Darío Jaramillo Agudelo, poeta del amor y el cuerpo

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Adriana Villegas Botero

Quisieron los organizadores de la 8ª Feria del libro de Manizales que esta edición tuviese como país invitado al nuestro y como lema una invitación a Leer a Colombia.

Con ese marco, que me parece oportuno teniendo en cuenta la variedad de autores y propuestas estéticas que hay en la literatura nacional, aprovecho este espacio para celebrar el Premio Nacional de Poesía que a mediados de septiembre ganó Darío Jaramillo Agudelo.

El Ministerio de Cultura otorga cada año un reconocimiento a escritores colombianos. En los últimos tiempos el premio viene alternándose: un año se resaltan poetas y al año siguiente novelistas. El año pasado el estímulo fue para el caldense Octavio Escobar Giraldo, por su novela Después y antes de dios, y este año el jurado, conformado por María Negroni (Argentina), Piedad Bonnett y Nelson Romero Guzmán (Colombia) eligió el poemario El cuerpo y otra cosa (2016), de Darío Jaramillo Agudelo, como el mejor entre 47 obras inscritas.

Los premios a veces sirven para hacer visible en un ámbito más amplio la obra de algún autor de calidad. Fue el caso, por ejemplo, del caucano Horacio Benavides, quien ganó en 2013, y del tolimense Nelson Romero Guzmán, premiado en 2015. En ambos casos se trata de autores con una obra construida durante décadas, que sin embargo circula de manera marginal, no solo porque la poesía no suele ser masiva sino porque además los autores que están por fuera del círculo bogocentrista tienen, usualmente, muy poca visibilidad.

El caso de Darío Jaramillo Agudelo es distinto: el premio es la ratificación a una carrera literaria de más de 40 años, que ha sido reconocida en distintos ámbitos. Nació en Santa Rosa de Osos en 1947 y estudió en la Javeriana en Bogotá, ciudad en la que labró una carrera en el área cultural del Banco de la República, la cual alternó con una prolífica producción literaria. Su obra incluye poemas, ensayos, novelas, títulos inclasificables como el entrañable Guía para viajeros (1991) y otros títulos que se etiquetan bajo el engañoso rótulo de “literatura infantil y juvenil”.

Entre el escaso registro mediático que tienen los poetas, Darío Jaramillo Agudelo es quizás el menos anónimo en Colombia. O el más popular. Lo es desde 1989 cuando el encuentro La poesía tiene la palabra, de Medellín, organizó un concurso para elegir el mejor poema de amor en la historia de la literatura colombiana. Hubo votos por Ritornello, de León de Greiff; Nocturno, de José Asunción Silva y Amor, de Carlos Castro Saavedra. Pero más de 20.000 personas que participaron en la elección decidieron que se quedaban con el Poema de amor 1, de un libro titulado Poemas de amor (1986). El poema ganador comienza con unos versos conocidos: “Ese otro que también me habita, acaso propietario, invasor quizás o exiliado en este cuerpo ajeno o de ambos…”.

1989 no solo fue el año en que Darío Jaramillo Agudelo se volvió famoso. Fue también el año en el que le amputaron el pie derecho, luego de pisar una mina quiebrapatas en una finca en Sopó. Quizás ese hecho fatídico, que menciona en su libro Historia de una pasión (1997), ayude a dimensionar la presencia permanente del cuerpo, la corporalidad, en su obra. Desde el cuerpo ahogado que protagoniza La muerte de Alec (1983), su primera novela, en donde escribió “el náufrago es el único muerto que cava su propia tumba”, hasta el cuerpo sufriente que aparece en Historia de Simona (2010), su última novela hasta ahora, en donde narra: “Me refiero a una sensación física, a una descomposición del cuerpo que se siente exactamente detrás del plexo solar, y que se irradia como una punzada que acelera las pulsaciones y el sistema respiratorio, y que se expande a la cabeza en forma de ansias y vacío. Los celos. La necesidad orgánica, fisiológica del otro, del cuerpo del otro, del amor del otro”. 

Lo opuesto al cuerpo sería la incorporeidad, que se avizora en el poemario Razones del ausente (1998) y que protagoniza su Novela con fantasma (1996) y el libro de relatos Fantasmas (2013) de la colección infantil y juvenil de Barco de Vapor.

“Mi amigo: estoy enamorado, hermano. Perdida, locamente enamorado. La conocí antier, desde antier estamos encerrados aquí y mientras en Bogotá llueve y llueve, nosotros no hemos sentido el día y la noche. Es divina. Ahora está en la ducha porque tiene que volar a una clase, pero ya la verás cuando salga, ojalá desnuda para que observes esa porcelana, esta pequeña bailarina delgadita y frágil, sonriente y siempre fresca como una flor mañanera. Es hermosísima”. Así comienza la primera de las 591 páginas de Cartas cruzadas (1995), la novela epistolar de Darío Jaramillo que merece capítulo aparte. Fue uno de los primeros libros en narrar en tono frenético la debacle ética que el narcotráfico produce en todas las capas de la sociedad colombiana. “A los valores se les llama prejuicios cuando uno no está de acuerdo con ellos”, escribe Jaramillo en una historia que mezcla enamoramiento, deseo, sexo y negocios ilícitos, con la Medellín de los años 70 y 80 como telón de fondo.

El cuerpo y otra cosa (2016), publicado por Editorial Pre-Textos, vuelve sobre esa ruta ya conocida por el autor, del cuerpo y el amor. Poemas de factura diáfana, comprensible para el público no iniciado, escritos para la gente común y no sólo para los eruditos, con un lenguaje sencillo y una intensidad capaz de emocionar a sus lectores, que son numerosos y de distintas edades. Para la muestra, este botón:

Somos sólo cuerpo

No me prometas nada,

sólo dame un presente

dame el instante intenso,

sí, mi relámpago,

déjame flotar convertido en parte tuya,

cuerpo mío,

tú, mismísimo, mi paroxismo siempre.