Manizales 1985

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Celebramos el regreso a estas páginas del escritor Alberto Verón Ospina, quien fue nuestro colaborador habitual cuando era estudiante de Filosofía y Letras de la Universidad de Caldas. Hoy es Doctor en Historia de América Latina de la Universidad Pablo de Olavide España, Docente Titular de la Universidad Tecnológica de Pereira, Director Grupo de investigación Filosofía y Memoria, DEA en  Lectura e Historia de la UNED de España, Magister en Comunicación educativa e Investigador Asociado de Colciencias.


Alberto Antonio Verón. Cronista

Del año 1987 a 2017 ¿cómo ha cambiado la vida?: han pasado 32 años de cuando escribí mis primeros textos en La Patria y en “Quehacer Cultural”. La vida  se cuenta como crónicas impresas en periódicos de ayer, pues para el cronista, no existen  acontecimientos  de la vida que sean más importantes unos  que otros.   La primera  habitación de estudiante que tuve, semejaba más el cuarto de un hotel de pueblo, frente a un terminal de transporte de Empresa Arauca en el viejo centro de la ciudad. Los reflectores de los autobuses iluminaban los cuartos sin cortinas  y  una voz robótica, de tanto enunciar las mismas frases, nombraba rutas a pueblos del Departamento de Caldas.

En 1987 no era usual que los profesores de humanidades tuvieran automóvil. Tomar un autobús desde Chipre hasta el Cable resultaba una experiencia que unía al profesor, al poeta y al estudiante en el mismo transporte. Las tarjetas de crédito no se popularizaban y un profesor de filosofía era ante todo un profesor de filosofía; de allí que el mundo pudiera pensarse mejor en la silla de un transporte público que bajo las responsabilidades de un Renault 4, que fue el primer amigo fiel del  intelectual manizaleño.

Cuando llegué a la  Universidad de Caldas a mediado de los años ochenta, Manizales era reconocida como el lugar académico por excelencia del Eje Cafetero. Orlando Sierra, tristemente inmolado, era de Santa Rosa y Liliana Herrera, de Pereira, habían estudiado allí filosofía, ambos en la Universidad de Caldas; por lo tanto, si un joven poeta podía inspirarse en el Nadaísmo y una filósofa mostrar  una correspondencia  con un extraño y oscuro pensador rumano llamado Emil Cioran, era porque la vida en una pequeña ciudad junto a un volcán, podía tener motivaciones letradas.

En 1985 la sociedad del conocimiento resultaba ser fundamentalmente la sociedad de los libros. Por eso, de los mayores acontecimientos de aquella mitad de la década, fue cuando la Universidad de Caldas recibió la biblioteca del profesor Jaime Vélez Sáenz. Era como si, con la llegada de nuevos libros a poblar los anaqueles de la biblioteca universitaria, el mundo se hubiese iluminado. El conocimiento no circulaba en “pdf”, ni en copias, sino que los  libro, como pensaba Walter Benjamin, exhibían su lomo en los estantes de la biblioteca. El conocimiento lo llevaban y distribuían los profesores, quienes eran  los que adquirían libros.

Pero en este siglo XXI, que corre de manera acelerada,  abrazamos el frío sideral del IPhone con más expectativa que si lo hiciéramos con  un ser humano. Los objetos  tecnológicos son depositarios  de una vida propia, presagio de la relación entre humanos y cibernética. Miramos el rostro del otro a través de la pantalla y conversamos y nos reímos muy  a pesar de la distancia, mientras el mundo del otro se puede estar desmoronando a unas cuantas calles de nuestra realidad física. Pero solamente  nos damos cuenta que las cosas son solamente cosas, cuando estás se apagan, se trastornan, se averían y reconocemos que eran latas, cables, circuitos pegados en algún anónimo taller de China.

Eso no impide que como escribiera Serrat  recuperemos entre los cajones “aquellas cosas que  nos dejó  un tiempo de rosas”.