El Alacrán. Cuarto número

Una entrevista con el filósofo esloveno Slavoj Zizek

*Ricardo Sanín. Ha sido profesor en distintas universidades de Colombia a nivel de doctorado, maestría y pregrado, así como conferencista en distintas universidades de los Estados Unidos, Gran Bretaña y Suramérica. Es autor de diversos artículos y libros, entre los que se cuentan Teoría Crítica Constitucional y The Encrypted Constitution.


“La ecología es el nuevo opio del pueblo”

Contrario a la ideología imperante, trasgresor en sus opiniones, políticamente incorrecto, las reflexiones de Zizek, una de las voces más vivas del pensamiento actual, sirven para entender cómo todo lo que damos por sentado, hasta la democracia, debe ser puesto en duda.
 
Londres
Slavoj Zizek está lejos de la imagen de un genio encerrado en sus ideas, esa imagen de dedicación obsesiva a un solo nicho que ha condenado la filosofía “oficial” y perversa del siglo XX, que la ha hecho densa y a la vez árida y completamente inútil. La imagen del especialista arrodillado se diluye ante la figura formidable y versátil del filósofo (político, moral; crítico de cine, demonio del status quo) esloveno. Lejos de ser una efigie inapelable y fría, que se supone comparte territorio con la sabiduría, Zizek es esta fuerza incontenible, este niño prodigioso y algo macabro, cargado de ideas. Ideas que simplemente no puede contener, ideas absorbidas de cada uno de sus encuentros con la vida. La vida devastadora de las guerras y la idea con la cual se escribe, la idea profunda de Hegel, la idea dulce y desesperada de Lacan, la idea retráctil, amenazante y sin piel del cine, su pantomima, siempre chaplinesca, que solo un Kubrick, un Ford Copolla, o un Keaton, o nosotros podemos “oler”. La idea de desapego, perdición y redención del arte pop, la idea de un Hitchcock metódico y penetrante, la idea de un mundo que calla sin vergüenza ante los desastres que ha producido. Es esa idea combinada hermosamente en su literatura, en su intelecto y sensibilidad frenética, en sus apuntes aplanadores como Kant y mayeuticos como Sócrates, donde reposa él; casi sin quererlo, casi al borde de la locura que nos retribuye el único hecho de negar la vida para poder proponerla, es ahí donde esta Zizek. Claro, es una figura de verdadero “culto”, pero él sabe muy bien que tras la máscara del “Elvis de la teoría cultural” como lo llaman amigos y detractores, está un Ian Curtis que no puede detenerse, incluso ante la peor amenaza de la muerte: la vida. Está un Lou Reed, generosamente excéntrico y desesperadamente callejero…como es toda poesía, toda reunión, toda revolución; salvaje e íntimamente doméstico, íntimamente nuestro… está un Jimmy Page, que toca a dos manos su “Gibson” a la misma velocidad e intensidad armónica como Z (como le gusta que no lo llamen) toca a Descartes y a los siempre vivos sofistas, como inventa una historia, un poco más poética, un poco más próxima al alfabeto que encierra los engaños, un poco más visual y entera, mucho más humana que con la que nos han “educado” en este Occidente, que nunca ha sido, que nunca fue. Detrás de esto, mis queridos amigos, querrán una ficha biográfica…Bienvenidos: búsquenla.


Usted ha insistido que tanto el “multiculturalismo” como los movimientos ecológicos involucrados en salvar a la tierra de la catástrofe absoluta, no abordan los problemas políticos verdaderamente agudos y relevantes en el mundo, no solo eso, sino que además sus discursos, al proponer unos el retorno a una naturaleza esencial y los otros que todo problema político se subordina a la tolerancia, poseen una inmensa “mancha” totalitaria  ¿Qué es lo que están pasando por alto?
Pues bien, ellos pasan por alto los problemas políticos verdaderamente relevantes y agudos cuando los traducen a meros problemas culturales. En otras palabras, son ideológicos.


¿Qué es la ideología?
Cuando lidiamos con un problema que indudablemente es un problema real, tanto su designación ideológica como su percepción como tal, introduce su mistificación invisible. Digamos que la tolerancia designa un problema real. Desde luego, siempre me preguntan “¿Cómo puede estar de acuerdo con la intolerancia hacia los extranjeros, de acuerdo con el antifeminismo o del lado de la homofobia?”, es ahí donde reside la trampa. Por supuesto que no estoy de acuerdo, a lo que me opongo es a nuestra percepción automática del racismo como un mero problema de tolerancia. ¿Por qué tantos problemas hoy en día son percibidos como problemas de intolerancia, en vez de ser entendidos como problemas de inequidad, explotación e injusticia? ¿Por qué el remedio ha de ser la tolerancia en vez de la emancipación, la lucha política, incluso la lucha política armada? La respuesta inmediata yace en la operación básica del multiculturalismo liberal: “la culturización de la política”, las diferencias políticas, diferencias condicionadas por la inequidad política o la explotación económica, se naturalizan y neutralizan como simples diferencias “culturales”, es decir se transforman en “formas de vida” diferentes, que son algo “dado”, algo insuperable e inamovible y que solamente pueden ser “toleradas”… La causa de esta culturización es el retroceso, el fracaso de las soluciones políticas directas tales como el estado social… la tolerancia es su ersatz o sucedáneo post-político. La ideología es, en este preciso sentido, una noción, que mientras designa un problema real, diluye una frontera de separación crucial.


¿Y la ecología?
Es precisamente en el terreno de la ecología en el que uno puede delinear la demarcación, entre la política de la emancipación y la política del miedo en su forma más pura. De lejos, la versión predominante de la ecología es la ecología del miedo, miedo a la catástrofe, humana o natural, que puede perturbar profundamente, e incluso destruir la civilización humana. Esta ecología del miedo, tiene todas las oportunidades de convertirse en la forma ideológica predominante del capitalismo global, un nuevo opio de las masas que reemplace a la decadente religión. Asume la función fundamental de la religión, aquella de imponer una autoridad incuestionable que asigna todo límite. La lección que esta ecología está constantemente martillando es la de nuestra finitud; pero es que nosotros no somos sujetos cartesianos extraídos de la realidad, somos seres finitos contenidos en una biosfera que trasgrede extensamente nuestro horizonte. Cuando explotamos los recursos naturales estamos tomando prestado de nuestro futuro, así que deberíamos tratar a la tierra con respeto, como algo esencialmente sagrado, algo que no debería ser revelado completamente, que debería ser y será siempre un Misterio, un poder que deberíamos confiar y no dominar.
Así, mientras que es claro que no podemos obtener un pleno dominio sobre nuestra biosfera, desafortunadamente tenemos el poder para desbaratarla, para perturbar su balance, para destrozarla y aniquilarnos nosotros mismos en el proceso. Esto es precisamente el porqué, a pesar de que los ecologistas exigen permanentemente que cambiemos radicalmente nuestra forma de vida, lo que subyace a esta exigencia es su opuesto, es decir una profunda desconfianza hacia el cambio, hacia el desarrollo, hacia el progreso: cada transformación radical puede contener la consecuencia inestimada de detonar una catástrofe.
Es exactamente esta desconfianza la que convierte a la ecología en un candidato ideal para cobrar el lugar de una ideología hegemónica, pues hace eco de la desconfianza anti-totalitaria y post-política hacia los grandes actos colectivos. En consecuencia, la primera lección es que no existe la evolución: las catástrofes, los equilibrios rotos, son parte de la historia natural; en numerosas ocasiones de nuestro pasado, la vida pudo haber tomado un giro completamente diferente. El petróleo como principal recurso de nuestra energía es el resultado de una catástrofe de dimensiones inimaginables. Siguiendo esta línea de argumentación, el “terror” significa aceptar el hecho del absoluto desarraigo de nuestra existencia: No hay ninguna fundación firme, ninguna trinchera, ningún lugar a donde retroceder, no hay refugio donde uno pueda estar a salvo. Esto significa aceptar plenamente que “la naturaleza no existe”, esto es claro, por ejemplo cuando se intenta cerrar el abismo que separa la noción de la naturaleza como “vida-mundo” y la noción científica de realidad natural: la “naturaleza” como condición de dominio, de reproducción balanceada, de despliegue orgánico dentro del cual interviene la humanidad con su desmesura, destrozando brutalmente su moción circular, no es otra cosa que la fantasía del ser humano; la naturaleza ya es de hecho una “segunda naturaleza”, su balance es siempre secundario, se trata de un intento de negociar un “hábito” que restauraría algún orden después de las intervenciones catastróficas. La lección que debemos acoger es que no podemos estar seguros de cuál será el resultado final de las intervenciones humanas en la biosfera, una cosa es segura: si la humanidad detuviera abruptamente su inmensa actividad industrial y dejara que la naturaleza “en la Tierra” tomara su curso balanceado, el resultado sería una ruptura total, una catástrofe inimaginable.  La “Naturaleza” en la tierra está ya tan adaptada a las intervenciones humanas; la “contaminación” humana está hasta tal grado incluida en el frágil e inestable balance de la reproducción “natural” de la tierra, que de cesar intempestivamente causaría un desbalance catastrófico. Es esto precisamente lo que demuestra que la humanidad no tiene a donde retroceder: no solo no hay un “gran Otro” (un orden simbólico autocontenido que sea la última garantía del Significado), sino que tampoco existe una Naturaleza que contenga un orden balanceado o de autoproducción y cuyo equilibrio u homeostasis ha sido perturbada, descarrilada, por la intervención humana desbalanceada. No solo el gran Otro ha sido “enrejado”, la naturaleza también.


¿Cree que el concepto de pueblo aún posee algún potencial de emancipación política?
Por supuesto. Los recientes eventos en Irán demuestran dicho potencial. El color verde adoptado por los seguidores de Mousavi, las exclamaciones de “!Alá Akbar!” (¡Alá es grande!), que resuenan en el ocaso de la tarde desde los techos de Teherán, indican claramente que ellos ven su acción política como la repetición de la Revolución de Khomeini de 1979, la entienden, tanto como un retorno a sus raíces, como la forma de deshacer la corrupción que le siguió a la revolución. Este retorno a las raíces no es sólo programático; de hecho, resulta más relevante como un modo de la actividad de las multitudes, me refiero a la enfática unidad del pueblo, su solidaridad omnicomprensiva, la creatividad de su auto-organización, la improvisación en las formas como articularon las protestas, esa mezcla genuina de espontaneidad y disciplina, tal como lo demostraron en aquella ominosa marcha de millares de personas en completo silencio. Estamos de frente a un genuino levantamiento popular de los partidarios defraudados por la revolución de Khomeini.


¿Qué representa Mousavi?
La auténtica resucitación del sueño popular sustentada por la revolución Khomeini. Aun si este sueño era una utopía, uno debe reconocer en él la verdadera utopía de la revolución misma. Lo que quiere decir esto, es que la revolución Khomeini de 1979 no puede ser reducida a una toma de poder de la línea dura islamista, fue mucho más que eso. Ahora es el momento de recordar la increíble efervescencia del primer año de la revolución, con su fascinante y conmovedora explosión de la creatividad política y social, con sus experimentos organizacionales y los intensos debates entre los estudiantes y la gente del común. El hecho mismo que esta explosión haya sido sofocada demuestra que la revolución Khomeini fue un auténtico “evento” político, una apertura momentánea que desató fuerzas de transformación social sin precedentes, un momento en el cual “todo parecía posible”. Lo que le siguió fue una clausura gradual lograda a partir de la toma del control político por parte del “Establecimiento” islámico. Para expresarlo en términos freudianos, el movimiento de protesta de hoy es el “retorno de lo reprimido” de la revolución Khomeini.


Lo anterior querría decir que el pueblo como poder político primordial no requiere de un catálogo jurídico específico para manifestarse, éste es el mito fundamental del liberalismo, del cual se desprende la asociación “necesaria” de la modernidad según la cual, el liberalismo es el hogar de la democracia. ¿Es entonces la democracia una producción y realidad ineludible del liberalismo?

No, todas las características que hoy identificamos con la democracia liberal y con la libertad (sindicatos, sufragio universal, educación universal y gratuita, libertad de prensa etc.) fueron obtenidos por las clases más bajas, en una larga y difícil lucha en el transcurso del siglo XIX, dichas luchas estaban lejos de ser una consecuencia “natural” de las relaciones capitalistas. Recuerda el listado de demandas con el cual concluye el Manifiesto Comunista: la mayoría de ellas, a excepción de la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, precisamente como el resultado de las luchas populares, son hoy ampliamente aceptadas en las democracias “burguesas”. Otro hecho que se ignora constantemente: hoy, la igualdad entre blancos y negros se celebra como parte del “sueño americano”, se percibe como un axioma ético-político, sin embargo, en los años veinte y treinta, los comunistas estadounidenses fueron la única fuerza política que argumentó a favor de la igualdad absoluta entre las razas. Aquellos que defienden la existencia de un vínculo natural entre el liberalismo y la democracia son estafadores, es la misma estafa empleada por la iglesia Católica, cuando se presenta a sí misma como la defensora “natural” de la democracia y los derechos humanos en contra de la amenaza del totalitarismo. Como si la Iglesia no hubiese aceptado la democracia a regañadientes, tan solo a finales del siglo XIX, y eso, como un compromiso desesperado, aclarando además que prefería la monarquía.


Fetichismo y cultura ¿Cuál es su conexión con lo ideológico? ¿Estamos en presencia de una trágica despolitización de los discursos públicos?
Niels Bohr nos dio el ejemplo perfecto de cómo funciona la negación fetichista en la ideología: al observar una herradura en su puerta, un sorprendido visitante le dijo enfáticamente que no creía en supersticiones, a lo cual Bohr contestó sin dudar “Yo tampoco creo en ella, la tengo allí simplemente porque me dijeron que funciona así uno no crea en ella”. Quizás es por ello que hablamos tanto de cultura hoy en día, el porqué la “cultura” está emergiendo como la categoría central de la vida-mundo. Con respecto a la religión, ya no “creemos realmente”, simplemente seguimos (algunos) rituales religiosos y algunas costumbres, como parte del respeto que le tributamos al “estilo de vida” de la comunidad a la cual pertenecemos (es el ejemplo de los judíos no creyentes que observan las reglas Kosher). La reacción y vivencia reiterada es “no creo realmente, es simplemente parte de mi cultura” este es el modo predominante del desplazamiento de la creencia de nuestros tiempos. ¿Qué es un estilo de vida cultural, sino el hecho que, aun cuando no creamos en Papá Noel, haya un árbol de navidad en cada casa e incluso en el espacio público cada diciembre? La “Cultura” es el nombre de todas aquellas cosas que practicamos sin que creamos en ellas realmente, sin tomarlas en serio… Es por eso que condenamos a los creyentes fundamentalistas, los acusamos de bárbaros, de anti-culturales, como una amenaza a la cultura. ¿Cómo se atreven a tomarse seriamente sus creencias?    

 

Una breve nota

*Pablo R. Arango. Profesor de filosofía en la Universidad de Caldas.

Los Papeles de Pessoa

En la pasada feria del libro en Armenia, Jerónimo Pizarro, traductor de Pessoa al español y residente en Lisboa donde, entre otras cosas, se dedica a estudiar los más de 30 mil papeles que dejó el poeta, comentó una discusión que hay entre los eruditos acerca de qué hacer con ese montón de escritos. El problema es que Pessoa no los dejó ordenados, y páginas magistrales conviven con notas absurdas o insulsas. El punto de vista de Pizarro es que deberían publicarse todos los papeles, con el solo propósito de que estén ahí para que luego el tiempo haga su trabajo a través de críticos y editores, de tal modo que, decía, en 500 años sólo queden unas cuantas líneas, lo esencial. Los antiguos, más sabios y, por tanto, más indolentes, guardaban manuscritos y demás papeles en rollos que embalaban en barriles, que luego guardaban en bodegas. El agua que se filtraba por los agujeros del techo, la humedad del ambiente y algunos animales hacían el trabajo que hoy, más escépticos con respecto a las virtudes de la fortuna, confiamos a críticos y profesores. Pero los antiguos podrían –¡ay!, si pudieran— esgrimir a favor de su método los fragmentos de los presocráticos, o Aristóteles o lo que quedó del Satiricón o de Sófocles. De cualquier modo, el cosmos, Dios, el azar o la nada, da lo mismo, está haciendo el trabajo de edición sin que nos demos cuenta: con el tiempo, sólo quedarán unas cuantas líneas, quizá las que hoy nos parecen insulsas; y, con el tiempo, no quedará ninguna línea, ningún papel, ni un solo rastro del paso del hombre. El trabajo lo hace a través de nosotros o la lluvia. Se puede oír al fondo de la estática cuando sintonizamos el radio en ningún canal, ese lento y constante shhh-shhh, el ruido de la creación y la destrucción, el movimiento básico del cosmos: expansión y contracción; el ruido de fondo de todas las cosas, la explosión que precede al silencio, que es lo único que queda.

Por Pablo R. Arango

Una nota
*Hernando Salazar Patiño. Ensayista, crítico literario, historiador, es autor del manual Historia de Colombia (1976), la colección de ensayos Herejías (1983) y la síntesis histórica Manizales bajo el volcán (1990).


Sobre Jorge Santander Arias


En la historia literaria de Caldas, Jorge Santander Arias (1924-1974). Constituye un “caso”. Y no es fácil analizarlo con objetividad, y lo es menos llegar a conceptos conclusivos, cuando su obra publicada es apenas fragmentaria y en buena parte –la mejor y más válida– continúa desperdigada en el archivo periodístico o en papeles no expurgados.
Nació en Cali pero desde la primera infancia vivió en Manizales. En 1951 publicó Óbice, en el que recogió un grupo de poemas de corte claudeliano, cuya melodía, recogimiento y cristalización, aislaba su voz de las de sus contemporáneos en Colombia, los de la generación de Mito. No insistió con el verso. El barroquismo religioso de su poesía lo trasladó secularizado a la prosa. En 1960 aparece El juicio particular, noventa breves ensayos de los muchos publicados en la prensa, pero escritos al margen de la actividad estrictamente periodística.
La obra sacudió el marasmo cultural que ya manifestaba su unívoca gravedad en la capital de la provincia. Se le calificó de libro para “minorías” o para “lectores temerarios”. La oscuridad deliberada, la complejidad expresiva, la gratuidad esa sí temeraria de ciertas afirmaciones, de las que adolecían el estilo y las tesis de Santander en su periódica formulación, no alcanzaban a obviarse. En realidad sus páginas se resentían “de cierta rapidez retórica y de alguna confusa y perceptible superficialidad” como aceptó el mismo autor que –dicho sea con sus palabras– no quiso “cambiar ni una coma, no obstante poder salir gananciosos el concepto y el estilo”. Pero reunidas en libro, apreciadas en conjunto, las “clasificaciones” de Jorge eran más que meros escarceos. El acopio de sus lecturas inverosímiles, el vehemente conocimiento de las artes plásticas, el celo piadoso y mórbido por el eterno femenino, como otras obsesiones ideológicas, lograban integrar el volumen a una unidad imprevista.
Al parecer, –como Borges– Santander Arias inventaba autores y obras. La seguridad en el manejo del asunto hace fascinante la naturalidad con que citaba fuentes apócrifas. Como jugando consigo mismo, al desgaire de su memoria asombrosa, la libre asociación de ideas, de percepciones, de paralelos aleatorios, de insinuantes calificaciones, con recursiva adjetivación y cierta contundencia de apotegma, producía efectos desconcertantes.
Sin embargo, entre el fárrago de enunciados, la disimilitud y multiplicidad temática dejaba ver las carencias, los hondos vacíos que –muy caldenses– se agudizaban en esta obra de pretensión más vasta y, cómo no, más óptima calidad. Alberto Upegui Benítez reprochó en El juicio particular las “acrobacias” de un intelectual “de espaldas a la realidad”. El autoctonismo del crítico antioqueño oponíase a la servidumbre europeísta, cuyos supuestos fundamentan el libro del escritor caldense. Por el contrario, extrañeza y agrado mostró Jorge Gaitán Durán por las hondas perspectivas que se trazaban en la columna de un diario de provincia.
La prosa de Jorge era una reacción al grecolatinismo. Heredero y reactivo de esta escuela, conservaba buena parte de su manantial bibliográfico y de sus esquemas retóricos. “El grupo mental al que yo pertenezco está influido poderosamente por la literatura francesa, la mística española y la filosofía alemana” escribe el autor en una nítida delimitación de Milenios y de su propia formación. En efecto, más Bergson que Nietzsche, un Husserl mediado por su discípula Edith Stein, sobre quien gira el más acabado de los ensayos del libro y cuyo conocimiento, con el de Ettiene Gilson, confiesa debérselo a Rafael Lema, el existencialismo unamuniano, el pensamiento germánico a través de Ortega y exégetas franceses, pero también la inagotable Francia que va de los tiempos maurrasianos de Henri Massis, a Monterlant y Cocteau.
La sensible aproximación teórica a la pintura, comprobada en Velásquez (1960) y en varias reflexiones sobre pintores y estéticas, otorga a la escritura de Santander Arias una movilidad visual de plurales sugerencias. Traspapelados entre decenas de originales que reposan en los sótanos de Colcultura, están los de El Cisma de Occidente, el libro que lo vindicaría frente al centralizado país literario. Y sabemos que trabajó siempre, en forma más orgánica y con mayor coherencia, en la que aspiraba a convertir en la obra central de su vida, “La Historia Natural de la Mujer”.
La pasmosa cultura de este clásico diletante, que hay quien sindique de artificial o de tercería, alcanza un aprovechamiento lúdico en las ligeras páginas de su libro póstumo. En la manera de darle vuelta a los hechos aceptados, de mirar el envés de las ideas y creárselo, por las insólitas deducciones, emparentamos los Subrayados (1982) de Jorge Santander Arias, con aquellos ensayos de Umberto Eco en el “Diario Mínimo”, así la escritura filosófica del semiólogo que viene de la tradición universitaria europea véase desmedida ante el atropellado autodidactismo del periodista que viene del subdesarrollo. Creemos con Paul Valery, según apuntaba en su estudio sobre Stendhal, que las filiaciones y los parentescos que no son sorprendentes nunca son reales. La apelmazada forma de antes se suelta en esta colección de “subrayados”. Seguía siendo lírica a su manera, con un fondo de escepticismo e irónico desdén y un humor intelectual , incisivo e insidioso. Los mismos tics prosódicos usuales en Santander, sus demostraciones elípticas llenas de tácitas comprensiones, de astucias imaginativas, pero desplegadas en su hábil proceso anamnéstico con un mayor ingravidez.
Jorge Santander Arias era un verdadero fenómeno intelectual. Lo fue al menos para nosotros, que nos iniciábamos, y para los de su grupo. Su curiosa cultura, nada ostentosa contra la apariencia de sus textos y por su natural modesto, acicateó casi con angustia la de nuestra generación y nos relevó de todo pudor en el acercamiento a personajes y obras artísticas. Y era menos convencional y más estimulante, por cuanto no se daba en el medio académico natural sino en el ejercicio cotidiano del periodismo. Para la ilusión de una obra  –y para sus propósitos– murió joven todavía. Con la que nos dejó, y por su magisterio irrestricto, dentro de la tradición más efectiva y perdurable, “su ubicación ya está decidida”.  

Por Hernando Salazar Patiño
 

Cuatro poemas
*Simón José Ortiz. Estudiante de filosofía de la Pontificia Universidad Javeriana. Miembro del Alacrán.

Zapatoca, 2015

En su emboscada entera
para jugar con Dios
el gato espera.

Firefly

Yo, ahora,
le canto a algo
que con luz propia veo flotando.
Le canto, la nombro cercana estrella,
y en todo el aire
ella se alza y se va volando.

Desayuno con papá

Poesía?
En todo lado
hijo.
Pues con tu venia
padre,
y a esta hora,
a todo lado
me dirijo.

Poema de la música,

           que es como esa brisa
                      que a las hojas baña en danza
 

El Alacrán
Coleccionable impreso: Pablo Aristizábal Castrillón y Simón José Ortiz
Blog: Tomás Aurelio Pinilla
Gestión Cultural: Doménico Di Marco y Carlos Pimiento
Facebook: El Alacrán
http://blogalacran.tumblr.com
revistaelalacran@gmail.com