El Alacrán

Directores: Pablo Aristizábal C. y Simón José Ortiz P.

Esta edición especial es un homenaje al Doctor Calle y a sus amigos. Agradecemos la colaboración de María Virginia Santander, Tomás David Rubio, Christian Camilo Londoño, Libélula Libros (ese grupo extenso y maravilloso de personas que la conforman) y, por supuesto, la de todos los autores que nos enviaron sus textos.

Pablo Rolando Arango. Escritor

Palabras leídas en el funeral del Doctor Calle

Como otros de sus amigos, siempre le dije Dr. Calle. Había en ese apelativo, cuando nos dirigíamos a él, una síntesis de cariño, respeto y confianza. Les voy a pedir que me perdonen, particularmente a Irene y a doña Clemencia, por hablar aquí más de la cuenta y, sobre todo, por meterme a mí mismo, pero no encontré otra forma de decir brevemente lo que es el Dr. Calle para mí.

En una de mis tantas estupideces, hace diez años, les escribí a los amigos de la librería Libélula una lacrimógena carta de despedida. El doctor Calle me contestó cariñosamente, y en su nota remataba del siguiente modo:

“Decime dónde estás (te llamamos al celular y sale alguien más: debe ser de esos metederos donde quedaste en llevarme: ¿me vas a dejar sin conocer Joyce’s?) y allá vamos Pablo Felipe y yo…

Un abrazo estrecho de Calle”.

El Joy’s de la nota del doctor Calle, por supuesto, estaba escrito con la grafía del apellido del gran escritor irlandés que tanto le gustaba a él, mientras se refería al mismo tiempo a un lupanar que yo frecuentaba y al que yo los había invitado a él, al Dr. Calle, y a Pablo Felipe. Desde luego, yo sabía que el doctor Calle no iría conmigo, pero su manera de decírmelo fue precisamente ésa: pidiéndome que lo llevara cuando yo estaba en el plan melodramático y falso de morirme. Ahora se ha muerto él, en serio y sobriamente, y me gustaría, aunque fuera, poder llevarlo incluso a esos sitios adonde no iría pero a los que me pedía que lo llevara solamente para hacerme saber su cariño. Como se darán cuenta, esta es mi forma torpe de decir que él se equivocaba cuando me dijo a su manera, es decir, diciéndome lo contrario y con una alusión libresca de por medio, que no iría conmigo allá. Y se equivocaba porque desde hace tiempo el doctor Calle nos acompaña a los amigos sin quererlo y sin saberlo. Es una de las características de la amistad: que sirve para ayudarle a uno estar por ahí sin los amigos. En uno de los últimos mensajes que me contestó, me dijo: “Que nos veamos —seguido o no— es incidental”.

En el caso del Dr. Calle, y creo que puedo en este punto hablar por varios de nosotros, su amistad nos ayudó a resolver un dilema o, mejor dicho, a ver que el tal dilema no existía. Iba a decir que se trata de uno de los problemas a los que se enfrenta cualquier muchacho con gusto por los libros (cuando lo conocí yo todavía era un muchacho), pero otra de las cosas que me enseñó la compañía del Dr. Calle es que tendemos a proyectar en el mundo nuestras pequeñas ansiedades (nunca me dijo si tal proyección es una mera fantasía, o si acaso en las pequeñas ansiedades de un muchacho confundido esté también el mundo. Pero con sus característicos silencios y observaciones laterales sugirió ambas cosas). La alternativa a la que creí enfrentarme, y que me atormentó por varios años era: los libros o la vida. Lo que el Dr. Calle me enseñó, a la manera de los grandes maestros que vi de niño en las películas de karate —es decir, sin decírmelo—, es que la vida y los libros son la misma cosa, puesto que los libros no son cosas sino, en palabras del Dr. Calle: “envolturas del espíritu”. Hace un rato no más, Juan Esteban Constaín escribió en internet: “Un abrazo para siempre, maestro Calle. Me dicen que hay cielo despejado en Popayám, un texto suyo, así lo despide”.

Hace apenas un par de años, en Libélula, nos contaba el Dr. Calle lo siguiente. Decía que en alguna época, hace años en Popayán, le dio por ponerse a pensar qué música le gustaría que le pusieran en su entierro. Entonces, me dijo, le comentó a un conocido, a quien describió como “El Pablo Rolando de por allá” (ese era uno de sus recursos retóricos favoritos: el de usar el nombre de una persona para describir a otra, no para nombrarla sino para describirla. Era un truco estupendo que funcionaba muy bien entre quienes conocían a los dos sujetos de la figura retórica: era un modo de mostrarnos a la gente a través del carácter de los otros. Como cuando se refirió una tarde, también en Libélula, a uno de los indigentes circunvecinos, que ese día estaba particularmente melancólico gritando sus penas en la calle en medio del delirio alcohólico, como “El Hamlet de nosotros”). Les decía que nos contaba el Dr. Calle que andaba debatiéndose entre elegir, para cuando llegara la hora de su entierro, un fragmento del Stabat mater de Pergolesi o algún pasaje de La Pasión según San Mateo de Bach. Y entonces le comentó el asunto a aquel conocido deslenguado, y éste le preguntó por qué pensaba en eso. El Dr. Calle entonces le respondió que le preocupaba que fueran a poner alguna cosa inapropiada, música guasca o cosa por el estilo. Y, según me lo refirió el propio Dr. Calle, el gamín aquel le contestó: “Pero, ¿qué te importa si ya vas a estar muerto?”.

Y verán ustedes que justo en este momento sus temores eran infundados, pero por la razón incorrecta: la música será la apropiada. No así, probablemente, esta imposible despedida. Me consuela pensar que nunca me dijo que le preocupara quién hablaría en este momento. Que ahora que ha llegado es tan triste, a pesar de la ironía maravillosa con la que nos lo advirtió el Dr. Calle a lo largo de estos años. Unos años compartidos que ahora nos servirán para enfrentar una ausencia que tiene una fuerza similar a la de una presencia.

A Irene y a doña Clemencia les reitero mis disculpas y mis condolencias. Y aunque quisiera terminar dirigiéndome al Dr. Calle, recuerdo la forma en que nos hablaba de la vida y de la muerte, y mejor me resisto. Baste señalar que lo recordamos con cariño, y que este recuerdo no es voluntario (como no lo son las cosas que salen de lo más hondo de nosotros), y duele; pero tampoco querríamos que no doliera.

 

Juan Esteban Constaín. Escritor

Una nota

La pregunta sería si uno puede querer mucho a quien nunca en su vida vio ni conoció, con quien nunca estuvo. Yo creo que sí; bueno, ahora estoy seguro de que sí, por eso escribo esta columna. Es lo que pasa, por ejemplo, con hijos que perdieron muy pronto a sus padres y sin embargo los adoran, llevan su recuerdo como una ilusión, como un acto de fe, el amor gratuito de lo que nunca pudo ser.

También pasa con gente a la que admiramos mucho: escritores, cantantes, futbolistas, filósofos, actores: ídolos nuestros que nos han acompañado toda la vida y por los que muchas veces sentimos un afecto tan grande que es más grande y más real que el que sentimos incluso por personas con las que sí nos cruzamos en el mundo, a las que sí vimos mucho y que jamás nos fueron tan cercanas ni tan importantes ni tan necesarias. 

Eso por no hablar de la ficción: de los seres que encontramos en ella y nos conmueven de tal forma que los hacemos parte esencial de nuestra vida, de lo que somos, y son amigos tan fieles como muchos de los que están de este lado de la realidad, por llamarla así. Diré el nombre de algunos de los míos: Newman Noggs, Diego Alatriste, Alonso Quijano, Jack Aubrey, Maqroll el Gaviero: no sé dónde estaría hoy sin ellos. 

Algo similar me pasa con José Fernando Calle, el doctor Calle, quien murió la semana pasada en Manizales. Siento que es uno de los seres a los que más he querido en la vida, y resulta que no lo vi nunca, ni una sola vez, y apenas nos hablábamos por Twitter, aunque yo supiera de él desde hacía mucho y con gran admiración, con gran envidia por quienes sí se daban el lujo de tenerlo cerca.

Yo supe de él hace diez años cuando Camilo Jiménez, un gran tipo y editor, escribió en su blog, ‘El ojo en la paja’, una reseña sobre mi primera novela, 'El naufragio del Imperio'. Esa reseña la comentó allí el filósofo Pablo Rolando Arango –el malo, el mejor– y mencionó algún consejo que le había dado “el doctor Calle”, un consejo tan brillante y certero que yo me interesé de inmediato por el personaje. 

Descubrí entonces que era un sabio discreto y decentísimo, quizás el lector más fino que haya tenido Colombia en muchos años: un maestro en todo el sentido de la palabra, que reseñaba libros en el boletín de Libélula, la librería de Manizales por la que siempre pasaba y que fue su refugio y su casa, el lugar donde la hoguera de su corazón y de su inteligencia iluminó a tanta gente.

Yo siempre preguntaba por él, le mandaba mis saludos y mi admiración. Hasta que algún día, en Twitter, nuestra amiga en común Emiliana Wilches nos puso en contacto. Así supe que era de Popayán, o más bien que se había vuelto de allá el 20 de julio de 1969, cuando llegó a estudiar Derecho y nunca más salió de la ciudad, como nos pasa a todos los que nacimos en ella: que esté uno donde esté, todo el mundo es Popayán.

El doctor Calle murió la semana pasada luego de padecer un cáncer en el pulmón que le produjo la exposición prolongada e involuntaria al asbesto, según entiendo. No fumaba, no tenía más vicios que la lectura y la bondad; y sin embargo lo mató un cáncer de pulmón por el asbesto. Lo vuelvo a decir: se enfermó y se murió por el asbesto, a ver si de una puta vez lo prohíben, para que esa no sea otra causa infame de la muerte aquí. 

Y con él siento que se hubiera muerto un amigo mío de toda la vida. Quizás lo fue, sin duda lo fue: todo el mundo es Popayán. Por eso, los jueves, no había mayor orgullo para mí que saber que el doctor Calle había leído mi columna, que le daba sentido y brillo con alguno de sus generosos comentarios. 

Así que esta es para vos, querido maestro. Más que nunca. Ojalá te llegue allá donde estés, donde ahora se dan el lujo de tenerte cerca. Amén. 

 

Tomás David Rubio. Librero en Libélula Libros

Un posible prólogo a las notas del Doctor Calle

En los años cincuenta John Cage imaginó su obra Music of Changes luego de proponerse una composición azarosa y restringida basada en la lectura del I-Ching, o Yijing, el Libro de los cambios chino y adivinatorio. El principio de Cage, que no es nuevo y tantas veces se ha repetido, parte de la imposición de unas formas ajustadas y acordadas previamente: la creación, el procedimiento mismo se caracteriza por seguir una determinada exigencia, en este caso los hexagramas del libro, para provocar efectos nuevos. Esta apropiación del clásico chino por un músico norteamericano del siglo veinte supone una casualidad y una sorpresa: ante la restricción que imponen las 64 estrofas, sus posibilidades de volverse música nueva y libre se multiplican; de unas fórmulas consagradas aparece todo lo contrario a lo típico o esperado.

Algo así logra verse en las composiciones del Doctor Calle, que no son simples columnas. Son más bien una insistencia en esa colección que todo lector recoge y descubre, las citas y los autores que nos hacen sentir bien y felices, los apuntes y los recuerdos que se repiten, y que a pesar de que dicen lo mismo, no son lo mismo, sino que de la mezcla y la selección calculada de todos estos se filtra una nueva historia, la suya como lector. A la sombra de las hojas son la evidencia de cómo lo que lee un hombre termina siendo su vida misma.

Porque sí: un destino se vuelve más rico gracias a las historias que cuentan los libros. Uno lleva adentro lo que ha leído todo el tiempo. Y eso hay veces parece amontonarse y pide salir. En el caso del Doctor Calle la contención casi gana la pelea: pero cómo le seguía diciendo que no a Pablo Felipe, que ya llevaba diez boletines y él ahí, mirando. La amistad nunca nos obliga a nada pero tal vez sí nos anima a no dejar solos a los que queremos, y toda esta cursi metafísica, creo, es lo que decidió que Jose F. Calle empezara su colaboración con el Boletín de Libélula.

En un ensayo sobre Ronald Firbank, Giorgio Manganelli (dos autores que perfectamente podrían estar dentro de los favoritos del Doctor Calle, por él fue que conocí ese par de maravillas que son En torno a las excentricidades del Cardenal Pirelli y Centuria) encorsetó las formas del raro escritor inglés: habla de su “actitud estructural”, de lo meticuloso que es al escribir. Hay mucho de esto también en las notas del Doctor Calle, casi que su estilo –o sea: la decisión en una insistencia– empieza desde la pura forma: Calle nunca supera la cuartilla de extensión, esa es su métrica. Su escritura, sigue Manganelli, “es, por encima de todo, un lugar artificial, abstracto, en el que se mueven copos de exclamaciones, clichés exquisitos, monólogos dispersos y fragmentarios”. Y uno sólo puede decir que sí, que las A la sombra son también eso, que todo en ellas es artificial (y qué exacta es la definición del diccionario: artificial es eso “hecho por mano o arte del hombre”), compuesto letra a letra, coma a coma, dos puntos, raya, guion y punto y coma: no hay otra manera y la puntuación se convierte en una de las formas del alma.

Habrá a quien le parezca que todo esto es impostado y confuso, y encuentre una básica molestia al empezar a leer las columnas del Doctor Calle. No será el primero, ¿pero es que “alguien vive, imagina o sueña en orden”? La frase es de otro bibliófilo entrañable y amante de los viajes inmóviles, Pierre Jacomet, que como Calle entendió que “nada obliga a leer página tras página, frase tras frase como si el libro fuese un camino y no una ensoñación”. El libro como sueño, como “envoltura del espíritu, ni más ni menos”. Así, a partir de indicios, con ese mismo malestar que nos invade cuando queremos recordar un sueño, y que de tan breve no vuelve, escribe el Doctor Calle. Y aquí creo que está encerrado lo que más he aprendido de él: justo por eso leemos, para recomponer e imaginar lo soñado. Leer nos ayuda a disimular el mundo. Y, como anota Nabokov en Habla memoria, "aún cuando se vislumbre poca cosa a través de la niebla, se experimenta la dichosa sensación de estar mirando en la dirección correcta”.

Escribir es abrirse y mostrarse, sí, conocemos sus consecuencias desgraciadas y ridículas. Pero hay algo que distingue al Doctor Calle de casi todos los que deciden escribir, y es que su placer no proviene de contar una historia o de componer un personaje –y si esto aparece es en los espacios vacíos y en la reticencia de lo no dicho–, no hay una ambición técnica por dominar una atmósfera o presentar un hecho: es que simplemente no hay mejor dicha que hablar de libros –y mejor si son nuestros y están en la biblioteca, ese único lugar que va quedando para estar en paz y tranquilo. Y uno eso lo hace con los amigos, esas personas con los que no hay que recordar en qué quedó la conversación; por eso al Doctor Calle hay que leerlo de la misma manera en la que él lee La Habana para un infante difunto: desde cualquier página, asumiendo que la conversación ya comenzó –hace cuarenta y cinco años en Popayán, hace dos sábados en Libélula, ahora mismo, no importa– y es una alegría que no cansa, porque es como si hablar de eso que nos gusta nos protegiera de las penas.

A pesar de los intentos por anularse (como la nota en la que se regodea de usar apenas cuarenta y cinco palabras suyas), de que baste la cita de otros y no hagan falta sus palabras (y con la reseña a La soledad del lector de David Markson llega al límite), esta supuesta interrupción o ausencia es otra de las obsesiones del Doctor Calle en sus notas: aparecer a través de la selección de lo que otros escribieron y él guardó en una libreta o en un pedazo de papel para luego acomodar en una esquina del boletín de Libélula, hacerse visible desde ese montón de fragmentos en apariencia discontinuos y dispersos. Una dispersión controlada y fina, eso sí, porque en su aparente transcripción fanática hay cálculo y una ambición que me deja pasmado: la de llegar a un estilo que sea la suma de todos los estilos, a una acumulación que amenace con el silencio. Seleccionar también es crear y esa es la libertad que encuentro en A la sombra de las hojas.

Hay finalmente un homenaje que aparece en sus notas-composiciones que no debería dejarse a un lado, y es que a pesar de que en ellas no hay preocupación por lo exterior (entre libros no importan nada de esas cosas llamadas tiempo y realidad), sí hay un lugar en el mundo distinto a la biblioteca personal donde la vida se puede disimular y volverse dichosa: la librería, esa “casa con libros”. Que Libélula sea ese lugar tranquilo que repite el hogar ya es mucho: “al temor a repetirse siempre puede oponerse la alegría de saber que avanzas en compañía de las historias del pasado”, escribió Isak Dinesen.

 

Jorge Aranda. Abogado y escritor

Una nota

Era febrero del año 2000 y estaba saliendo de una larga etapa de peleas, motos, trasnocho y malos manejos. Casi ya en el culmen de una minuciosa y disciplinada carrera hacia el fracaso, con la determinación a medias entre vagar por el mundo por lo que me quedaba de vida o tomar un camino que honrara a los demás mientras me deshonraba a mí mismo, me inscribí para estudiar Derecho en la Universidad de Caldas. Conseguí novia, hacia visita de novios, iba a conciertos de música clásica y desdecía de lo que verdaderamente era con cada cosa que hacía.

Toda esa situación me ponía muy triste. En general fui un mal estudiante con pequeños destellos de suerte y pequeñísimos destellos de talento. Sin embargo, a pesar de mi bajo desempeño, parecía un rehabilitado que hubiera logrado encaminarse hacia el ejercicio honroso de una profesión, rescatado  del camino deliberado del error y la mediocridad por el que había optado como fuente de felicidad y sentido de la vida.

En esos vaivenes estaba cuando leí un cuento de Paul Bowles en la revista de la Universidad de Antioquia mientras, recostado en un muro de la universidad, esperaba a que al tedio de las dos de la tarde se uniera el tedio de tener que soportar dos horas continuas de clase de ética profesional. Era tan soso el magistrado que la dictaba que el zumbido de una mosca se imponía dramáticamente sobre su voz, arrullándonos, sirviendo de música a su cantaleta leve sobre la conducta y los valores del jurista.

El cuento se llamaba Un episodio distante. Esa tarde pasé por una librería cercana a la facultad y pregunté si tenían algún libro de Paul Bowles. Afuera, en una silla, con un café sobre la mesa, estaba a quien identificaba como el Doctor Calle. Sabía que era profesor de Derecho Penal por referencias de estudiantes que cursaban el segundo año. En Libélula no había ningún libro de Paul Bowles. “Venga”, me dijo. “¿Le gusta Paul Bowles?”

Al día siguiente, cuando pasaba de nuevo por la Avenida Santander a la altura de Libélula me llamó y me dijo que me había traído el libro. Era un ejemplar de El cielo protector que podría haber estado durante décadas en su biblioteca sin deteriorarse. La tapa dura estaba envuelta cuidadosamente en papel de panadería, dejando traslucir hacia los objetos de su propiedad la misma pulcritud de sus modales.


Después de eso podemos habernos encontrado cuatro o cinco veces. Nunca fuimos amigos pero siempre tuve la sensación de que nos identificábamos como buenos desconocidos, esa situación pulcra en la que difícilmente pueden encontrarse dos personas que encuentran rasgos de empatía en quien no se esfuerzan por conocer. La última vez que nos vimos fue en junio pasado en el Puente Aéreo de Bogotá cuando llegaba de Chile con mi esposa a pasar vacaciones con nuestras familias y él, a su vez, se encontraba con su esposa en la sala de espera. Haciendo un pequeño alto en su extrema prudencia me dijo que estaba un poco enfermo. Nos saludamos en Bogotá y nos despedimos en Manizales. Ayer murió. Fue posiblemente uno de los desconocidos a quien más me habría gustado conocer.