Los libros de Orlando Sierra

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Adriana Villegas Botero

 

Se cumplen en estos días 15 años de la muerte del escritor y periodista Orlando Sierra Hernández, asesinado al mediodía en una esquina del centro de Manizales por orden del político liberal Ferney Tapasco.

Orlando no sólo era subdirector de La Patria. Era también novelista, poeta, promotor cultural y sobre todo un gran lector. Era común escuchar sus carcajadas en la Librería Palabras de la carrera 23, junto al Banco de la República, en donde regalaban tinto mientras uno hojeaba novedades. Allí tertuliaba, compraba, recomendaba, y a veces esas sugerencias literarias llegaban a sus muy leídas columnas dominicales de “Punto de encuentro”, en La Patria.

En 2002, meses después de su muerte, La Patria editó “Punto de encuentro, selección de columnas”, libro que recoge 140 textos publicados entre 1994 y 2002. Urge reeditar este libro, que es imposible de conseguir en la actualidad. Es una especie de historia reciente de la región, pero además casi todo lo que dice en términos políticos y sociales sigue siendo vigente: desde la angustia por la corrupción y la rapiña electoral hasta la preocupación medioambiental.

Pero además de los temas “serios”, Orlando se permitía divertimentos que le salían bien por su dominio del lenguaje y su excelente sentido del humor. Escribió sobre el chicharrón, la dificultad de conseguir un plomero en ferias, la añoranza por el pesebre e incluso un horóscopo. Así mismo, sus gustos literarios lo llevaban a mencionar frecuentemente autores y obras. Como su selección de columnas no se consigue en librerías, y como este espacio de Quehacer Cultural tiene como único propósito ser una guía de buenas lecturas, comparto a continuación algunos apartes publicados por Orlando en sus columnas, sobre libros y escritores.

Amigos secretos, sept 11 de 1994: “Este año pido, exijo, reclamo, que me regalen una novela. Ni muy larga, ni muy corta. De buen puntaje de letra (es decir de letrica grande), que no sea tan descriptiva como algunas novelas inglesas, ni tan embrolladas como las del francés George Simenon. Menos aún una novela de costumbres. Tampoco una novela de ciencia ficción. Las que cuentan historias de gente metiendo droga no me gustan. Una novela negra pudiera ser. En todo caso que no sea de Chandler. Son buenísimas pero ya las tengo. Agatha Christie no me gusta. Tampoco Irving Wallace y Morris West. Pero quiero una novela.

“Me niego rotundamente a recibir otra cosa de mi amigo secreto. Que me endulce cuanto quiera. En todo caso que mire muy bien el libro para adquirir. Pudiera ser de un autor español. Vásquez Montalbán está bien, o Muñoz Molina. Pero no la más voluminosa de este último y tampoco la que ganó el Planeta de 1982, del primero. El librero le podrá decir de cuáles hablo. Que no sea un autor latinoamericano, por favor. Me gustan, pero tengo casi todo y no quiero poseer libros repetidos. Un gringo no me chocaría. Pero no clásico, sino nuevo. Los hay realmente importantes, aunque sé que circulan poco. Por una novela, por eso juego amigo secreto”.

A Dios lo que es de Dios, nov 9 de 1997: “La semana pasada Octavio Escobar Giraldo, médico de 35 años, obtuvo el Premio Nacional de Cuento de Colcultura. Es uno de los premios más importantes en la literatura colombiana. Participaron 147 libros en el género. Ganó él. Los jurados eran de relumbrón: Mempo Gardinelli, escritor argentino de primera línea y los colombianos Piedad Bonett y Eduardo Guisado.

“Pero no es sólo por él que se puede hablar de una nueva generación. Los escritores caldenses están cosechando éxitos que nos tienen que hace volver los ojos hacia sus obras (…) a modo de una guía rápida cito algunos títulos. En poesía: El territorio y la máscara, de Rodrigo Acevedo (qepd); Después del colegio, de Flobert Zapata; Al borde de la vía, de Uriel Giraldo; Manos ineptas, de Carlos Héctor Trejos; Esa muchacha es el verano, de Edgar González; Canteras al viento, de Antonio Leyva. En cuento: Variaciones, de Adalberto Agudelo; Señales de desahucio, de Óscar Jurado; Urbes luminosas, de Eduardo García Aguilar. En novela: El último diario de Tony Flowers, de  Octavio Escobar; La bruja de Lanta, de Néstor Gustavo Díaz, y por supuesto la obra de García Aguilar. La anterior, una pequeña muestra. Hay muchas ausencias, sin embargo estos nombres resultan ilustrativos. Leámoslos”.

Para el amor, la poesía,  sept 17 de 2000: “Me encanta la poesía de amor. Me sensibiliza de la cabeza a los pies. Doy un ejemplo: Cuando deseo encontrarla, prefiero casi no encontrarla / para no tener que dejarla después, dice Fernando Pessoa. Es hermoso. También lo es ese poema juguetón de Ernesto Cardenal que dice: Al perderte yo a ti, tú y yo hemos perdido / pero de los dos, tú pierdes más que yo / porque yo podré amar a otra como te amaba a ti, pero a ti no te amarán como te amaba yo”.

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Orlando usaba tres asteriscos para separar los temas de sus columnas y yo los uso ahora para lo mismo: ya hablamos de sus preferencias literarias, abordemos ahora su obra, que sufre la paradoja de ser amplia pero imposible de conseguir por falta de edición.

En su obra periodística está la selección de columnas “Punto de encuentro” ya mencionada, pero faltan por editar en forma de libro sus crónicas y columnas, que son excelentes y que sólo están a disposición de quienes quieran internarse días o semanas a hurgar archivos viejos de prensa.

Suerte similar corren sus novelas. Orlando me dio a leer en hojas impresas de computador Para justificar a William Blake y El club de la corbata roja, una novela negra que ocurre en Manizales, con sicarios y el sida como telón de fondo. Aunque él las consideraba terminadas, siguen inéditas, como también lo están sus novelas La maldición del oráculo y La copia del muro de Berlín. Una verdadera injusticia con sus posibles lectores y sobre todo con su memoria como escritor, ya que en vida sólo alcanzó a publicar tres libros de poesía: Hundido entre la piel, El sol bronceado y Celebración de la nube. 

Pareciera como si su obra literaria corriera la misma suerte que la biblioteca que lleva su nombre. Poco tiempo después de su muerte se inauguró en Los Yarumos, con bombos y platillos la Biblioteca Pública Orlando Sierra Hernández, que iba a servir a los niños y adultos que acuden masivamente al ecoparque. Pero en 2010 cerró sus puertas para trasladarse al Inem.

Orlando fue en su momento el intelectual más influyente de la región. En sus columnas se encuentran referencias a Raúl Gómez Jattin, Gonzalo Arango Gabriel Zaid, Ambroce Bierce, Ortega y Gassett, Borges, Stefan George, Mario Vargas Llosa, Luis de Góngora, Miguel Méndez Camacho, Carlos Fuentes, Jorge Franco. Exigía recursos para el Festival de Teatro, del que decía que no era un festivalito sino un FESTIVAL en mayúscula y lideraba los Juegos Florales de Poesía, con los que trajo a Manizales a poetas de distintas latitudes, y que hoy ya no se celebran. Leerlo hoy es una forma de perpetuar su voz y protestar contra quienes lo mataron para silenciarlo.