Manizales perdió su imagen arquitectónica

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El 12 de julio de 2017 se cumplieron 32 años del fallecimiento del insigne periodista y escritor José Fernando Corredor (1939-1985). Esta crónica publicada en el diario El Tiempo el 5 de junio de 1980, del que era corresponsal en Manizales, cobra la mayor actualidad en estos tiempos del POT.

MANIZALES PERDIÓ SU IMAGEN ARQUITECTÓNICA

José Fernando Corredor

Desde lo alto se asemeja a una inmensa iguana que parece refocilarse sobre el terreno abrupto, extendida cuan amplia es y mirando de soslayo. Es evidente que la visión lo conmueve a uno.

Cuando el avión empieza a girar en un ángulo de 180 grados luego de despegar del aeropuerto “La Nubia” para dirigirse hacia Bogotá por la vía de Los Nevados, a la vista queda  aquella magnífica silueta de la iguana, claramente delineada, con su cabeza aplastada mirando hacia el Batallón Ayacucho, en el costado oriental, mientras sus dos amplias y alargadas manos terminan rugosamente, la izquierda en La Sultana, y la derecha, descolgada sobre el abismo, en Fátima. El cuerpo, estremecido por las formas abultadas, se configura por todo el espinazo de la Avenida Santander, mientras sus dos extremidades posteriores se prolongan, la izquierda hacia La Avanzada y la derecha al Carmen, asentando su filuda cola, llena de puntos blancos, al occidente, en Villa Pilar.

La visión se hace más clara mientras el avión toma más altura y a medida que se aleja queda nítida la visión del blanquecino esqueleto de la iguana.

Evocación

“Es una ciudad bella, pero lo era mucho más antes”, sentencia el arquitecto Germán Téllez.

“Es una ciudad donde se puede conversar aún”, asegura el ideólogo e historiador Alberto Dangond Uribe.

“Es la imagen de la ciudad que perdimos”, evoca el escritor Darío Ruíz Gómez.

En Manizales, la capital del departamento de Caldas, con sus escasos 132 años (fue fundada en septiembre de 1848), abatida por dos devastadores incendios y tres terremotos, antaño llena de placeres estéticos, que en algún momento (1920-1930) llegó a ser epicentro comercial del país, envidiado bastión cultural, panacea de escuelas económicas nacionales y atrayentes tesis políticas, de figuras rutilantes y asentamiento de una cultura cafetera aún no asimilada.

Ciudad de donde surgió –y la historia no ha dicho si para bien o mal- un movimiento de singular enfoque: el grecolatinismo caldense o grecoquimbayismo, en referencia a la pléyade de jóvenes intelectuales que trasplantaron la cultura helénica y latina para irradiarla de aquí al país.

Volcada en la sala del teatro Los Fundadores, hombres y mujeres, de poca y mucha edad, más los primeros que los segundos, escucharon y vieron durante una semana las sentidas frases de quienes evocaron la placidez de la ciudad como uno de sus encantos, mientras de boca de los expositores surgió el grito de alerta para que la ciudad no pierda el hechizo del paisaje frente al devorador gesto del desarrollo con las moles de cemento que tratan de emular con el Nevado del Ruiz, recostado en la Cordillera Central, al suroccidente, pero sin la imponencia y la belleza de aquel.

“Parece que quieren taparlo con estos monstruos”, apuntó con su acerbía irónica el escritor manizaleño Hernando Salazar Patiño.

Quizás los que menos disfrutaron –y asistieron- a los cinco días fueron los arquitectos, ingenieros y constructores que se encuentran en la onda del cemento, de la destrucción de lo viejo para sustituir por lo nuevo, de rellenar inmensas depresiones para elaborar los terrenos y levantar suntuosos edificios, exprimiendo a la tierra su última gota de verdor.

Pero curiosamente fue la seccional de la Sociedad Colombiana de Arquitectos,  con su presidente Enrique Gómez Gómez,  la que patrocinó y orientó la Semana Cultural Pro-conservación del Patrimonio Histórico de la ciudad, con exposiciones, conferencias y conciertos, en un esfuerzo por mostrar y detener la ola desbocada de derrumbe de las viejas casonas para levantar torres de cemento que le roban visualidad y espacio al

manizalita.

Manizales está mal

“Antes –precisa Germán Téllez- cuando uno llegaba vía aérea hacía referencia de la ciudad buscando su mayor símbolo, la Catedral; ahora casi que no la encuentro y lo que vi fueron unos pegotes blancos”, en alusión a la docena de edificaciones que se levantan cercando la inmensa masa de cemento de estilo neogótico, que tiene su belleza en la aspereza y brutalidad que emana de su imponencia.

Téllez aclaró rápidamente todos los criterios que emergen para tratar de “terminarla”, mediante el revoque. La historia ya está hecha, expone, y la Catedral responde a un momento determinado cuando tuvo que quedar así; es muy singular por lo vigorosa, fuerte, brutalista y áspera; es la única de su género en Suramérica, y si se pretende revocarla sería darle una forma interpretativa que la rebajará de categoría…”. Globalmente, este arquitecto considera que “Manizales está muy mal” arquitectónica y urbanísticamente. La ciudad tiene una estructura frágil, y por lo tanto es vulnerable. “Claro –agrega- es mucha gracia que no haya sido aplastada por este desarrollo económico que en la región es muy fuerte y que ha hecho una aparición muy dinámica”.

Pero esta ciudad, cuyo nombre aún no está aclarado en su origen, se debate contra la misma naturaleza, por la falta de terreno, y ello agrava el problema urbanístico frente a la conservación de su pasado.

Por eso no es raro que viejas edificaciones de los barrios San José y Los Agustinos perecieran bajo la fachada de cemento, quedando apenas el recuerdo de las puertas, ventanas y balcones elaborados en madera, con sus brillantes colores y sus adornos de artesanos de antaño.

Este tipo de edificación llegó a realizarse por la mezcla de criterios de los maestros de obra que sacaron el mejor lance de sus conceptos con los estilos importados de “Art-noveau” por la clase económica regional pudiente en sus viajes a Europa, merced al poder de la economía cafetera, con el Republicano, dando expresiones artísticas de acabado impecable, de tallado en madera, primero, luego en hierro, vidrio y concreto dejando una marca indeleble en las construcciones, señoreando una arquitectura vernácula.

La importación de gustos de esa clase social tuvo un impacto positivo en la dilucidación que hicieron los artesanos de antaño, sin copia, con el amasijo de los materiales nuestros, para desparramar ese tipo de decoraciones en los balcones, frontis, puertas, enrejados y aldabas, entre otros.

Pero el otro fenómeno de importación, aplicado en el año 50, engendró precisamente lo contrario, en uno de los rasgos más agudos de desencanto que ha producido el grecolatinismo caldense.

Justamente, cuando esos cultores del trasplante de las culturas europeas a la comarca adquirieron poder de decisión en la ciudad, produjeron un arrase de aquellos tipos de arquitectura en procura de las actuales edificaciones de cemento, enhiestas como moles que han roto la línea del paisaje hasta convertir el centro en un descarado despliegue de argamasas y hormigón armado con una displicencia por el verdor, los árboles y las matas.

El arrasamientode esa arquitectura nativa, como si no fuera respetable, encantadora, deliciosamente artística, que a la vez era memoria de la ciudad, su cultura y motivo de orgullo, tuvo como cantinela que su desaparición era “modernizar” la ciudad.

Uno de los más conspicuos grecolatinos caldenses, Fernando Londoño Londoño, cuando fungía de Alcalde de la ciudad en el 50, pidió a varios pobladores que contribuyeran a la “modernización de sus casas en misión al embellecimiento total” para sustituir a las que aún “conservan su antiguo estilo”. Ese tipo de construcción “era casi lo único que en ese momento apuntaba aquí hacia lo artístico”, anotó en el debate iniciado por aquel longilíneo amigo Javier Calderón Rivera al hurgar e imputar la responsabilidad que a aquel movimiento correspondía exclusivamente por tan enrevesada decisión, controversia que aún está pendiente siquiera para conocer parte de nuestra identidad.

Esto planteó a los expositores en Los Fundadores cuál es la arquitectura que tiene la ciudad y si en verdad obedece a la llamada “arquitectura antioqueña caldense”, a lo que el escritor y profesor de arquitectura, Darío Ruíz Gómez, respondió afirmativamente. “Claro; lo que pasa y ha pasado es que muchas mentes consideran que es un pecado responder por esa  arquitectura del artesano, del maestro de obra anónima, que cogió las revistas con los clásicos y “art-nouveau y los matizó, irrespetándolos con su creación, por lo que no es raro ver, en  casas viejas, un tímpano clásico adornando una puerta; no hubo, como muchos creen, en esta región del suroeste antioqueño y del Gran Caldas, el período colonial, el período español, pues fueron ciudades fundadas después de la independencia”. Ruiz Gómez, autor de un estupendo trabajo relacionado con el patrimonio cultural de Antioquia y el Gran Caldas, próximo a ser editado y que constituye en parte una revisión de lo escrito sobre la colonización antioqueña, con otros aportes, no deja de sentir nostalgia de los pequeños grandes detalles  urbanísticos de Manizales y del lenguaje que sobrevive.

“Por ejemplo –recuerda- me emociona encontrar una palabra como ´revueltería´en un aviso, el ritmo de la calle al nivel de la persona, los parios de las casas y una curiosidad: muchas de ellas con sus escaleras móviles que permiten levantarlas, y que daban acceso a las vacas para ser ordeñadas en los patios de piedra”.

Sobre los planes inclinados de nuestras empinadas calles, los aleros de esas casas eran, y aún son, el refugio de los transeúntes, la cobija esparcida por el maestros de obras, semejando aquellos una sinfonía simétrica de escampaderos para el ocasional ciudadano.

Los balcones estaban adornados  de pintura desbordada en sus colores, con chambranas risueñas, con macanas separadas armoniosamente, color caoba o azul pálida o rojo sangre, plenos de matas y materos, que descolgaban estrepitosamente sus melenas, acariciando el cucarrón florido como parásita que resucita, helechos frondosos, verdes y abiertos, begonias moradas como sedosas mantas, glosinias púrpuras como apetitosas sandías, geranios blanco-rojo.

Construcción irracional

Para los visitantes es evidente que el color, la armonía y el paisaje encuadran dentro de una escala humana del manizaleño que antaño podía mirar desde la cama –y apenas eran unos diez años- con solo levantar la nuca, la imponencia de la Cordillera Central con su desparramado color verde macizo rodeando los tres nevados que juntos, casi todos los días, relucen con su nívea estructura, el del Ruiz, el Cisne y el Santa Isabel.

Hoy, la verdad, hay que localizar el sitio para admirarlos porque los monumentos al cemento los están alejando de la mirada casual.

“Hay una construcción irracional de los edificios, es evidente, y se está obstruyendo el lenguaje visual, el espacio y las calles”, asegura Darío Ruíz, mientras Téllez puntualiza que de continuar esta avalancha, las empinadas calles que parecen ofrecer diariamente el “milagro” de la levitación del transeúnte perderían todo su impacto y admiración.

El centro de la ciudad, advierte el arquitecto Mario Barreneche, ha cambiado en proporción, altura y luz en su conjunto, agregando a ello que por cientos de metros cuadrados de cemento no hay un solo árbol o una pequeña zona verde.

Para Ruíz Gómez y Téllez, en Manizales hoy se está haciendo una arquitectura que está negando la relación con el paisaje, con los atardeceres que se desbordan en inimaginables juegos de colores y arreboles hacia el occidente, desde el borde de la Avenida Santander y el Barrio Chipre, mirando todo el valle del Risaralda, y los Nevados, en el otro costado, el occidental.

“Estéticamente, Manizales –expone Téllez- podría haber sido una ciudad muy bella, pero hoy en día está surgiendo una ciudad enseguida de otra, o encima de otra, en todas partes, y la ciudad tiende a banalizarse; en muchas partes se ha perdido el sentido de la transformación como ocurrió en la Plaza de Bolívar y si  se hace un alto hasta sus calles empinadas, que son un atractivo y una parte de su singular fisonomía, terminarán por ser calles de cualquier sitio…”. Esta aseveración hacia el futuro la remacha para recordar que Manizales tiene, como ciudad, una recia personalidad, pero él siente el temor que la sustitución de lo viejo por lo nuevo, con las oleadas de cemento y el hierro, podrían terminar por despersonalizarla, para quitarle su particularidad.

Dos hechos más han contribuido a ese desarraigo del paisaje y la desaparición de esa arquitectura en que están empeñados quienes orientan la ciudad.

Uno fue la partición de la misma con una “zanja”, en el sector nor-occidental, a través de una Avenida que la divide sin sentido estético y de composición urbana, acentuando el aislamiento por un relieve físico que se prolonga en el sector nor-oriental, como si existieran dos ciudades, sin alma, sin entorno, sin una configuración y simbiosis como debiera haber sido.

La Avenida del Centro desde el parque de Los Fundadores hasta Bomberos* es un corte hiriente, profundo y separador de la extraña ciudad, que resalta más cuando las edificaciones a la vera carecen de una imagen, perdieron su personalidad.

Más preocupante, el otro fenómeno es el desmonte de las laderas del Alto del Perro y todo el flanco occidental para construir celdas de cemento, en tierras cuestionadas por su fragilidad, desbordando la composición del paisaje.

Se puede conversar

En este alud de estilos, sin embargo, la ciudad no ha entrado en la moda del “guatavitismo”, no obstante que ha sido una urbe con fuerte acento inclinado hacia lo español, pero ese trasplante (ferias, toros, carretas del rocío, canto, poesía) no ha tenido consecuencia en el plano urbanístico ni arquitectónico.

“Si, no había caído en ese detalle, y me parece, a primera vista,  que quienes importaron ese fuerte gusto por lo español prefirieron degustarlo en otras partes arquitectónicamente”, comentó Téllez.

Metido en el mundo de las ideas políticas, el historiador Alberto Dangond mira a esta ciudad con una frase que le provoca deleite: “Aquí se puede conversar, y hay una relación humana, sensorial y cálida”.

Su evocación va, entonces, a las personalidades político-literarias (Silvio Villegas, Aquilino Villegas, Fernando Londoño, Gilberto Alzate A., Bernardo Arias).

Colocada en el filo de la navaja, Manizales no puede, (como el poeta y crítico Andrés Holguín) caminar por ese filo porque ha tenido que desbordarse hacia sus flancos para poder sobrevivir.

El problema es casi universal, recuerda el arquitecto Téllez. “Si no se detienen se puede volver catastrófico, porque se está convirtiendo en un mal uso funcional de la tierra”; es urgente ponerle limitación y control a unas fuerzas económicas que se imponen,  pero que deber ser así porque hoy estamos viendo una transformación loca y aterradora de las ciudades”.

Y tal vez se comprenda mejor el fondo, puesto que no existe un código adecuado y severo para la construcción, de acuerdo con la misma ciudad y sus peculiaridades y no hay casona que pueda resistir al denominado “progreso”.

Quizás todo el asunto se entienda más, al decir del profesor de arquitectura Darío Ruiz, cuando confiesa que “somos una mazamorra”, en materia de estilos y arquitectura en el país.

“Estamos –añade- en una arquitectura de consumo, para satisfacer una demanda”.

“Si, reconoce Germán Téllez, y sentencia: Las ciudades están enfermas”, aunque hay gente que quiere aliviarlas.

*Hoy Parque del Agua.