El olor del Universo

Martín Rodas

El Universo huele a pecueca. Esta es la asombrosa conclusión a la cual se llega después de leer la nota que escribió un científico de la Nasa publicada en el diario El Tiempo por estos días y en la cual explica a qué huelen los objetos enviados al espacio después de su regreso a la Tierra.

Naves, trajes, astronautas y en general los equipos utilizados en los viajes llegan siempre con un “aroma” a pies sudados, según expresión del científico, lo que en términos prosaicos llamamos comúnmente “pecueca”.


Para mí ha sido una gran sorpresa, pues sólo hasta ahora se ha contemplado este aspecto del universo desde una perspectiva científica y real. Debo aclarar que mis dudas en este sentido levitaban tenuemente en los apuntes geniales de la serie animada “Futurama”, en uno de los capítulos que giran humorísticamente en torno al “oloroscopio”, un aparato inventado por el doctor Hubert Farnsworth, que permite oler los objetos del universo a distancias de años luz. En este marco medio en serio, medio en broma, empecé a tener mis inquietudes sobre la “pureza” del cosmos, porque nosotros, educados en las fuentes del romanticismo occidental, siempre hemos pensado y soñado con mundos-cielos límpidos, transparentes y asépticamente inoloros. Poetas y músicos se han inspirado desde siempre en el sol, la luna y las estrellas, y millones de odas y canciones hacen alegorías al amor y a los sentimientos humanos desde estas intuiciones estelares.


Pero ahora, la cosa da un giro de ciento ochenta grados con este descubrimiento, que no entiendo por qué apenas sale a la luz pública, de que el Universo tiene olor, y no es precisamente de jazmines. El Universo huele a “pecueca”, ese olor tan humano como humanos son nuestros pies, que tanto cuidamos con cremas y polvos para que el sudor que producen al caminar por el mundo no nos delate, al menos en las ciudades, pues los campesinos todavía ostentan en sus bellas particularidades de la cotidianidad, fragancias que hacen parte de las faenas agrícolas indisolublemente ligadas a las botas pantaneras. Ellos todavía conservan el aprecio por los humores que naturalmente los seres humanos poseemos y no tienen problemas íntimos, familiares o sociales con sus aromas propios.


De ahí que cuando el Universo se me presenta con todo su esplendor desde una mirada humana y humanizante, también me tranquiliza y reconforta saber que todo lo que existe es como nosotros, que no hay nada límpido, perfecto, transparente y puro como pretenden quienes basan sus obras en la gran mentira de mundos utópicos e irrealizables y desprecian la realidad; porque ahora sé que el Universo huele a diablos… y también a Dios, pues desde aquel big-bang primigenio de hace miles de millones de años, el eterno tránsito del Creador por su obra, no puede estar exento de olores, sobre todo de sus colosales pies, que en últimas, han perfumado al Universo entero con el sudor surgido al tenor de sus pasos celestiales; porque es imposible que un ser tan enorme, omnipresente y omnipotente no deje sus huellas impregnadas en todas partes. Y tampoco puedo dejar pasar esta oportunidad, y como homenaje a Neil Armstrong, para  imaginar que cuando él dijo al pisar la luna: “Este es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad”, sus pies cansados del tremendo viaje estelar, también estaban tan sancochados y olorosos como los de todos los seres humanos que somos, pues por más cremas y polvos que nos untemos, pies son pies, sudor es sudor y la pecueca es tan humana como el Universo mismo.