Los poetas por Manizales

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Alberto Antonio Verón Ospina

¿Cuáles fueron los lugares donde mi evocación retiene las maneras de caminar de los poetas manizaleños? 

Esa evocación  está atravesada por la frecuencia y por la cercanía. José Vélez Sáenz, Javier Arias Ramírez, Orlando Sierra se proyectan en la memoria urbana a través de  unas rutas signadas por lugares de la memoria: el balcón de la iglesia de Chipre, la verja de entrada sobre la Avenida Santander de la Universidad de Caldas, las finas maserasas de la construcción del cable.

¿Cómo descubrí a esos hombres de la palabra? En una ciudad de masas, encontrarse con el poeta en una calle resulta ser una visión escasa, casi que única. La visión,  como titulara Berman,  se desvanece en el aire, entre el gentío, en los centros comerciales, los vidrios, el tránsito y el bullicio. Pero en la Manizales de la década de los años ochenta  era posible verles  antes que leerles, saber de la manera de saludar, del tono de su voz, antes que recordar el título de un libro o de un poema. Ese podría ser el sino de la provincia. Mientras en las grandes urbes el anonimato nos obliga a la abstracción de la lectura, en las pequeñas ciudades pareciera reinar la anécdota.

Así fue como supe,  siguiendo el paso apurado y el dedo subiendo sobre la nariz la delgada montura, que Orlando Sierra (1959-2002) leía a Robert Lowell y Emile Dickinson o que el Nadaísmo era importante para su vida. No llevaré  etiqueta, boletos, mucho menos recados; /tampoco preguntaré/ que se hubo  de hipotecar para conseguir la caja/ (será incómodo hablar en ese instante)/ además ya no tendría palabras. / Al fin soy la figura central en el entierro.

Javier Arias Ramírez (1924-1987)  era pequeño y delgado, casi aéreo, su rostro tenía una nariz aguileña y bajo esta un cuidado bigote. Lo primero que hizo fue contarme de cuando en los años cincuenta, en un baño público, le dijo a León de Greiff que si permitía le tocara su miembro. Luego entendí cómo hizo de su humilde infancia en  Aránzazu Caldas, motivo para su poesía: Mi pie descalzo, mi vestido roto/ y en mi comedor sin mesa un pan escaso.

José Vélez (1915-1997) era un anciano que caminaba distraído,  llevaba boina y en un bolsillo del gabán un libro “De la tragedia del humor y del absurdo” publicado por la Imprenta de Caldas. Caminaba como un adolescente irresponsable y bohemio. De él se contaba que en la década de los años cincuenta recorrió el París de los simbolistas, y su imagen era por completo distinta a su atildado hermano el filósofo Jaime Vélez Sáenz.  Le recuerdo llegar a La Patria, con su columna dentro de un sobre de manila.

Hay ciudades que, a fuerza de los siglos y de su poder como metrópoli, se transforman en urbes donde se recuerda a sus poetas. La  París de Baudelaire, el Berlín decimonónico de  Walter Benjamin,  el Puerto de Lisboa con sus rúas en los poemas de Fernando Pessoa y Mario de Sacarneiro, o ciudades sin lugar real pero que viven en la  imaginación como “Las ciudades invisibles de  Ítalo Calvino”. Esas fueron las grandes y melancólicas ciudades donde la nostalgia moderna voltea el rostro, queriendo  emularlas, parecerse un poco  en alguna fachada, o en una calle,  a sabiendas de que nada será lo mismo y que la historia de las ciudades europeas es distinta a la  historia de las ciudades latinoamericanas.

¿Cómo entender la Manizales de hace tres décadas, reservando para ella lo singular y lo distinto?  Cuando escribo acerca de esos hombres de palabras,  que me precedieron y que hoy tienen el privilegio de ser recuerdo, de ser fantasma,  pienso que la ciudad que nutrió su verbo fue distinta a las grandes metrópolis de las revoluciones modernas: me refiero a que el sustrato inicial fue la tierra montañosa y escarpada, el mirador verde hacia el atardecer solar de occidente, con su volcán al fondo y la antigua neblina,  y sus estudiantes  que se suman en un paisaje natural y escolar. Por eso pienso que la nostalgia no le pertenece solamente  a Europa. Solo es cuestión de saber cuál era mi lugar en el mundo, como lo hicieron los poetas que nombro.