Colección Olga de Chica

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Olga de Chica

Octavio Hernández Jiménez

La pintora Olga Alba de Chica, nacida en Filandia (Q.), en 1918, estudió artes plásticas en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Caldas y, luego, se dedicó a difundir su obra por Caldas (Manizales y Anserma), algunos pueblos del Quindío, por Medellín, Bogotá y distintas ciudades de Estados Unidos. La Unicef escogió varias postales de su autoría para multiplicarlas y allegar fondos en favor de la infancia desprotegida. Tuvo vigencia a partir de la década de 1970 y murió en diciembre de 2016.

Ingresó ya adulta a cursar estudios universitarios y en esa escuela recibió lecciones para manejar la armonía de los colores, la anatomía de las figuras, la sombra en contraste con la luz, las fugas y perspectivas. Pero Olga de Chica dejó de lado esos conocimientos teórico-prácticos para aproximarse a la escuela de Henri Rousseau (1844-1910) y los llamados artistas naïf, ingenuos, autodidactas o “primitivistas modernos”. 

Muchos siguieron al “aduanero Rousseau”, aunque este personaje no contara con una formación artística. Entre esos seguidores hubo quienes sí contaban con formación académica pero la abandonaron en su intento por alcanzar una sensibilidad inocente que emanaba de ciertas obras de este pintor y por las incursiones de los naïf en temas fantásticos admirados por Picasso,  Degas, Gauguin, Braque y Gris.

A ese grupo se denominó primitivista, “primitivistas modernos”, naïf, artistas ingenuos o pueriles, entre los que se destacaron André Bauchant, Séraphine Louis, el norteamericano Edward Hicks e innumerables artistas  yugoeslavos, checoeslovacos, húngaros, polacos,  alemanes y de otros países que exaltaron el espíritu popular en sus pinturas.

En Colombia, los primitivistas han sido legión. Entre ellos podemos mencionar al  vallecaucano Marco Tulio Villalobos, al barranquillero Noé León, a los tolimenses José Joaquín Barrero y Graciela Álvarez, a los boyacenses Luis Fonseca y José Antonio Bonilla, al antioqueño Camilo Alberto Cardona y a su paisana María Villa,  con una dramática historia clínica,  y al caldense Alcides Arenas. Esos creadores impregnaron sus obras con exultante energía, entusiasmo, espontaneidad, estridente colorido y el humor que afloraba en las escenas infantiles, populares y campesinas que plasmaban.

En el listado de primitivistas colombianos incluimos a la quindiana Olga de Chica. En sus obras no aparecen escenas fantásticas o exóticas al modo  de las que Henri Rousseau perpetuó en cuadros como “La gitana dormida”, “El sueño de Yadwigha”, “La encantadora de serpientes” pero si observamos que ella revivió en lienzo y en madera pintada las rondas infantiles, los mercados campesinos, las procesiones pueblerinas y se relacionó con las pinturas en la parte trasera de los buses escaleras o chivas que circulan por las carreteras del occidente colombiano.

Desarrolló con otros colegas una variable del “primitivismo moderno” que tuvo que ver más con el delineamiento y el dibujo, con el uso de los colores primarios casi siempre sin mezclas, la acuarela fugaz y la plumilla minuciosa. Comentaban varias señoras que lo mejor de los cuadros de Olga de Chica estaba en  los matices de los trajes femeninos y el decorado en los delantales festivos.

La artista primitivista copó las superficies de sus obras con infinidad de seres; delineó  personas, animales y vegetales entre la quietud absoluta; decoró trajes y jardines con colorido intenso,  tachonó de flores los campos, puso a lucir, en medio de predios de la región cafetera, acicaladas casas veredales pero, en los rostros humanos, los ojos son punticos negros, las manos y los pies carecen de proporciones anatómicas ya divulgadas en la academia; las frutas carecen de volumen pues son manchas de colores; la perspectiva es acomodaticia igual que la armonía en el tamaño de las figuras. Lo que no hizo de lo que aprendió no fue por ignorancia sino por estilo. La ingenuidad de la que hizo gala no era fruto de la idiotez sino de una postura asumida plenamente ante el mundo; ante su mundo.

Después del fallecimiento de Olga de Chica, y como homenaje a su memoria, el Centro de Museos de la Universidad de Caldas, durante el mes de abril de 2017, expuso la mayor parte de las obras que la artista intercambió con colegas y amigos que encontró a través de su vida y de sus correrías por varias regiones de Colombia y Estados Unidos. Olga acumuló unas setenta obras de las que la curadora de la exposición, Olga Lucía Hurtado,  seleccionó unas sesenta. El grueso de la colección corresponde a la escuela primitivista sin que lo expuesto pertenezca a los más renombrados exponentes del primitivismo colombiano. Hay cuadros de artistas de diversas tendencias.

El diseño de la exposición corrió por cuenta de Juan David Suárez y para lograrlo tuvo en cuenta la distribución que la artista había dado a esas obras en su hogar convertido, por voluntad de la dueña, en una sala de exposición permanente. Las fotografías observadas en el excelente video que proyectaron durante las visitas eran de José Ómar López y Luz Marina Álvarez. Muy profesional esa ayuda audiovisual y muy completa en cuanto a las fichas técnicas de cada cuadro.

La primera pared correspondía a las obras ubicadas en la planta baja de la casa de Olga de Chica. Se trataba de 17 cuadros de autores como Fernando Bustos, Carlos D. Aguilar, Marcial Alegría, Martín Cane, Amparo Gómez, Cristóbal V. En la escala que comunicaba el primero y segundo piso se podían observar obras de Jaime Valencia, Carlos Augusto Buriticá (óleo y tinta), Alberto Betancur, Néstor Gustavo Díaz (con una sorprendente obra representativa del período de la Violencia y que hacía vislumbrar a un magnífico acuarelista), Germán Salazar (linóleo), Jorge Posada (plumilla), Margoth Márquez (acuarela y plumilla), Jaime Cano (linóleo), Mario Escobar (grabado), Óscar Naranjo (acuarela), David Ospina (excelente grabado), Luz María Ángel, Leonor Alarcón, Carolina Estrada, Martha Cane (pintura de aceite) y Jaime Gutiérrez (témpera).

En el salón principal de la casa, en el segundo piso, la artista ubicó obras de Teodoro Jaramillo (acuarela), Jesús Franco (tinta), Martín Murphy (acuarela), Óscar Naranjo (plumilla y acuarela), Mario Escobar,  Francisco González (lápiz), Luis Londoño y una talla en madera de Fernando Alvarado.

Lo mejor de la colección de Olga de Chica es el grabado de estilo semiabstracto, del aranzacita Eduardo Ramírez Castro (n. 1925) titulado “Las verdes y las maduras”; excelente en el dominio de la geometría y el color. En la obra de Ramírez Castro siempre hay mucha poesía. La distribución que hizo la artista de su legado comunicó paz y tranquilidad al interior de su domicilio.   

N. de la D. hoyos editores puso en circulación el libro "El paisaje cafetero de Olga de Chica" del autor Fernando Macías Velásquez. 166 páginas a todo color con más de 100 obras de la maestra.