su tranquilidad por el actor en desgracia; Todd, un muchacho de veinticuatro años, de gran corazón y de inmensas y desperdiciadas facultades: el único obstáculo entre Bojack y su temor a la soledad; y Mr. Peanutbutter, un ser de increíble carisma que basó su éxito a partir de plagiar la temática y la fama de Bojack.  Entre la vitriólica risa de Kenneth Anger, la nostalgia feliz por el mundo del cine (trazada por Peter Biskind ) y el desafuero bukowskiano, “Bojack Horseman” es la fascinante caída de un ser que nunca esperó ser más complejo que su olvidable carrera como actor. Para cualquiera que siga la serie, Bojack pasa de ser un infeliz adicto al alcohol, al sexo y a las drogas a convertirse en una persona que busca la redención, al ser consciente de su egoísmo como rasgo principal de su carácter. No faltan las líneas que se quedan en la memoria del espectador, que van de lo práctico (“Cuando ves el mundo de color de rosa, todas las alertas rojas se vuelven invisibles.”) a lo consolador (“Se hace cada vez más fácil: e hace cada vez más fácil todos los días. Pero tienes que hacerlo todos los días. Ahí está lo difícil; pero se hace cada vez más fácil."), sin dejar de lado lo fatal (“La clave de la felicidad no es hallarle un sentido a la vida; todo está en ocuparse en naderías absurdas hasta que, de un momento a otro, te mueres y ya...")

Otra serie animada, emitida por la cadena “Adult Swim”, es la increíble y tremendamente inteligente “Rick and Morty”. Protagonizada por Rick Sánchez, trasunto del Dr. Brown de “Volver al Futuro” y científico de letal ironía e ingenio infinito. Su creatividad no sólo se evidencia en cómo sus aventuras e invenciones -como su pistola interdimensional- impresionan con la fantasía que revelan, en situaciones donde la filosofía, la ciencia ficción y la crítica social se consolidan por medio de un lenguaje mordaz, agudo y exasperado. Rick es también un ser profundamente pesimista ante las instituciones humanas y la ilusión implícita en cualquier noción de sentido o propósito colectivo. Ante estas circunstancias, su otra arma, además de la pistola interdimensional, es su lucidez como defensa ante cualquier engaño. Su sobrino, Morty, un adolescente tímido y con baja autoestima, va adquiriendo relieve en la medida en que avanzan los relatos, al pasar de la pasividad de la víctima a tomar decisiones propias de la madurez. La serie es una rara combinación entre la parodia de filmes como “Inception” de Christopher Nolan y “Zardoz” de John Boorman, el humor flemático de Douglas Adams, las perspectivas sublimes de Stanislaw Lem, la sabia hilaridad de Kurt Vonnegut y los paisajes infernales de un William Burroughs o un David Cronenberg, Con su tercera temporada recién finalizada, “Rick and Morty” se erige como un hito ineludible en la historia de la animación para adultos.

Estas tres series muestran cómo el pesimismo y un sentimiento trágico de la vida no logran ser ocultadas en las sociedades de consumo. La publicidad, como relato homogéneo del éxito, es disuelta en la risa irónica y furiosa que despiertan estas series: del ambiente burgués hasta lo más sublime del cosmos, pasando por la industria del cine y la televisión. Más que a la distracción, “Peep Show”, “Bojack Horseman” y “Rick and Morty” apelan a la reflexión, ganándose de paso la admiración de miles, al cumplir unos criterios narrativos y estilísticos que representan, con un distanciamiento dichoso y una franqueza brutal, las angustias más acuciantes de hogaño, a la vez que revelan la miserable y risible situación de los individuos que creen que la vida como competencia es algo “real”. Estas tres series son tan estimulantes como divertidas, aunque el resultado final sea nutrir nuestra capacidad de discernir entre nuestra fragilidad y el vacío que fingimos ignorar.