El Alacrán

Directores: Pablo Aristizábal C. y Simón José Ortiz P.

UNA NOTA

*Álvaro Serrano Calderón. Buracaramanga, Santander (1947). Músico, compositor, arreglista y productor colombiano. De un tiempo para acá ha incursionado en la literatura y ha publicado dos libros: Mambo de la calle Palhavi y Vivir de oído.

El secuestro del siglo

         El 22 de febrero del año dos mil nueve tuvo lugar en el estadio Romelio Martínez de la ciudad de Barranquilla un concierto para más de veinticinco mil personas. Era domingo de carnaval y el evento, a través de la publicidad, parecía estar asociado a las fiestas. Hasta aquí todo se veía normal, solo que el protagonista, plato fuerte del evento que convertía la fecha en hito histórico se llamaba Vicente Fernández, charro mexicano, célebre cantante de rancheras.

         Para comienzos de los años sesenta, el rocanrrol, el jazz, la salsa, en fin, la música vigente en un mundo que transitaba por el tope de una era brillante llevaba ya un tiempo secuestrada por la radio, poder ubicuo, principal arma estratégica del antioqueño para realizar el plan de expansión con posterior control de la economía de la región cuya presencia abrupta se percibe en el mapa como una enorme garra abierta que toma el país de sur a norte.

         La ebullición mundial generada por la eclosión de los medios, el clamor emergente de las minorías, la guerra en plena acción (Vietnam), los  furiosos aires de cambio, nada de esto se percibía en Colombia, nada de esto circulaba impune por  las ciudades principales, la realidad planetaria se reducía a escuetos boletines de las multinacionales de la información, tomados directamente del télex. Pero la mayor de las ausencias la constituía el más grande fenómeno, la banda sonora de los tiempos, el avasallante Pop. Sólo unos cuantos privilegiados en los centros urbanos -ínfima minoría- conocían la música de Los Beatles, por ejemplo. Puedo decir que a la altura del año sesenta y cuatro, la única ciudad de provincia que tarareaba en la calle lo que andaba dando vueltas por el mundo era Barranquilla, la misma ciudad que en el año veintinueve inauguraba la primera emisora de radio comercial del país y a la altura de 1943 ya mantenía activa una orquesta filarmónica con más de cuarenta profesores.

         A mediados de siglo el poder estaba representado en la prensa escrita, la política se debatía en los grandes periódicos, pero cerca de la tercera parte del país era analfabeta. ¿Dónde entonces se podía reflejar la pugna económica efectiva? En la radio. Los montañeros conocían el enorme poder de un micrófono, se ocupaban de vender barato los receptores y conquistaban palmo a palmo, día tras día el corazón de una nación parida casi a capricho, subyugada por la estirpe abúlica del poder central.

Maestros de la persuasión acostumbrados a convencer sin mayor esfuerzo –la conquista de su propio suelo convierte en poca cosa cualquier reto-, los antioqueños usan a su antojo la pintoresca comandada por un personaje capaz de vender su prótesis dental: el culebrero, ilusionista condenado a mentir sólo cuando no lo necesita, trashumante prestigiado por ser capaz de embaucar a cualquiera a la vista de todos. Quizá venga de ahí la costumbre vuelta culto de rechazar la idea de considerar delincuente a un embaucador. Del mismo modo que no se puede ser culebrero sin ser creativo, a nadie en la montaña se le ocurrirá meterse a creativo sin meterle al culebrero. Para sembrar leyendas en la sique nacional los productores son capaces de efectuar la transmisión radial de un eclipse lunar, de ser necesario; utilizan cuentachistes lúbricos, cantores nostálgicos, niños jugando a viejos, locutores verborreicos y poetas, siempre en mayor cantidad que poemas. Toda una enorme carpa poblada, un gran laboratorio que se cuida de disparar la endemia después de fabricar la medicina.

         A partir de la hegemonía radial se nos confisca el siglo veinte, los vientos de la modernidad soplan en otra dirección, el país queda apartado, en manos de mercaderes y libretistas que trabajan sin descanso para omitir y sustituir el globo real,  método coadyuvante para conquistar los territorios ambicionados; no todo es hacha y camándula.

         En plenos cincuentas, no obstante el auge radial, los colombianos ya tenemos en el cine una opción atractiva a la hora del ocio, y es por esa vía que nos enteramos de que la música negra norteamericana es el elemento novedoso que protagoniza la cultura en medio mundo, pero el cinema, ese que vuelve mexicanos a los pobres y gringos a los que huyen de la pobreza, se encuentra muy lejos, se percibe como un inalcanzable; queda la radio, juego de artificio, ruido perpetuo que acompaña y distrae pero forja irrealidades a punta de autobombo y falsa alegría en nombre de la tela de los hilos perfectos.  

         Años más tarde, cuando la tele se consolida como medio, manejada por los mismos de la radio, uno observa la transmisión local de un partido de fútbol y no puede más que asombrarse ante el espectáculo  altisonante basado en una suma de hechos absurdos que nunca concluyen: la imagen se bloquea a cada instante con anuncios que tienen audio propio, es decir, cada vez que la publicidad invade la pantalla, la voz que transmite desaparece en corte brutal sin importar si la jugada es crucial o si hay situación de gol. El locutor cuya voz se interrumpe a capricho del departamento de ventas no suele comentar lo que uno está viendo, no complementa, es un gritón de retórica empericada que juega a meter más palabras en menos tiempo, narrando como si fuera radio. Los comentarios sosegados, o no interrumpidos, suceden cuando no hay fútbol, es decir, durante el descanso, momento en que el televidente es probable que  esté alejado de la pantalla.

         Medio siglo de televisión confundiendo dinamismo con histeria y entusiasmo con bochinche forjan un comportamiento, una manera compulsiva del disfrute exenta de matices, obvia de toda obviedad. La tele, medio conceptualmente opuesto a la radio, se confunde con ésta, el público termina mirando radio y oyendo televisión. Estas  sobre-posiciones, realidades alteradas, acaban fabricando un público acrítico abierto a cualquier idea “creativa” traducida en atropello: no existe un código, el respetable aguanta lo que sea, todo se vale. He aquí la metáfora posible de un país.

         Al regresar la atención a la mitad del siglo veinte, escena radial, nos topamos con el gran pastiche, el origen de todo exceso, La Vuelta a Colombia en Bicicleta, evento fundamentado en la ingenuidad de una nación atenta al altavoz -como el legendario perro de la Victor- y al heroísmo de unos ciclistas que se juegan la vida a cambio de un golpe de brillo sin oro. La fama (la gloria ha desaparecido) espera a estos hombres que no tienen nada que perder, el resto es Bavaria. El gran espectáculo invade las tres cordilleras con la gritería de ídolos disfónicos metidos dentro de unos carros embarrados llenos de antenas llamados transmóviles, aparatosa imagen de un futuro posible lleno de colorines, anuncios y eslóganes “ocurrentes”. La Vuelta a Colombia en Bicicleta fecunda de titanes en blanco y negro la imaginería popular y entusiasma a los púberes radioescuchas a imitar a sus héroes disputándose el camino con autos y camiones en un país de vialidad precaria.

         Pero en su vasto plan de conquista, el montañero, con su enorme dispositivo radial no logra penetrar la costa del Caribe, plasmada en  fisonomías tan distintas a la suya, con mentalidad opuesta por igualitarista y con una cultura de aluvión (a excepción de Cartagena, bastión feudal bien amurallado ante posibles cambios). Los comerciantes antioqueños hacen lo suyo, emprenden la conquista montando sus negocios a lo largo de la costa; por su parte los inescrupulosos van descubriendo los enormes beneficios de la siembra y exportación de la marihuana -ilícito en manos de lugareños y guajiros en un principio- que tiene su cuartel general en Barranquilla.

         Ya no será con el mito de la bicicleta, ni con  bambucos electrónicos, ni con bandejas paisas, ni chistes de Montecristo que se someta al costeño, la cultura suele ser inquebrantable y la caribe posee canto propio, transpira diversidad. Quedarán entonces la economía -que sí es quebrantable- y la política, ramera risueña.

Por Álvaro Serrano Calderón

 

DOS POEMAS



* Anna Bahena. Riosucio, Caldas (1984). Psicóloga y gestora cultural del proyecto ItinerArte. Participó en la 1ª Ruta Poética del Occidente Colombiano 2012. XVIII Encuentro de la Palabra, Riosucio Caldas 2012. Encuentro Internacional de Mujeres Poetas, “País de las Nubes”, Colombia 2012. V Semana Mundial de la Poesía, Manizales 2014. Libro Inédito denominado Botella al Mar. www.hadanabahena.blogspot.com Facebook: Anna Bahena – Botella al mar.

Todo sigue igual

Es tarde aún.

Los relojes se extinguen a fin de no recordarte.

Toda esta casa semeja el ruido  de una jaula de viento

donde la soledad desvelada no deja de cantar

como un pájaro herido en la ventana.

Como ves,

a pesar del tiempo y de la espera

en esta casa, todo sigue igual.

Las cortinas rasgadas por tu paso fugaz,

los pasillos sin ecos,  sin rastros de amor

y el piso desteñido por la tempestad

que una vez una vez fueron tus ojos.

Solo una luz se filtra desde lejos

Es la sombra de los árboles  que corren a tu encuentro,

¿O acaso mi alma delirando de sueño?

No lo sé, es tarde aún,

los relojes se extinguen a fin de no recordarte.

Aquí la noche se desdibuja entre mis ojos

cada vez que me acerco a tu nombre

y recuerdo el único acto de poesía posible

entre tu cuerpo y el mío,

ese silencio que solo tú posees

esa distancia que solo tú calculas,

ese acto revolucionario de tu despedida.

Como ves, a pesar del tiempo de la espera,

En esta casa, todo sigue igual,

El olvido fue dejar tu sombra

en la esquina izquierda de mi almohada.

 

La jaula del viento

 

la noche rasgada de llanto

sólo con el delirio de no tener ojos

para enceguecerme,

y la siniestra soledad acompañada

por mi sombra

a la luz de una vela

que lucha por no morir incinerada

con el fuego de una lágrima viva.

 

Algo habla en el silencio de la lejanía nocturna

la viajera regresa en su balsa de árbol,

llega en soledad con un ramo de lilas.

Ella sabe -qué es- la muerte

cuando se siente sola.

 

No más a la jaula de viento

donde no silba el sol en el nombre del padre,

donde no muere el tiempo en el nombre del hijo,

donde el espíritu santo no tiembla como llama

a la espera del no- nombre de la pálida sombra

que dice, que no tiene principio de nacer

bajo el dolor del cielo que nos cuida.

Por Anna Bahena

 

UNA ENTREVISTA

*Arsenio Pecha Castiblanco. Nemocón, Cundinamarca (1959). Matemático de la Universidad Nacional, hizo la maestría en matemáticas de la Universidad de los Andes y la maestría en economía de la Universidad Nacional. Desde hace 30 años se desempeña como profesor de diferentes universidades, entre ellas la Pontificia Universidad Javeriana, la Universidad Nacional de Colombia y la Universidad de los Andes. Autor del libro Optimización estática y dinámica en economía.

Entrevista a Arsenio Pecha Castiblanco:

“Con las artes lo único que hay que hacer es aprender a vivir con ellas”

¿Por qué estudió matemáticas?

Me gustaba. Pero inicialmente quería estudiar ingeniería electrónica. Esas son las ironías de la vida, no me aceptaron como estudiante de la Javeriana, porque en esa época pedían declaración de renta, pero sí llegué a ser profesor allá, una vaina rara. La Nacional estaba en paro, entonces hice un semestre de ingeniería civil en La Salle. Entrar directamente era difícil, el examen de admisión permitía ingresar a hacer el semestre básico, requisito para todos, excepto para los que tuviesen un examen muy bueno, por lo que solamente pasamos directamente dos. Después se acabó el paro de la Nacional y ahí sí me fui para allá a estudiar matemáticas. 

¿En algún momento quiso explorar otro campo?

Estaba trabajando en la Contraloría, al mismo tiempo que hacía la maestría en Los Andes, y Sergio Fajardo me dijo que por qué no hacía una maestría relacionada con la economía o las finanzas, ya que estaba trabajando en eso. Y terminé haciendo una tesis en matemáticas financieras, dirigida por él. Seguí dictando clases de economía matemática en Los Andes. Además, desde antes de graduarme del pregrado ya era monitor en El Externado en temas económicos.

¿Para qué sirven las matemáticas?

Todo el mundo tiene la disculpa de que es algo que se tiene que saber, pero yo creo que es, tal vez, lo que jalona el desarrollo de las ciencias. Los usos a veces son medio mentirosos, digo yo. Siempre he sentido que le enseñan a uno cosas que no son útiles, pero nunca le dicen a uno la verdad, que, de alguna manera, la gente, por formación, debería saber matemáticas. Para algunos se vuelve algo a lo que se van a dedicar toda la vida, para otros son una herramienta, pero yo creo que, más que todo, son una formación mental, algo estructural de la cabeza.

¿Con la aparición de las nuevas tecnologías, en qué ha cambiado la manera de enseñar matemáticas?

Todavía se siguen dictando los cursos como hace 50 años, creo yo, y aún más. Todavía ve usted que los estudiantes de ingeniería, matemáticas y esas vainas siguen teniendo los mismos libros de hace 50 años. Y eso no lo digo yo solamente, lo dicen muchos. No hemos evolucionado en ese sentido, la gente no usa las herramientas que hay. Entonces a los estudiantes los ponen a hacer cosas que, definitivamente, hace mucho tiempo se deberían haber reevaluado. Y ese es un problema de los profesores de matemáticas, porque todavía no aceptan que las matemáticas deberían tener otra visión, una visión de uso de aparatos tecnológicos y de la aplicabilidad de estos. Como decía, tal vez, Diego Pareja, de las matemáticas actuales nadie sabe nada, casi nadie se entera de qué está pasando en ese mundo. Y tampoco se sabe si es que realmente son tan profundas y complicadas como uno cree, o si es que simplemente no se usan las herramientas computacionales para tratar de enseñarle a la gente esas nuevas tendencias.

Pasando al tema de la economía, ¿usted cree, como algunos, que en la actualidad hay una excesiva matematización de la economía?

Yo creo que sí, eso es bueno para algunos matemáticos que se metieron a hacer teoría, pero ya algunas de las revistas se convirtieron fue en libros de matemáticas, donde se prueban teoremas, y, digamos, la aplicabilidad de eso no se ve. Lo otro es que han abandonado la teoría económica. Si usted mira, no hay casi ninguna maestría en la que enseñen teoría económica. Le enseñan micro, macro, econometría y cosas de esas, que son, realmente, clases de matemáticas. Pero no le dan un curso de historia económica, ni de teoría, propiamente dicha, y yo creo que eso es esencial. ¿Cómo diablos una persona que viene de otra carrera aprende economía? A mí me parece que ahí hay una falencia terrible.

¿Eso tiene consecuencias en las conclusiones a las que llegan los economistas?

Sí, eso se está volviendo un asunto de medición, una cuestión econométrica pura, más que cualquier otra cosa. Algunas universidades europeas, según me han contado, ya están haciendo maestrías de econometría y no hablan de economía. Pero yo sí creo que la gente debería recibir unos muy buenos cursos de teoría económica.

Entiendo que también es un buen lector, ¿eso cómo se relaciona con su actividad profesional?

Yo creo tanto en la literatura, la economía y las matemáticas, por eso lo hago. No puedo quedarme en ninguno de los tres bandos, lo mismo me pasa con la música, tal vez.

La música está muy relacionada con las matemáticas, ¿en qué cambia su experiencia al poderse percatar de eso?

Lo que pasa es que yo nunca he pensado en la música como algo científico, hay gente que sí se mete con eso, pero yo creo que hay que dejarla tan libre como todas las artes. Como decía alguien: “con las artes lo único que hay que hacer es aprender a vivir con ellas”. Es una parte importante de la vida. Yo no se, por ejemplo, cómo hace la gente para vivir sin música. También es una falla que mucha gente viva sin literatura.

Por Pablo Aristizábal Castrillón

 

UNA RESEÑA

*Néstor Arturo Bedoya. Manizales, Caldas (1991). Redactor de noticias jurídicas en el periódico virtual Artículo 20. Estudiante de Derecho. Twitter: @NestorWho Blog: https://sobrelibrosleidos.wordpress.com

 

Bajo las Ruedas  (Hermann Hesse)

En algún momento de nuestra infancia todos recibimos algún castigo: nos prohibieron la amistad de alguien, nos negaron algún pasatiempo o nos pusieron tareas extras y desagradables. Luego, en la universidad, muy posiblemente tuvimos que sacrificar alguna salida para preparar un examen, cambiar una excelente compañía por algún texto muerto e incluso aplazar un viaje. Bueno, imaginen un niño a quien le prohíben cualquier gusto y quien debe realizar todos estos sacrificios por una extraña razón: es el niño más inteligente en todo el colegio.

Esta es la historia de Hans Giebenrath, un niño prodigio de un pueblo como cualquier otro. Es huérfano de madre y su padre es un hombre común, con un trabajo sencillo y unas habilidades intelectuales limitadas. Como Hans sobresale tan pronto entre sus compañeros, el director de su escuela propone darle una formación especial para que alcance el máximo logro de la época: aprobar el Landexamen y ser admitido en el seminario, recibir una formación gratuita y convertirse en sacerdote. Para esto, recibirá clases privadas con el director de su escuela y el párroco del pueblo, y además deberá sacrificar la amistad con su amigo August y no desperdiciar más tiempo pescando, su pasatiempo favorito.

Durante meses, Hans se prepara responsablemente, sufriendo con la presión de poder corresponder a la confianza depositada en él y empieza a padecer mareos y dolores de cabeza que procura disimular. Con el paso del tiempo, llega el día del examen y Hans, a pesar de sentirse pesimista con el resultado, logra obtener el segundo mejor puntaje. Parecería que por fin tendría tiempo para descansar, pero pronto sus antiguos mentores se encargarán de presionarlo para que continúe su preparación, pues consideran que llegará en desventaja frente a sus nuevos compañeros, y Hans, pese a sentirse exhausto, con sus dolores de cabeza que no lo abandonan, se verá obligado a hacerlo.

Una vez ingresa al seminario, todo apunta a que se repetirá la historia: sus maestros lo tienen por muy avanzado, es calificado como el mejor estudiante por el director del seminario y él no tiene relación con ninguno de sus compañeros, pues intenta gastar todo su tiempo libre repasando sus lecciones. Sin embargo, aparece un personaje completamente contrario a estas ideas: Hermann. Este chico, de la misma edad, se pasa el día escribiendo poesías, no cree en los resultados y le da lo mismo ser el último que el primero, pues al final ambos resultan aprobados. Además, no tiene ningún temor en enfrentarse a sus compañeros, incluso llegando a los golpes con ellos, lo cual provocará su expulsión del seminario. Sin embargo, su influencia sobre Hans será tal, que durante el tiempo que comparten éste olvidará sus estudios, disminuyendo su rendimiento de forma evidente. Ahora bien, Hermann no es el único culpable, pues la mente de Hans está tan desgastada en este momento, que le cuesta aprender las lecciones más sencillas y no puede concentrarse. Luego de la expulsión de Hermann, el desgaste de Hans será tal, que aquellos profesores que otrora le daban un lugar preferencial, empiezan a juzgarlo como un niño problema, sin futuro ni capacidades para el sacerdocio. Por esto, Hans terminará sus días regresando a su pueblo y buscando trabajo como asistente de mecánico, conociendo la bebida y afrontando un trágico final.

Es gracioso ver cómo Hermann Hesse se burla de los sistemas educativos y evidencia aquellos errores que persisten en la actualidad. Hans es uno que debe asumir las responsabilidades de un adulto, y que, sin embargo, no tiene ninguna independencia para hacerlo. Además, aquellos que son diferentes a lo que propone el modelo, como su amigo Hermann, son prontamente excluidos y juzgados como un virus peligroso que puede infectar la personalidad de sus compañeros. Y no sólo esto, sino que aquellos quienes deben ser garantes del bienestar de los estudiantes, como los profesores y su director, poco o nada les importa su bienestar personal, pues lo único relevante es que cumplan con los logros que les han impuesto.

Además, ¿qué ocurre con aquellos que no pueden cumplir con las tareas? Son completamente olvidados, ni siquiera son calificados como peligrosos, sino que son abandonados a su suerte por, supuestamente, tener unas capacidades intelectuales inferiores. Pareciera, además, que aquellos con trabajos más sencillos, como los mecánicos, tienen vidas más satisfactorias y tranquilas, pues existe más compañerismo entre ellos e incluso tienen tiempo para enamorarse, algo que en el seminario sería impensable. Por irónico que parezca, lo que termina demostrando Hesse, es que ese modelo educativo que pretende darle herramientas a los niños, lo que realmente hace es anularlos como individuos, acabando con sus habilidades especiales, sin lugar para la creación o la innovación, sólo para el cumplimiento de normas y la perpetuación de tradiciones.

Definitivamente, esta novela tiene todos los elementos de una gran obra. Es incluso escrita de forma bastante sencilla, algo poco común en los autores alemanes, siendo más que una lectura, una profunda reflexión. La recomiendo, sin ninguna duda, pues creo que nadie permanecerá indiferente una vez se haya introducido en ella. Sin más, me queda recomendar dos obras para quienes hayan disfrutado este libro: por un lado, está El Pájaro Pintado de Jerzi Kosinski, pues es otra obra sobre un niño quien debe sobrevivir en el mundo de los adultos antes de tiempo, ubicado en la época del holocausto nazi. Y por otra parte, recomiendo Oliver Twist de Mark Twain, donde, por el contrario, el autor demuestra la astucia del niño protagonista contra los adultos y profesores, llegando a burlarse de ellos en más de una ocasión y salir triunfante.

Por Néstor Arturo Bedoya

 

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El Alacrán
 
Gestión cultural: Dómenico Di Marco, Carlos Pimiento Serrano
Blog: Tomás Aurelio Muñoz Pinilla
Coleccionable impreso: Pablo Aristizábal Castrillón, Simón Ortiz Pinilla

 

Aurelio Arturo
Por Augusto Pinilla

También es bello ahora seguir viviendo
ser una cosa y otra y nube y aire
y corazón de selva
en este todo que es infinitamente
También es bello –dices–
con lentitud de sabio de la nieve entre aureolas siderales
saber que se ha sido y se será sin poder evitarlo
tantas cosas y ser la poesía

Y me sigues hablando
del castillo y su dama
reales y soñados
de la vida de hoy y toda gesta y su
canción
del pueblo de las sombras y las hadas
las fábulas eternas que en un lecho de
Arabia
la más hermosa reina entre las noches
relata todavía
a su rey enemigo amante amado
y lo que fue la lluvia de guirnaldas
y de voces y rostros del ayer junto al
piano invisible
a través de tu piel y tu Colombia única

Palabras como muerte no hablan sino
de un día
en que uno se desnuda de una forma
como de cualquier traje
y continúa
y permanece para siempre
Es por eso que no puedo encontrar
entre todas las palabras una
para decirte adiós.

Autorretrato
Por Augusto Pinilla

Un poeta camina por los prados
hacia la cima de la niebla.
Quiere atrapar el día
a la hora de su nacimiento
y darle una palmada
y que rompa a llorar
-por la primera vez-
entre sus manos.
Un poeta se pasó la vida
en el umbral de niebla de los
amaneceres tratando de
atraparlo.
Al final,
todo el mundo lo vio aparecer
al extremo del bosque,
llorando,
con los zapatos llenos de rocío
y la primera luz
sonriendo entre los árboles.

Augusto Pinilla (Socorro, Santander, 1946): Poeta y ensayista. Profesor de literatura en la Pontificia Universidad Javeriana.

Rüdiger y Safranski
Por Simón José Ortiz

Un racionalista del siglo diecisiete notó que el hombre es un animal racional que, curiosamente, razona muy pocas veces al día, en el mejor de los casos. Por el contrario, dice, pasa este la mayor parte del tiempo haciendo un mero simulacro de lo que es pensar, obrando sin saber por qué y queriendo sin saber cómo. A pesar de que la lista sea, por fortuna, más amplia, quisiera citar tres de los nombres que, como excepciones, prueban la regla: Friedrich Nietzsche, discípulo rebelde, Arthur Schopenhauer, maestro, y, más humildemente, Rüdiger Safranski, biógrafo.

Son cuatro las virtudes que salen a flote a la hora de leer la obra de  Safranski, quien nació en Baden-Württenberg en 1945. La primera tiene que ver con el hecho de que, al rastrear el pensamiento de estos memorables hombres, no desdeña la oportunidad de nutrir y enriquecer lo expuesto con nuevo pensamiento, virtud que parecen desconocer muchos de nuestros críticos, comentaristas y biógrafos; la segunda, que sus exposiciones recrean la génesis y desarrollo de los universos filosóficos en uno, de forma tan viva, que llevan al lector a creer que en un proceso muy similar debieron ser generados y desarrollados en los maestros; la tercera, que su tarea es llevada a cabo con claridad, concreción y limpieza, para felicidad de la literatura.

Por lo demás, hay algo que comparten los tres escritores y que no se deja de percibir cuando se acude a ellos; el que, como le hubiese gustado a Samuel Johnson, su lectura se ve empujada no por la fantasía o el elemental encanto, sino por la más alta razón, pero encantada.

La cuarta virtud,  que es de orden político, se refiere a que con su obra Safranski ha sabido desmentir la errada creencia que en este tiempo se entona con vanidad por algunos americanistas, según la cual las letras y el pensamiento en Europa han desaparecido, fomentada quizá por el no despreciable hecho de que ya en otros lados aparte de aquél se ha conseguido pensar y escribir muy bien.

Uno de los capítulos de la biografía de Schopenhauer concluye con una anotación que dejó el joven filósofo en el cuaderno de visitantes de una cabaña alpina, después de coronar la cumbre de la montaña: ¿Quién puede ascender y callar luego? Con obras y autores así sucede lo mismo.

Simón José Ortiz Pinilla (Bucaramanga, Santander, 1990): Estudiante de filosofía. Co-fundador del blog Alacrán.

Fraternidad feliz
Por Pablo Aristizábal Castrillón

El camión que conducía Manuela Millas estaba detenido. Habían restringido el paso a un solo carril. Hacía un calor sofocante, el pavimento brillaba como si fuera un espejo y una nube de polvo en el aire mostraba que la fila de carros se acababa de detener. La gente salía de los vehículos y todos los que veían a Manuela, sin excepción, se quedaban mirándola un momento, con cara de sorpresa, repulsión o encanto. Después, seguían su camino. Algunos orinaban al borde de la carretera, mientras otros andaban por ahí.

Una joven de veinte años, aproximadamente, acompañada por su novio, se agachó a hacer de las suyas al lado de un pequeño barranco que terminaba en un caño. La escena podía verse desde el camión de Manuela, pero la falda de la joven, sumada al esfuerzo implacable de su acompañante, impedía que la imagen fuera del todo impúdica. El sitio estaba a unos dos metros de la carretera. Se notaba que ambos estaban muy incómodos con las miradas de toda la gente a su alrededor. De repente, ella perdió el equilibro y se resbaló por el barranco; como se quedó atrancada unos instantes en la mitad del recorrido hacia el agua podrida, perdió impulso y cayó al pantano con suavidad. El agua salpicó pasito. El novio se apresuró a ayudarla en el menor tiempo posible para evitar la prolongación de las miradas incómodas. Ella sonreía, estaba empantanada y apenada. Ambos, en la cabina del camión de Manuela, soltaron una sonora carcajada.

Mucha gente iba hasta el principio del trancón a ver cuál era su causa. Ya habían transcurrido tres horas de reposo cuando se acercó un vendedor de helados de mango a la puerta principal del vehículo de Manuela. Al verla, el vendedor mostró cara de sorpresa.

–Buenas, ¿se les ofrece un helado? –preguntó, vacilante, sin querer referirse a ella explícitamente.
–Deme dos –respondió Manuela, con una sonrisa cordial.
–¿Los quiere con sal o sin sal?
–El mío con sal –dijo, miró a su lado y vio que su acompañante asintió–. Los dos con sal...

Apenas el hombre le estaba entregando los helados cuando la gente empezó a encender los carros. La espera no había sido larga en comparación con todo lo que había tenido que aguardar Manuela en algunas ocasiones…

Cierta mañana salió a cubrir la ruta que le correspondía hacía ya bastante tiempo. Tenía puesta una camiseta de manga sisa y un bluyín viejo. Como siempre, había tenido que detenerse en los sitios en los que había derrumbe. Unas laderas tan empinadas no podían soportar la erosión causada por el ganado que abundaba en la zona. Sonaba una emisora, pero ella no le ponía cuidado. Su turbación no tenía nada que ver con el camino o, en general, con su actividad, a la que estaba muy acostumbrada. A pesar de que todo iba bien, que lo más seguro era que llegaría a tiempo al lugar donde iba a almorzar y que sabía que la estarían esperando, su ansiedad no disminuía.

Tardó unas horas más en llegar al pueblo. Después de dejar la tractomula en un parqueadero improvisado, no muy lejos de la plaza principal, Manuela se encontró con Raúl, que la llevaría hasta la casa de los Santos. Esta quedaba a borde de carretera, un kilómetro antes de que empezara el casco urbano, si así se le puede llamar a un simple caserío. En el trayecto, Raúl, que estaba aún más serio de lo habitual, no pronunció palabra alguna. Manuela Millas imaginaba la manera en la que Alberto elogiaría su ropa. De toda la gente que había conocido, él era el único que decía admirar su forma de vestir. Lo hacía siempre. Ella se reía cuando él, disimulando su cara de espanto, decía que su camisa era “divina”.

Llegaron a la casa. Un gato dálmata intentaba cazar algún insecto diminuto. Nora de Santos esperaba en la puerta de la casa mientras cargaba un bebé desnudo. El niño tenía un salpullido rojo que se extendía a lo largo de todo el cuerpo. A su lado estaba Alicia, cuya belleza no era suficiente para ocultar que tenía los ojos hinchados y la nariz colorada. Manuela se acercó a saludar con amabilidad, pero mirando hacia todos lados, como si estuviera buscando algo. Se percató del morado que tenía Alicia en la cara. Su mirada se detuvo unos instantes en ella hasta que Raúl dijo, con brusquedad, “entremos”.

En silencio, se sentaron en la mesa. Nora le entrego el bebé a Alicia y fue a la cocina a servir la comida. La ausencia de Alberto inquietaba a Millas, pero al ver que acomodaron un puesto más en el comedor, aparte de los que estaban presentes, se tranquilizó un poco. Mientras se comía el tamal, con la cuchara que le habían puesto al frente, Manuela chocaba su pie derecho contra el piso velozmente. Alrededor de la quinta cucharada de Raúl, que sería apenas la segunda de Alicia, alguien entró a la casa. Manuela Millas supuso que se trataba de Alberto y no tardó en darse cuenta de que su suposición era acertada. Por la ventana se alcanzaba a ver un arco iris bien definido y brillante, del mismo color que la manilla que tenía Alberto en su muñeca derecha.

Manuela dejó de chocar su pie contra el piso. Recordó la primera vez que vio a Alberto, él tenía doce años y ella veinticinco. Jugaba en el jardín de su casa, mientras ella esperaba en un trancón, justo al frente. A él le causó inquietud ver a una mujer manejando un camión y se acercó a hablarle. Manuela recordó la primera vez que se besaron, sin que ninguno de los dos hubiera sentido nada especial, y el día que le dijeron a la familia Santos que se habían enamorado. A pesar de su temperamento y de lo extraño de la situación, Raúl, su padre, lo había tomado bien y su esposa se había puesto feliz. Muy diferente a la actitud que tenía ese día.

Alberto se sentó en la mesa. Al ver que nadie hizo nada, que todos se quedaron quietos como si nadie hubiese llegado, Manuela Millas limitó su saludo a un pequeño gesto.

–¿Y ustedes no se van a saludar como se saludan los novios? –preguntó Raúl, fingiendo  un gesto de indiferencia.

Todos se pusieron tensos. Raúl miró a “su mujer” con brusquedad, y ella miró a Manuela, tratando de esbozar una sonrisa. Millas se sonrojó, más de nerviosismo que de vergüenza, Alberto la tomó de la nuca y la besó sin cerrar los ojos.

–¡Eso! –dijo Raúl, con sarcasmo.

Continuaron almorzando, mientras se escuchaban los ladridos de los perros. Cuando los platos estuvieron vacíos, Nora se levantó de la mesa con el bebé desnudo en sus brazos, y llevó la loza sucia a la cocina. Después de un rato llevó café a la mesa.

–¿Y cómo ha estado todo por acá?– preguntó Manuela.
–Como siempre, tranquilo– respondió Raúl, con frialdad.

La conversación fue entrecortada y nadie más participó en ella.

–Tengo entendido que pretenden irse…. Eso se veía venir. Sé que esa… Alberto… nunca…él…– dijo Raúl Santos. Su voz era amarga, dudosa y, al mismo tiempo, desafiante.

Raúl, sin probar el café, se paró de la mesa y salió de la casa. Nora empezó a llorar, Alicia temblaba. Manuela Millas notó que por la parte de atrás de uno de los muslos del bebé, que parecía inerte, chorreaba un poco de sangre.

–¡Qué está pasando!– preguntó.
–Nada, nada… Lo mejor es que nos vayamos ya– dijo Alberto, apresurado.

Nora lloró más fuerte y, sin decir nada, agarró a Alberto, mirándolo con ojos suplicantes. Un par de lágrimas salieron de los ojos de Alicia, que permanecía sentada. Se pasó suavemente la mano derecha sobre el morado que tenía en la cara. Alicia se acercó a Alberto, le cogió una mano y le dijo, “vete”.

A través de la ventana se podía observar la silueta de Raúl acercándose. En su mano derecha sostenía una escopeta. Manuela Millas fue la primera en percatarse.

–¡Vete ya!– dijo Nora  angustiada.
–¡No puedo irme así! – exclamó Alberto.

Raúl aceleró su ritmo hasta que entró a la casa. Caminaba tambaleándose, parecía estar borracho. Sus ojos estaban rojos y tenían una actitud desafiante. Dio un portazo y dejó el arma en un taburete de madera que había en la sala de la casa.

–¿No que se iba? Para eso fue que la trajo, ¿no? –dijo, amenazante, señalando a Millas.
–No entiendo qué pasa, don Raúl– dijo Manuela, mientras le cogía la mano a Alberto.
–Eso sobra– respondió.

Raúl, furioso, avanzó hacia Alberto y lo empujó, desafiándolo a que se pusieran a pelear. Le pegó un puño en la cara, Alberto trató de defenderse, pero su padre era más fuerte que él.

–¡No más!– gritó Nora con todas las fuerzas que le quedaban.

Raúl detuvo la golpiza, miró a su alrededor, y se dirigió hacia donde había dejado el arma. La cogió y le pegó un golpe seco a Alberto en la espalda con ella. Los perros ladraban afuera de la casa. A Alberto, tirado en el piso, le sangraba la cara. Raúl miró a su hijo y le pegó una patada. Cuando Nora trató de interponerse, le dio a ella un golpe en la cabeza. Luego, la mujer, que le había entregado el bebé a Alicia, agarró a su esposo y lo abrazó con fuerza para no dejarlo mover.

–¡Váyase Alberto, o su papá lo va a matar!– gritó Nora, su mamá.

En un segundo, Alberto la miró con los ojos llenos de lágrimas. Le agarró la mano a Manuela Millas con fuerza y casi que la arrastró hasta afuera de la casa. Ambos empezaron a correr, sin mirar hacia atrás, como si temieran convertirse en estatuas de sal. Caminaban hacia donde Manuela había parqueado el camión. Pasó un rato hasta que llegaran allí. Al subirse, Manuela le dijo a Alberto que seguro iba a haber trancón en la carretera, que había que tener paciencia, y que tenía ganas de helado de mango biche.

Pablo Aristizábal Castrillón (Manizales, Caldas, 1992): Filósofo. Editor en S.M ediciones. Bloggero de La Patria (blog La Cabaña).

Enoch Arnold Bennett y su “Enterrado en vida”.
Por Christian Camilo Londoño

I.

Italo Calvino (El Vizconde demediado) narra las peripecias de Medardo, Vizconde de Terralba, personaje que, tras recibir un cañonazo, queda dividido en dos mitades: una, descaradamente mala; la otra, insoportablemente buena. R.L. Stevenson, en una de sus novelas más famosas, cuenta la historia del tímido Dr. Jekyll, quien, al ingerir una poción, se transforma en el malvado Mr. Hyde; Max Frisch, en No soy Stiller, relata la historia de un hombre que niega ser quien es y afirma que es otro: solo por el deseo de ser otro; En El difunto Matías Pascal, Luigi Pirandello imagina a un hombre (Matías) que, al regresar a casa después de un viaje, descubre que sus familiares reconocen en un cadáver anónimo a su propia persona: oficialmente, está muerto. Doppelgänger, fetch y wraith, son las palabras que el alemán, el gaélico y el escocés, respectivamente, utilizan para designar la fantasmal doble de un hombre, su siniestra bilocación.

Las mitades errantes de un vizconde incompleto; Jekyll y Hyde; Matías Pascal, hombre que habita, al mismo tiempo, el mundo de los vivos y los muertos; el caprichoso Stiller, que declara ser alguien más y no él; son apenas un puñado de ejemplos de uno de los tópicos que ha recorrido casi todas las literaturas: la idea del otro, del doble, ese hombre que deberíamos haber sido, que anhelábamos ser, o del que, simplemente, siempre quisimos escapar.

Enoch Arnold Bennett continúa con esta tradición. En su deliciosa novela Enterrado en vida (Buried Alive) plasma la vida de un pintor al que se le ha presentado la siempre anhelada oportunidad de desaparecer, de renunciar a su pasado, al hombre público y famoso que alguna vez fue, y siempre odio: Priam Farll.

“Que el artista era, sin duda, un pintor excelente fue admitido por todos; el único problema que se sentían obligados a resolver las personas cultas consistía en establecer si Priam Farll era el más grande de los pintores habidos jamás, o si bien sólo se trataba del mayor pintor desde los tiempos de Velázquez”.

Priam Farll sin proponérselo seriamente se hace famoso; lamentablemente, Farll, desde siempre, ha sido un tímido, un tímido crónico: “… incapaz de pedir una habitación en un gran hotel, o de entrar en algún edificio importante por primera vez, o de atravesar un salón lleno de gente sentada, o de despedir a un sirviente, o de discutir con una señora altiva y aristocrática que esté al otro lado de un mostrador de la oficina de correos, o de pasar delante de algún negocio en el que tenía una deuda…”.

Farll siempre escondiéndose, escapa de su fama y de los molestos compromisos del mundillo del arte; su único puente con el mundo es su criado, Henry Leek. Leek es quien, además, le proporciona la perfecta oportunidad para desaparecer. Mr. Leek enferma, luego, muere; el médico que lo asiste en su agonía y está encargado de firmar el certificado de defunción ha estado convencido, desde un principio, que Farll es Leek, y Leek, Farll. Firma el certificado: oficialmente, por un inocente error, Farll está muerto: “¿Por qué no iba a dejar que se pensara que yo, y no Henry Leek, había expirado de pronto, en Selwood Terrace, a las cinco de la mañana? ¡Sería libre, completamente libre!.

Farll se sale con la suya... por un tiempo. Su mayor satisfacción, suprimirse a sí mismo para el mundo, dura poco. La imagen de la persona que termina por alcanzarlo. El pasado persigue a Farll incluso cuando éste se encuentra seis pies bajo tierra. Hay una boda, una persecución, un malentendido, un juicio: Farll no puede escapar de la morbosa curiosidad inglesa.

II.

Leí Enterrado en vida en la edición de la Biblioteca Personal que Jorge Luis Borges preparó para la editorial Orbis aproximadamente en 1985 u 86. Esta obra completa el tomo 43 de la colección. Yo conjeturo que Borges seleccionó esta novela para su Biblioteca de cien obras por dos razones. (1) Borges recuerda que su abuela inglesa solía leerle las novelas de Bennett, por una curiosa razón: Mr. Bennet y Mrs. Haslam pertenecían a los Five Tows, nombre informal con el que se conoce la región formada por los condados de Turnhill, Bursley, Hanbridge, Knype y Longshaw (Inglaterra); Mr. Bennet y Mrs. Haslam, por decirlo de algún modo, eran paisanos. A medida que iban leyendo, la abuela de Borges hacía comentarios al margen: podía identificar lugares, personas, algunos personajes de la novela. El pasaje donde Borges rememora con afecto estos recuerdos de lectura con su abuela puede encontrarse en Borges (Destino, 2006), libro donde Adolfo Bioy Casares consignó juiciosamente, durante más de medio siglo, sus conversaciones con Borges. (2) Una de las tantas obsesiones de Borges es el tema del otro. La pieza donde mejor desarrolló la idea de un Borges privado y personal, y un Borges público e impersonal, es el inclasificable "Borges y yo". En otro pasaje de Borges, Bioy pregunta a "Georgie" si le parece descabellada la idea de un hombre de cierta capacidad intelectual que decide abandonar su prometedora carrera para dedicarse a una vida, digamos, modesta y tonta. Borges, mirando al vacío, responde con un hondo y triste silencio.

Cristian Camilo Londoño (Manizales, Caldas, 1989): Abogado. Librero en Libélula Libros.