Buscadores de utopías literarias por el antiguo Caldas

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Antonio Berón Ospina

La imagen es la de un  buscador de libros en medio de los estantes. La expectación de su rostro, la mano en la barbilla y los ojos clavados en el objeto de interés como un animal de presa. 

¡El texto! ¡¿Dónde estará el texto?! Una y otra vez se pregunta y repite el lector, con la pasión devoradora por un libro extraviado entre muchos! Glotonería de un ratón de biblioteca o de librería de viejo, pasión de la polilla que atraviesa como por un túnel el grosor de las páginas. El rostro de Rigoberto Gil Montoya recogido en la gráfica lo ejemplariza y podría compararse con otras cabezas letradas: por ejemplo, Camilo Ríos indagando por Derrida, Mario Armando Valencia descubriendo que la herida colonial arroja sangre en algún bar de la 23, Orlando Mejía Rivera a las puertas de una verdad estética en medio de un anfiteatro.  O como diría Juan Guillermo Álvarez: Ese rictus inconfundible de la boca, fruición de un goloso lector en ese jardín de las delicias.

Esa pulsión por el texto perdido puso a transitar varias generaciones entre bibliotecas y librerías: entre la villa post-moderna de Manizales, llámese liminalidad, herida colonial,  y bajar por la ruta del café hasta la modernidad caleidoscópica de Pereira, ansiosa por buscar en el pasado una señal del presente. Fue así como en el año de 1985, en medio de la lluvia de ceniza que por una semana cubrió a Manizales, luego del estallido del volcán nevado del Ruiz, que caminé entre el asfalto callejero y el tipoi platónico, guiado por una referencia bibliográfica del profesor Heriberto Santacruz: era el libro “La   Viena de Wittgenstein”  de Stephen Toulmin y Allan Janik. Estaba exhibido en un estante. Al llevar las manos a mis bolsillos solo encontré unas cuantas monedas, lo cual significaba, sin lugar a dudas,  que era fin del mes.

En esa época la Librería Palabras se encontraba situada en la 23 y era el sitio de tertulia por excelencia de la época: Germán Velásquez, José Fernando Calle, Enrique Quintero, Rodrigo Ramírez se reunían allí, en medio de las ediciones de las vanguardias Europeas. Para un muchacho de universidad pública de veinte años, los   precios de aquellos libros resultaban prácticamente inalcanzables. 

Los anaqueles estaban dispuestos a los lectores como una juguetería brillante a los ojos de ese niño grande que resulta ser el lector. La misma sensación cuando en la adolescencia solía visitar la Librería Quimbaya de Pereira y se levantaba dispuesta a atendernos doña Rosina Molina, una de las últimas libreras eruditas que tuvo el país. Cada que pasaba por la librería repasaba el sitio donde reposaba el ejemplar y experimentaba el terror de que alguien con una mayor capacidad adquisitiva se lo hubiese llevado por siempre. Por eso, cuando supe que solo restaba un ejemplar, lo escondí tras de otros libros de superación, con la esperanza de que así, el ejemplar deseado, se conservara camuflado entre el resto de obras.

Fueron tomadas medidas más radicales: omitir las cenas de la noche, caminar en las tardes entre el edificio de “Palogrande” donde quedaba la facultad y el apartamento estudiantil que habitábamos en las laderas de Chipre. Era un júbilo infinito saber por fin, que ese libro acariciado con tanto deseo, resultaba por fin propiedad exclusiva. ¡Cuántos de mis compañeros de época pudieron haber bajado de peso, renunciar a las empanadas del “Tío” o de “Don albóndiga” para comprar una costosa edición de Historia de las ideas!

Puede que las personas hoy, solamente con dar un clic, accedan con la mayor facilidad a los libros virtuales, lo realicen sin caminar hasta la biblioteca y esperar con emoción su entrega. Sin que pese en el bolso, sin ocupar unos centímetros de la estrecha casa, sin hacer el esfuerzo de ahorrar para adquirirlo. En nuestros tiempos todo parece evaporarse en el aire, desubstancializarse, existir como virtualidad. Pero, confieso, que la fruición del buscador de libros usado en la Roma, puede emocionar más que cualquier base de datos, pues las sorpresas registradas en un volumen físico, sus desgastes, subrayados,  son la huella de una experiencia única y signada por los avatares del tiempo y de la historia de la lectura.