JOSÉ FERNANDO CALLE: Vivió en medio de las mejores palabras

Fecha:
Dia:
Ninguno
Lugar:
José Fernando Calle
 
Alberto Antonio Berón Ospina 
 
A diferencia del escritor Juan Esteban Constaín, yo sí tuve la oportunidad de ver y de conocer durante varios años a José Fernando Calle. De ver, porque era uno de esos intelectuales a quien un joven estudiante deseoso de conocer literatura,  quiere  parecerse. La montura de las gafas y el bigote bien cuidado, eran detalles que acompañaban al profesor de Derecho, pero, sobre todo, al lector de literatura. 
También de conocer un poco, porque le escuché en los corredores de la sede de “Palogrande” de la Universidad de Caldas,  sentados en un café, comentando sobre,  en esa época, desconocidos autores norteamericanos como Salinger y alemanes como Botho Strauss, los cuales, con el tiempo, se han vuelto escritores de culto, y que él los olfateaba y los sabía descubrir entre los anaqueles de la librería “Palabras” en Manizales.  
También tuve la oportunidad de que éste, “el lector más fino que haya tenido Colombia”,  como con intuición precisa describe Juan Esteban Constaín, fuese quien me acompañara en la elaboración de mi tesis de pregrado en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Caldas. Se trató de una monografía acerca de la novela de Joan Marse, “Últimas tardes con Teresa”, novela emblemática del “deshielo” español durante los años setenta, que pocos fuera de él,  y de Roberto Vélez Correa,  se atrevieron a acompañar en la Manizales de finales de los años ochenta.
A raíz de su partida, que se suma a la de tantos otros maestros intelectuales que hoy nos hacen tanta falta, este texto es la motivación para cuestionar una práctica que en las ciudades modernas se entroniza y multiplica: obviar encuentros con viejos maestros, antiguos amigos, compañeros que, por el afán de vivir en la ciudad, por el temor a no saber que decirles, solemos evadir y evitar el saludo. 
Qué sucedería si tuviéramos en cuenta que el encuentro con ese amigo, que en algún momento dejó una marca en nuestra vida, pero del que fuimos distanciándonos con el paso del tiempo, pudiera ser la última cita. 
Todo encuentro con un ser humano esconde la posibilidad de una última cita, un último estrecho de manos, una última sonrisa, una última mirada. La escalera de un centro comercial puede ser el último lugar donde registremos la última imagen viva de una persona. Solo es cuestión de años, meses, semanas, días, para que también seamos vistos por última ocasión. 
No deberían existir escritos de reconocimiento póstumo; todo ser humano debe tener derecho a cinco minutos de afirmación en vida. Pero en todo caso, se trata de contar, a quienes no tuvieron la oportunidad de conocerle, un poco acerca de un maestro que vivió en medio de las palabras, las mejores palabras, pero que no tuvo pretensiones de escribirlas, sino de vivir y compartir en directo la experiencia de su lectura.  
En José Fernando Calle se concentra una invitación a pensar el valor del Educador que tocó la existencia de muchos jóvenes que frecuentaron las aulas universitarias de Manizales. Por eso, a todos los maestros que fueron importantes en nuestra vida, cuando uno les descubre por ahí entre el barullo de un centro comercial, no se les debería dejar escapar sino,  llamar. Tal vez nunca más volvamos a encontrarnos con ellos o no se vuelvan a encontrar con nosotros.