Los ejércitos, la paz y el miedo

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A propósito de Los ejércitos, de Evelio Rosero.


Adriana Villegas Botero


Luego del triunfo del No en el plebiscito del 2 de octubre, que se explica en buena medida con la estrategia de mentiras que confesó el jefe de la campaña del uribismo, Juan Carlos Vélez Uribe, y que coinciden con el concepto de “posverdad” que el Diccionario Oxford seleccionó como la palabra de 2016, la Revista Arcadia convocó a una lectura pública de la novela Los ejércitos, de Evelio Rosero, que tuvo lugar el 25 de octubre en la Plaza de Bolívar de Bogotá.
De las muchas novelas y cuentos que retratan el conflicto armado en Colombia (una parte de las cuales tuve la oportunidad de reseñar en la edición de octubre de Quehacer Cultural), no es casual que se haya elegido precisamente esa novela, que constituye un hito clave dentro de la narrativa de violencia de los últimos tiempos.
En medio de tanta novela urbana, Los ejércitos narra una historia muy colombiana,  actual, ubicada en algún pueblo montañoso y frío de Caquetá o Huila o de cualquier otro lugar del país, y resume de manera magistral la violencia de los últimos tiempos contada desde el terror que viven las víctimas.
El lenguaje es contenido, cuidado. No le sobra ni una coma. Cada frase está pensada, pulida, corregida. Es una historia contada en primera persona, desde la voz de Ismael Pasos, un profesor viejo que toda la vida ha vivido en el pueblo y que ve cómo al principio de manera imperceptible, y luego como un huracán, los distintos ejércitos arrasan con todo.
“Se van, me quedo, ¿hay en realidad alguna diferencia? Irán a ninguna parte, a un sitio que no es de ellos, que no será nunca de ellos, como me ocurre a mí, que me quedo en un pueblo que ya no es mío".
El libro no se detiene en elucubraciones o digresiones. Narra, describe todo el tiempo lo que pasa ante los ojos de Ismael, y uno como lector sólo ve aumentar la zozobra, la angustia, hasta la última línea.
Juanita León, la directora de La Silla Vacía, publicó en 2010 una reseña de esta novela (en un portal web de historias de poder, en el que casi nunca reseñan obras literarias) en la que escribió: “Es un libro triste, desgarrador. Es una novela sobre un pueblo a donde llegan los ejércitos a matar y a llevarse gente. Es la historia de un anciano al que la guerra le va robando la vida que le queda. A él no lo matan. Para qué, si ya casi no le queda vida. Matan a los demás, a unos de un tiro, a otros poco a poco”.
"Hay cosas que no debemos decir en voz alta, ni siquiera a los que más nos quieren. Son las cosas que hacen que las paredes oigan". Así habla Ismael, el protagonista de Los ejércitos: Con miedo, con la angustia que produce la muerte que ronda en todas las esquinas. Con un tono que recuerda a los personajes de Comala en la obra de Rulfo. Pero también con el lenguaje de la impotencia concreta, no lastimera.
Hay obras literarias que perturban. Que cuestionan e incomodan al lector. Los ejércitos lo deja a uno triste, sin habla. Y peor aun cuando uno recuerda que los hechos que narran son recreación de nuestra propia realidad y no ciencia ficción. Por eso me parece valioso el gesto simbólico que promovió Arcadia para realizar una lectura pública y colectiva de esta novela. Porque en vez de enfrascarnos en si los del “No” engañaron a la opinión pública o los del “Sí” son santistas, vale la pena leer a Rosero: un camino rápido para entender por qué es urgente desarmar a nuestros ejércitos irregulares y por qué un acuerdo de paz imperfecto es mejor que cualquier guerra perfecta.