La señorita Primavera

Fecha:
Dia:
Ninguno
Lugar:
Emigrantes de Europa del  Este. Foto de Alberto Verón
 
Alberto  Antonio Verón Ospina 
 
Si pienso en la idea de Europa evoco el continente de los viajeros, los buscadores de utopías, los proyectos de emancipación y el paseo urbano.
 
 
Ese mismo continente ha sido de los totalitarismos en la primera mitad del siglo XX, del socialismo, de la memoria, de la filosofía, del arte y  hoy un lugar donde se mezclan la guerra contra el terrorismo y la crisis financiera. En un rincón de la ciudad, como salidas de otro tiempo, de un cuadro de Goya por ejemplo, salen los seres reales de esa memoria.
La Europa de hoy atraviesa una crisis: La sociedad del bienestar, que vivieron al menos tres generaciones, está conmocionada. La creciente presión de las instituciones financieras sobre los gobiernos se ha  traducido en una crisis extendida desde el año 2008. La culpa de esa crisis se le adjudicó a los emigrantes y a los refugiados de la guerra, “responsables”  de que  el empleo estructurado y la seguridad fueran algo cada vez más difícil de conquistar. 
Eso lo percibí ante la contemplación de Primavera en el atrio de la Catedral de Barcelona. Vestía su  cuerpo con flores, deambulaba durante el  día por los alrededores de la plaza. Los turistas no realizaban otra cosa distinta que  tomarse fotos a su lado. Turistas bulliciosos, felices en su viaje, con los bolsillos destilando dinero, se acercaban para registrar una  “selfie” que luego cuelgan  en su Facebook como evidencia de que estuvieron allí. 
Para los escritores latinoamericanos de hace medio siglo, Barcelona fue el punto de llegada. Esa ciudad costera, de  tradición republicana y anarquista, próxima a Francia, donde es difícil encontrar la imagen de un rey;  mientras a cambio ondean banderas amarillo y rojo que exigen la separación de España. Con su hermoso barrio gótico lleno de estrechas callejuelas, con esa rambla seductora por donde todos los rostros del planeta pasan hasta desembocar en el mar Mediterráneo. Al salir de mi alojamiento frente a la Catedral,  lo primero que veía era a Primavera,  iniciando su  jornada de aparecer en las fotos con los turistas. Confieso que en principio pensé que era un símbolo visual puesto allí por el ayuntamiento en homenaje al mes de abril, o una performista que recorría el centro de la ciudad. 
Luego me internaba en los documentos del archivo histórico de la ciudad, buscando algo de esa época idealizada por mí en la tesis de pregrado que presenté en la Universidad de Caldas hace 25 años. Después,  y con el estómago repleto de paella y vino, me internaba  por las calles del Barrio de Gracia, buscando  en una fachada, en  alguna ventana,  un rostro por  donde se filtraran las imágenes de la República española, de los románticos anarquistas  de las novelas de Joan Marse o las canciones de Joan Manuel Serrat. Ese barrio fue  en los años sesenta punto de llegada de emigrantes que encontraron en  el auge catalán una oportunidad de progreso. Pero como suele pasar con la  historia, en una ciudad de tantos artistas y escritores,  las ideas solo se rastrean en las bibliotecas, en las librerías y en los archivos, pero no es fácil encontrar las coincidencias entre la ciudad virtual y la  ciudad real, la ciudad imaginada y la ciudad vivida.
Los nombres de Durruti, Manuel Sacristán, Gaudí, Vargas Llosa, Rafael Humberto Moreno Durán,  José María Fonollosa, ilustres habitantes de la ciudad, giraban por mi cabeza, en medio  de la perfecta luz solar mediterránea. Al regresar a mi alojamiento en las noches, con los pies cansados de caminar y el maletín con algún libro y un souvenir para los amigos, nuevas voces poblaban la plaza. 
Solamente al final de mi semana en Barcelona, entendí uno de los secretos de esta ciudad acostumbrada a convivir junto a la mirada curiosa de cientos y cientos de  turistas, que día tras día recorren sus calles con  la curiosidad  palpitando en sus ojos. En el marco de una puerta tres mujeres, dos de  ellas mayores y una joven, conversaban. Eran mendigas y llevaban puesta la ropa de su cultura tradicional del este europeo. Pañoletas, faldas largas, y envueltas en chales. De pronto, la más joven puso sobre su cabeza el sombrero de flores. Se lo mostró a las ancianas y debió preguntarles, en alguna lengua balcánica, cómo le quedaba. Ellas le sonrieron con complicidad. 
De esa manera supe la realidad de la señorita primavera. Que su sonrisa valía un Euro, y  que hacía parte de ese largo ejército de emigrantes  que sonríen a los turistas por conquistar un Euro.