EXTINTA POÉTICA: Se postula como la mejor obra del XXXIX Festival de Teatro de Manizales

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Foto cortesía Festival de Teatro

“Nunca fue tan hermosa la basura”.

José Luis Pardo

Diana Castellanos

Tras una semana de transitar por el entramado de obras del XXXIX Festival Internacional de Teatro de Manizales, una obra se ha levantado, para muchos, sobre las demás, por su contundencia poética, por ser un homenaje a los fracasados y los desvalidos, porque “el éxito tiene algo de vulgar” como diría Sábato y porque estos seres que protagonizan La extinta poética, “trascendidos por la belleza de su triste condición humana” como diría el Filólogo Español Julio Checa, nos han conmovido a todos.

La Extinta poética, que cuenta con el texto y el diseño de luces de Eusebio Calonge y con la dirección de Paco de la Zaranda, fundadores del poderoso y mítico grupo “La Zaranda” que tantas veces nos ha visitado en Manizales, es la comedia del individuo trágico. Del hombre que no quiere vivir pero tampoco se atreve a morir, oponiendo calculadas objeciones a todos los métodos del suicidio (“Podría tirarme a las vías del tren, los trenes son cada vez más rápidos y podrían esparcir mis restos 200 metros a la redonda, pero una cosa es querer morir y otra desaparecer”. Podrían tirarse por la ventana pero viven en el primer piso)

En el claustro de lo cotidiano donde la poética está extinta, surgen estos personajes hermosos por su decadencia, neurasténicos farmacomaniacos, protésicos, mutados por el tedio y los ansiolíticos, el desamor, los contraceptivos, la apatía, “los barbitúricos, el zappping”, los anticancerígenos, la desilusión, la banalidad, los antiácidos y el vacío. “Visitas guiadas al infierno hipotecado”

En la escena se introduce, como a escombros inertes, a esta familia de anémicos desahuciados (Carmen Barrantes, Laura Gómez-Lacueva, Ingrid Magrinyà y Rafael Ponce). Un padre decepcionado de su familia y su existencia, una mujer que no entiende cómo pudo ofrecer su vida en un contrato matrimonial a cambio de tanta infelicidad, una hija que colecciona abandonos esperando el próximo hombre que finalmente decida casarse con ella antes de huir, y la otra hija, Ofelia, que se encuentra enclaustrada por una parálisis cerebral esperando a que la depositen a tiempo en alguna morgue cercana. Durante la obra un cómico gesto de angustia monopoliza el escenario de los cuatro. La voz de cada uno es un ruido para los demás y por esto el guion está hecho de repeticiones y automatismos verbales. Es el eco de la soledad mutua donde se depositan sus quejas.

En “La extinta poética” la comedia se proyecta desde la extrema miseria del alma, un alma que aquí aparece como a definiría Shelley, “un átomo ectópico en las circunvoluciones del cerebro”, porque estos personajes que entran en la escena movilizados en aparatos ortopédicos, son como caricaturas desalmadas, autoparodias sin ilusiones. En una escena en la que Ofelia, discapacitada e inválida, falla en su intento de suicidio y sus familiares se lamentan de que no haya muerto, lo que esconde la risa inminente del público es la necesidad de lo irreal, del absurdo mordaz que amortigüe la evidencia de un drama profundamente doloroso que podría retratar nuestras propias miserias.

En uno de los momentos más dolorosos de esta oscura comedia “la hija” lamenta como el odio y el asco de sus padres le han impregnado la sangre y circulan por sus venas, y por esa fuerza de lo hereditario termina sintiendo asco por los movimientos de ese feto que hay en su vientre, un feto abandonado como ella, por un amante inconcluso que no se materializa en la escena a pesar de los preparativos de esa boda ilusoria donde solo danzarán sus ilusiones perdidas y sus padres.

Eusebio Calonge, dramaturgo de La extinta poética, dice “Mi poética nace de lo ordinario, mi sentido de la belleza de la fragilidad”, y por esto son la poética, la belleza y la fragilidad los que danzan en medio de lo ordinario, en esta contundente tragicomedia que se postula como la mejor obra de esta XXXIX versión del  Festival Internacional de Teatro de Manizales.

Al final el escenario parece un sueño sombrío, Ofelia a espaldas de su familia, en ese lugar donde no habitaban la desesperación ni la esperanza, se levanta del suelo donde se ha arrastrado con dificultad durante toda la obra, para sustraernos de su invalidez e introducirnos en su fantasía, para sacarnos de esa pesadilla de lo real que hay en la condena de seguir existiendo a la espera de su cadáver, en ese claustro invadido de gritos y lamentos, y darnos el placer de verla levantarse tan livianamente del suelo a danzar” La muerte del Cisne” de Camile Saint-Saëns, sobre sus propias ruinas.