Manizales: ciudad de papel

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Escritores participantes en el "IV Festival Nos Queda la Palabra"

A propósito del Festival Nos Queda La Palabra

Alberto Berón Ospina*

Para Isabel que reconoció al poeta.

Roberto Vélez Correa habría querido acompañarnos en esta fiesta, pero de seguro lo hace en el cielo de los lectores de literatura, pues él, más que nadie sabía el destino de Manizales: ser una ciudad de poesía. Por eso la tercera versión del Festival  “Nos queda la palabra” lo dejó prístino, ya que por cuatro días hubo nísperos y laureles nacidos de la palabra en distintos puntos de esa ciudad que Luís Tejada nombró como “ciudad de papel” y en la que todavía es posible echar a andar por encima de las nubes y contemplar desde lo más alto, un mundo que se pliega y se repliega como un fuelle o un bandoneón de tango.

Esta pequeña crónica la deseo historiar entre dos lugares físicos los cuales estuvieron presentes entre el 23 y el 26 de agosto de 2017: La Sala de Teatro El Escondite en las alturas del barrio Chipre, epicentro literario del evento, un lugar donde se forjan sueños literarios y artísticos, al margen del bullicio de la cultura-espectáculo, pero al lado de la luz que lo inunda todo por sus ventanas. Y el legendario “Los Faroles”, punto de bohemia en la ciudad, para los cultores de “la melodía” y la milonga, esos cultores de la nostalgia que llegan a un centro de la ciudad que no es posible concebir sin sus “Faroles”; pues ese escondite subterráneo, con su pequeña entrada que se abre solo a los elegidos por el embrujo del tango, hace parte del paisaje onírico que la ciudad impone.

“Nos queda la palabra”,  para nominar el mundo del poeta Uriel Giraldo, un escritor que bien se define como alguien que:  No tengo signo zodiacal (ni falta que me hace) o lo desconozco (desconozco tantas cosas). Me rige un agujero negro con ascendencia de una estrella fugaz. Chinescamente hablando creo que me rige una gallina en lo temperamental y un macho cabrío en lo sexual. A su lado Yolanda Arias Gómez y todo el grupo que participa de este emprendimiento cultural, de este fuego que se aviva con el aire del poeta y cantautor, juglar de Extremadura,  José Manuel Díez,  quien afirma “Hablar desde la música con música:/la cifra más sonora del lenguaje”

 En un texto anterior que publiqué, escribí acerca del significado de buscar y encontrar en Manizales la memoria de sus poetas muertos, de  Javier Arias Ramírez, u Orlando Sierra; pero es necesario  también facturar un reconocimiento hacia  los poetas  más vivos que un pájaro en la mañana,  y saber que han crecido como palmeras de ceroxylon:  en el caso de Edgar González, voz surrealista y simbolista del barrio más surreal de Colombia: Chipre, quien  ha escrito desde esas calles que son un balcón hacia el universo entero, la “Balada del  tercer mundo”: Si un día en casa/ te asaltan la tarde de un Lunes con el sol en el patio,/ un muchacho que trepa por el muro para traerte las frutas del níspero,/el ruido de la cafetera que ululaba como un tren en la media noche. Pero también Merardo Aristizabal, quien tempranamente arrojó  “Botellas al mar” de  poesía, y quien no ha dejado de hacer algo distinto a la palabra y al gesto, a la poesía  y al teatro o de Camila Charry Noriega, quien en su libro “Arde Babel” nos aproxima… al pasado de esas cosas solas/ que nos miran desde la imposibilidad.

De Manuel Fernando Jiménez tengo la confirmación reiterada de ser un juglar caldense que con sus relatos y versos a viva voz se mueve por el mundo,  cuestionando la injusticia y recordando la urgencia de que la esperanza permanezca incólume: “Las turistas nudistas no se ven. Pero se ven unas palmeras que han madrugado a coger los mejores puestos en la playa, y como el viento les levanta las faldas.”

Pero como también la poesía es voz, narración viva de paisaje sideral o marino, hay que sumarle a esta marcha de poetas, la cadencia sonora de Rafael Darío Jiménez, un contador de historias del Caribe quien en Aracataca supo más de la vida del abuelo de García Márquez que el mismo García Márquez, o de Amadeo González Triviño, quien a través de su revista “Cuatrotablas le ha dado más luz a la tierra de Garzón Huila que el sol de julio.

Se me escapan nombres, en medio de la fiesta de la palabra y el calor del ron, y esa omisión espero que me la perdonen los ausentes, pues como dice Edilberto Zuluaga, otro caldense  fortalecido luego de veinticinco años por las aguas del Caribe y autor de la novela “Impacto en el primer movimiento”, la palabra justa y bella tiene la altura de la voz y un deseo inmoderado.

* Escritor. Doctor en Historia. Profesor Titular Universidad Tecnológica de Pereira.