La conquista del Monte Vinson

Martín Rodas

El hombre-máquina llega a la cima del Monte Vinson, en la Antártida, la montaña más alta de los dos polos, de casi cinco mil metros de altura, con una bandera en sus manos que furiosamente ondea el viento ensordecedor. El hombre-máquina la clava con violencia reclamando como suya una nueva proeza sobre la naturaleza. Sus pensamientos vuelan vertiginosamente, y en ese frenesí el mundo es absolutamente suyo.

 

Así se ejecutó, en días pasados, la “heróica” hazaña de quien no descansará hasta haber escalado las cimas más altas de la tierra, pues contra el empeño del ser humano no hay obstáculo que se oponga, y el obstáculo, en este caso, es la naturaleza. No es el pequeño hombre luchando contra los dioses, sus creadores; no son los dioses luchando contra los titanes, sus creadores; no, son los hijos de Prometeo, como máquinas imparables, conquistando lo primigenio, lo innombrable.


Para su tarea, el hombre-máquina modificó su cuerpo de tal manera que la débil carne no fuera un obstáculo; requería de una prótesis diseñada especialmente para lograr el fin, una máquina poderosa a la cual ni el frío, ni los más extremos elementos hicieran mella. El sacrificio valía la pena.


El día de la conquista, todo un país vibró, el Presidente tomó la vocería del pueblo y alabó la gesta inmortal. Tras bambalinas, las compañías que patrocinaron la empresa conquistadora celebraban el inmenso logro. Con esto estaba más que justificada su intervención sobre la naturaleza, y el costo económico, “inversión”, valía la pena, pues se demostraba una vez más que el hombre-máquina o la máquina-hombre es imparable y tiene todos los derechos, justos o injustos, pero legales, para depredar. Estos símbolos de gloria enviaban un mensaje de valentía y audacia, cubriendo de legitimidad  todas las operaciones mineras que se realizan en nuestros territorios. La gran minería avalada por actos de proeza sinnigual.


Mucho dinero se destinó a esta gran aventura, sus impactantes imágenes y toda la parafernalia publicitaria y mediática que ha tenido sólo apunta a un objetivo: la conquista de nuestros recursos naturales por parte de los grandes monopolios multinacionales; nuestro petróleo, nuestro oro, nuestro carbón… todo se lo va a tragar la nueva gesta conquistadora, que utiliza estos emblemas aparentemente altruistas basados en el liderazgo, la superación personal, la hazaña de imponer un récord histórico, como  referentes de  valores que nos unen como colombianos, entre ellos: el trabajo en equipo, el compromiso con el alto desempeño, la actitud positiva, la actitud de servicio, la confianza, la responsabilidad social y la identificación y logro de grandes sueños para hacer de este planeta y de nuestro país, “un mejor sitio para vivir”.


Así, asociada a la expedición colombiana al Vinson, Marca país Colombia invitó a todos los colombianos al desapego, al “desprendimiento”, mediante el envío de un compromiso personal, identificando aquello a lo que cada uno de nosotros se compromete a dejar de lado, a “desprenderse, para contribuir de manera más efectiva en el propósito de construir de un mejor país… pujante, único y acogedor…”


Ahora pienso en el viejo Don Quijote, enfrentado a los gigantes, a los molinos de viento que eran las máquinas de su tiempo y que inauguraban la que sería la era industrial. Aquel viejo caballero andante, que no hombre-máquina, agitaba su bandera y su lanza contra lo que se veía venir, la época atroz en que la lucha contra la naturaleza se intensificaría y las máquinas harían de nuestro mundo un escenario inhumano de depredación y muerte. El viejo hidalgo nos dejó ese inmenso y profético legado de dignidad, con locura, poesía y humor; nunca su lucha fue en vano, pues también inauguró la resistencia contra los poderes oscuros de la dominación y la injusticia que  muchos otros adalides y verdaderos héroes han liderado en una campaña que no se acaba: defender nuestra identidad, nuestros valores y nuestra tierra.
En esta era de máquinas, sólo queda la fuerza del corazón y del amor, de la sensibilidad por el ser humano, que todavía vibra en el fondo de nuestros cuerpos sudorosos, olorosos y todavía, creo, potentemente naturales, pues paradógicamente, la lucha contra la naturaleza nos ha hecho olvidar que estamos realmente enfrentados contra nosotros mismos, porque somos tan naturales como la naturaleza misma y de ella estamos formados.