Los cinco entierros de Pessoa. La geometría del abismo

Fecha:
Dia:
Ninguno
Lugar:
Foto de Lex
 
 “¿No estará quizá hecho el mundo solo de gente llena en el fondo de un profundo existir clara y ebriamente?”
 
Diana Castellanos
 
 “Los cinco entierros de Pessoa” la obra del Teatro Tierra que pasó por nuestra XXXIX versión del Festival Internacional de Teatro de Manizales, es como una sesión de espiritismo donde se invocan los fantasmas del universo lírico creado por Pessoa, uno de los poetas más grandes y enigmáticos en la historia de la literatura.
 
La obra comienza cuando a sus 47 años, días antes de morir, Fernando Pessoa cae en un delirum tremens, la psicosis de la abstinencia alcohólica, que también fue el claustro de Edgar Allan Poe antes de morir, como en una expresión de estética perversa de la naturaleza que deja a estos genios perturbados morir entre sus propias alucinaciones tras haber vivido entre la melancolía y el desasosiego.
Este es el delirio premortem que se recrea en “Los cinco entierros de Pessoa”, pero para enterrar a Pessoa no hacen falta cinco ataúdes como diría Juan Manuel Roca, harían falta unas siete decenas, porque en esa deconstrucción del sujeto único e idéntico a sí mismo, en ese proceso demiúrgico en el que Pessoa, como la Hidra de Lerna griega con sus innumerables cabezas, fue capaz de recrearse a sí mismo a partir del caos, proliferaron decenas de poetas con una identidad y una voluntad creativa superior a la del promedio de los seres humanos engendrados por parto natural.
Esta obra de Juan Carlos Moyano, dramaturgo y director, que dedicó al imperio creativo que fue Pessoa una profunda exploración, es una puesta en escena de la geometría del abismo, en la que se pone en evidencia como la tierra ha quedado invadida por los fragmentos de ese delirante cadáver.
Los cinco heterónimos que asisten a este ritual fúnebre son Álvaro de Campos (futurista, nihilista, iconoclasta, insurrecto, sensacionalista, pagano y bisexual, teórico del hermafroditismo primordial), Antonio Mora (agudo prosista perteneciente a la cohorte de revolucionarios de la cultura), Alberto Caeiro (el poeta filósofo, estoico, maestro de los heterónimos y reconstructor del paganismo), Ricardo Reiss (latinista y monárquico, representante de la tradición clásica de la literatura occidental) y Bernardo Soares, (sociópata, autor de “El libro del desasosiego”). Ellos, que están presentes en la historia de la literatura universal en uno de sus capítulos más complejos y prolíficos, como están presentes en esa danza fúnebre, no son fragmentos ilusorios del ser de un poeta, son los eslabones de esa profecía autocumplida del “Quinto Imperio”, con el que había soñado Pessoa y que tendría lugar en Portugal. Si hacía falta una generación de poetas para ejecutar ese renacimiento moderno de la humanidad que era la utopía de Pessoa del quinto imperio de la cultura, el sería toda esa generación en sí mismo y lo fue.
En una escena esquizoide como la vida misma de Pessoa, que no era un hombre sino un campo de batalla, se pone en evidencia como Ofelia, quien fue su única y fugaz amante, fue casi expulsada de la vida del poeta por Álvaro de Campos, uno de sus heterónimos, quien llegó a sabotear la relación de estas dos almas solitarias para preservar la reclusión en la que él y los otros heterónimos habían nacido (“todas las cartas de amor son ridículas, no serían cartas de amor si no fueran ridículas”). Una cómica escena que fue en realidad una trágica historia en la que Pessoa había sido sentenciado por sus propios engendros a la soledad y la melancolía. Porque Pessoa que no quería prisiones ni de amor, estaba “preso al pensamiento como el viento al aire” y es así como nos ha dejado a nosotros presos a su poesía.
El encuentro con su abuela Dionisia, uno de los múltiples fantasmas que pueblan la obra, es un encuentro con sus más profundos terrores, su abuela que padecía una enfermedad cerebral degenerativa representó para Pessoa la demencia y la locura, durante su infancia y hasta su muerte. Y es ella quien le da la bienvenida al mundo de los muertos donde ya no hay que preocuparse por banalidades como “bañarse, vestirse o tener riñones y modales” y donde la “locura ya no existe” porque “el único loco es Dios”
La vocación de Pessoa es dar la palabra a esas cosas no dichas que morirían si el alma del poeta no les diera la palabra. Y para que no mueran con él, asistimos a este funeral, con su multitud de piras ardientes, como en un homenaje a ese universo inevitable que sobrevivirá al tiempo y a la muerte en nuestra memoria. Por eso, lo que se agradece al Teatro Tierra es que haya puesto en la escena esa hermosa complejidad de Pessoa, un teatro vivo “plural como el universo”.
Sí “el alma tiene tiniebla en la que crecer” esta obra es una extensión de esa tiniebla donde el alma de Pessoa sigue creciendo y sigue arraigándose en nuestras conciencias para hacernos comprender nuestras propias multiplicidades y nuestros delirios.