Claudia Marcela Orrego

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Ninguno
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Casting

Martín Rodas

Dibujo a tinta de Claudia Marcela Orrego realizado por Alejandro Viana en el año 2004.

A finales de 2010, mi amigo Carlos Mario Uribe, luego de haber realizado con gran éxito la primera versión de la Semana Mundial de la Poesía (que en 2017 arriba a su octava versión), me manifestó su profunda incertidumbre por tomar la decisión mancomunada con su pareja desde 1999, la Maestra Claudia Marcela Orrego, de separarse; comprendí que lo que ocurría en esta singular pareja de poeta y artista, era esa necesidad humana de “tomar un respiro” o “darse un tiempo” en una sociedad hostil a conspiraciones amorosas entre artistas. Sin dudarlo le dije que podría vivir en mi casa de San Joaquín y de paso nos acompañaríamos en nuestras alianzas y disquisiciones poéticas y culturales, lo que ha fortalecido nuestra amistad hasta el día de hoy.

Luego de la decisión que tomaron los dos, volví a ver a Marcela en marzo de 2011 en la muestra plástica “Puertas que abrevan las presencias”, en “Taller Abierto”, galería de Olga Lucía Hurtado, que dio apertura a la segunda versión del evento cultural antes mencionado. Me encontré allí con una propuesta extraña, misteriosa y seductora. Al principio no comprendí y me vi tentado a arrojar su obra al olvido con la definición de que los artistas contemporáneos entre más crípticos y superficiales sean más artistas se sienten. Por fortuna en lecturas y conversaciones posteriores me alcanzó una revelación acerca de que en tal propuesta subyacía algo valioso para el arte.

Sustento entonces esta revelación con palabras de un entendido en estas artes, pues no sabría cómo decirlo sin alejarme de aquello que precisamente quiero iluminar, y cito al filósofo y poeta Mario Armando Valencia en su investigación doctoral “Ojo de Jíbaro” donde aborda la obra de Marcela:

(…) exploración crítica de la memoria sobre sus relaciones con la naturaleza, para el que la investigadora configuró, al final de su proceso, una serie de pinturas con base en viruta de madera de distintos colores, obtenida por largos procesos de cepillado a mano, vaciada sobre formaletas de madera con formas y figuras previamente diseñadas, de manera tal que la viruta alcanzaba espesor y figura gracias a las características naturales del material, dando como resultado un grupo de compactos bloques de madera natural que alcanzan el estatuto de pinturas naturales compactas (p. 312).

Eso en tanto al asunto formal, pero aquello que me concedió la epifanía de la comprensión de aquellos rectángulos y círculos construidos con la nobleza de la mano, son precisamente las palabras de la misma Marcela citadas por Valencia (pp. 353-354):

Así como llegan al océano la hoja que muere en el bosque, la tierra que deslíe la lluvia, el madero que muere marchito, así veo cómo el cuerpo encuentra su camino y se transforma en tiempo, en vida. Decurso, zarandeo, bamboleo como canción de hojas en el viento de una memoria que es gratitud. Camino que he volcado hacia el pasado, no como referente racional de lo vivido y agregado a la memoria, sino como el viaje de la conciencia en su barca donde lleva sólo lo necesario para su llegada al mar. Liberación desde un centro o mirada que ignora serlo, y en el centro, buscando el equilibrio, un universo brotando de la tierra y bienvenido por sus iguales: el vacío, útero de lo creado; la mirada, ventana del humano; la obra, puerta desde mis manos (Orrego, M.)

Hasta aquí el sustento conceptual de la obra de Marcela por parte de Mario Armando Valencia y la narrativa de la autora que me sirven para ver con mirada de “jíbaro” una obra que ella corporeizó en madera, en telas, en paredes, en pinceles, en colores, en sangre, en corazón y alma, pues en su obra está su vida, vida que se extinguió a principios de este año, pero que continúa en la memoria compacta de sus esculturas y múltiples intervenciones estéticas. Ella fue el tesón y la lucha encarnizada por ser creadora y artista, sin desfallecer nunca, a pesar de los contratiempos.

Cuando hace tres años empezó a dialogar con la enfermedad que la acompañó hasta el final, nunca pensó en abandonar su carrera artística, más bien decidió continuar estudiando y emprender una maestría para profundizar sus conocimientos, y lo más sorprendente es que el tema de su trabajo de investigación eran las implicaciones artísticas de su enfermedad, las posibilidades creativas de la misma. Recuerdo proyectos que se tejieron en torno a esta actitud de Marcela para realizar exposiciones de su obra en el Hospital de Caldas, mientras ella se encontraba allí recibiendo atención médica. Eso me hacía pensar en la relación creativa que también existió entre Frida Kahlo y sus dolencias físicas, las cuales fueron transfiguradas en obras existencialmente contundentes.

Marcelita, como le decíamos cariñosamente, “March” y “Cuac, cuac” como le dijo hasta sus últimos días Carlos Mario, nos acompañó materialmente durante muchos años de camino; ahora, junto a nosotros están sus obras, que nos acompañarán en el trayecto que resta como testimonio de que la vida vale vivirla con pasión y creatividad. ¡Feliz viaje Marcelita!

 

Sintiendo en y con Marcela Orrego: Mujer guerrera y creativa artista de movimiento permanente del existir y trasmutar en la respiración del estado vital de energía del acuático al del aire, en la lucha persistente y de resistencia amorosa con alegría y belleza por el reequilibrio en la resiliencia ancestral de Pachamama, frente al drama ambiental y humano de las violencias sin fronteras. Marcela despidió la tierra de su cuerpo, el aire de su aliento, el fuego de su espíritu y el agua de su sangre, el pasado 2 de enero. Nos dejó a quienes compartimos momentos con ella, enseñanzas amorosas en su estela de sonrisa y mirada brillante. La despedimos y le vimos por última vez con forma humana en el ritual funerario y ahora guardamos en la memoria visual y emocional  su imagen con el semblante de su cara tranquila para continuar su viaje.  Pasó por la Pachamama  como todo ser que el Gran Espíritu a través del Gran Abuelo,  ha creado desde tiempos lejanos en  la  danza con la tierra, el agua y el aire, la danza de la luna y el sol, que se proyectan  permanentemente en la  diversidad de los siete mundos que hoy conocemos. Compartimos para el Quehacer Cultural y sus lectores y amigos este texto a ocho manos y un corazón femenino y masculino. Jorge Ronderos-Valderrama

En Un baile para March. Antes del 2 de enero de 2017, la muerte, las muchas muertes ocurridas a mí alrededor o en mi interior, solo han sido “muertes literarias”, y puedo decir, con templanza y firmeza, que con la vida de Marcela se fugó para siempre ese canto infantil y consciente de una presencia que alimentó en mí conceptos de vida, amor, arte, amistad, lucha, alegría y color. La última vez le vimos humedecer la tierra con su corazón de semilla, luego desde las manos de su madre, emprendió su viaje al mar, en la noche los cuatro vientos la elevaron sin alas como canto de niños desafiando la tristeza, y ya entre las estrellas, el fuego nos acercó su lento y dulce palpitar a nuestros oídos que jamás dejarán de escuchar su risa y recibir su abrazo. Carlos Mario Uribe

Mapas de un cuerpo en expansión

Marce…
Pura tierra eres
Piel de barro
Escultura de arena
Fuerte raíz de pies alados
ya volabas corriendo entre el arcoíris de tus piernas.

Toda geo – grafía, artista tu cuerpo te pintó el espíritu
y el corazón de tu pecho le reclamaba un árbol al agua del Océano…

Entre aves acuáticas y peces colgantes del cielo al mar
en tu vientre se revuelca el mundo en cataclismos desgarrados por mujeres
medusa de sangre…
Tres lunas te acompañan
una en la mano que dibuja
otra en el seno del hombre
y la que abrió la estrella en la corona de tu cabeza al sol.

Resistente roble, infinita de cortezas en aserrín caoba, cedro, madera, palo santo
incienso, flor de cannabis, caléndula, ojos de poeta como ángeles
las sábilas, los amigos, el amor
las sonrisas danzando en ecos sobre la cordillera, paisajean el atardecer.

Los gatos de brincos a saltos titilan en la noche de los truenos
alumbrando los hijos, mostrando el mapa y recorriendo las rutas
del dolor y la luz. Despertar.

Y toda agua estabas en mi sueño, niña
nadando entre los amnióticos refugios de tu matriz acuática
echa ánima, madre eterna de envolventes mantos…
sólo tu sabías decir lo que entrañaba tu cuerpo, lo que tejía tu velo colorido.
Sirena – silencio
Voz de enigmas y abrazo
Tierra y tierra de principio a fin
Criatura frágil sin miedo a la muerte

Mi marce, ¡Viva estás!
María Andrea Gómez

Mariposa amarilla que con vuelo aparentemente indeciso polinizas con tu dulce trayectoria ya cristalizada en el recuerdo, aleteo juguetón y tierno. Mariposa amarilla, en tu vuelo sutil continuo siendo espejo de transformación, danza consciente entre el alma y el cuerpo. Ahora tu luz brilla con más intensidad reflejada en cada espíritu creativo impregnado de tu fuerza, de tu ternura. A través de los sonidos del alma un canto a tu semilla. Luz Mary Angulo G.

 

 

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