Memoria de una revolución frustrada

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A propósito de Adiós muchachos, de Sergio Ramírez

Adriana Villegas Botero

Coincidió la celebración de los 75 años del escritor nicaragüense Sergio Ramírez el pasado 5 de agosto con la publicación de una columna de opinión del Premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa en El País de España titulada Las ilusiones perdidas, que comienza con esta confesión: “No había leído la autobiografía de Sergio Ramírez, Adiós muchachos, y acabo de hacerlo, conmovido. Es un libro sereno, muy bien escrito, exaltante en su primera mitad y bastante triste en la segunda”.

Tuve la oportunidad de escuchar a Sergio Ramírez en Bogotá en 2013, durante un taller de novela corta del Fondo de Cultura Económica. Es un personaje sencillo, cálido, que suelta citas citables mezcladas con anécdotas literarias, políticas y revolucionarias, en un coctel que tiene el poder del embrujo a través de la palabra.

Sergio Ramírez, como su compatriota Ernesto Cardenal, ha tenido un pie en la historia política de su país y otro en la literatura. A veces los dos pies han estado en el lado político y en los últimos años los dos en la orilla literaria. Ramírez fue protagonista de la Revolución Sandinista que en 1979 derrocó la dictadura de Anastasio Somoza en Nicaragua. Luego fue vicepresidente del gobierno liderado por Daniel Ortega y tras la derrota electoral sufrida por ambos en 1990, cuando ganó las elecciones Violeta Chamorro, comenzó un camino distinto y distante al de Ortega, que terminó en la ruptura definitiva y la renuncia de Sergio Ramírez al partido Frente Sandinista de Liberación Nacional.

“La historia es el clavo en el que se cuelga la novela” es una frase de Alejandro Dumas que a Sergio Ramírez le gusta citar. Dice que la felicidad no es tema de la literatura y que en cambio los hechos políticos y sociales son relevantes en las obras en la medida en que afectan las vidas privadas, que es la sustancia de la que están hechas las novelas.

Esos principios generales sobre la escritura Sergio Ramírez los pone en práctica en su autobiografía Adiós muchachos, publicada originalmente en 1999. Se trata del testimonio político de 314 páginas en las que el escritor presenta una revolución exitosa y luego fallida. Es el relato de cómo se cocinó desde adentro la revolución, con sus intrigas, sus juegos de poder y sus apoyos y resistencias entre los demás países (Colombia brilla por su ausencia), pero también es un libro cargado de anécdotas, de detalles que sirven para retratar el drama de la guerra y el inmenso poder que en su momento alcanzó a tener el Frente Sandinista de Liberación Nacional y los errores políticos que cometió por exceso de adoctrinamiento, aun cuando la realidad nicaragüense fuera distante a la cubana y por supuesto a la soviética. Si hoy una serie de televisión como House of Cards seduce por revelar desde adentro los juegos del poder, Adiós muchachos hizo lo propio hace ya casi 20 años.

"En un fin de siglo poco heroico, vale la pena recordar que la revolución sandinista fue la culminación de una época de rebeldías y el triunfo de un cúmulo de creencias y sentimientos compartidos por una generación que abominó al imperialismo y tuvo la fe en el socialismo y en los movimientos de liberación nacional, Ben Bella, Lumumba, Ho Chi Minh, el Che Guevara, Fidel Castro; una generación que aún presenció el triunfo de la revolución cubana y el fin del colonialismo en África e Indochina, y protestó en las calles contra la guerra de Vietnam; la generación que leyó Los condenados de la tierra de Frantz Fanon y !Escucha, Yanki! de Stuart Mill, y al mismo tiempo a los escritores del boom, todos de izquierda entonces; la generación de pelo largo y alpargatas, de Woodstock y los Beatles; la de la rebelión de las calles de París en Mayo del 68, y la matanza de Tlatelolco; la que vio a Allende resistir en el Palacio de la Moneda y lloró por las manos cortadas de Víctor Jara, y encontró, por fin, en Nicaragua, una revancha tras los sueños perdidos en Chile, y aún más allá, tras los sueños perdidos en la República española, recibidos de herencia. Era la izquierda. Una época que fue también una épica", dice Ramírez en su obra.

Adiós Muchachos es un testimonio ameno, con suspenso y drama, por el que desfilan una enorme lista de personajes mundiales que tuvieron más o menos que ver con la Revolución: Gabo conspirando y consiguiendo mediación con Carlos Andrés Pérez en Caracas; Boris Yeltsin, cuando era alcalde de Moscú, bañándose empeloto en un lago cerca de Managua; Margaret Thatcher peinada con laca y sirviendo el té como cualquier ama de casa; Álvaro Mutis cobrando deudas por la distribución de películas de cine; El Che alojado donde un amigo en Panamá y la mamá del amigo previniendo al Ché de su hijo porque "mi hijo es comunista"... Y claro: las torturas, los homicidios, las masacres y los abusos del poder que fueron tan frecuentes.

Los sandinistas llegaron al poder y hoy son una caricatura de lo que prometieron ser. El presidente Daniel Ortega está aliado con sus antiguos enemigos y Nicaragua sigue siendo uno de los países con mayor pobreza extrema del continente. Las Farc en cambio no llegaron al poder y luego de 58 años de guerra interna decidieron desmovilizarse. Hoy, cuando sus armas están siendo fundidas para construir monumentos a la paz, resulta llamativo que aun nadie haya escrito un testimonio de las Farc desde adentro, parecido al de Adiós muchachos. Laura Restrepo escribió Historia de un entusiasmo, sobre su militancia en el M-19, y tenemos perfiles de personajes como Camilo Torres del ELN así como textos sociológicos. Pero un testimonio completo con valor literario sobre las Farc no existe. Claro está que entre sus combatientes no ha habido, que se sepa, ni sergios ramírez ni ernestos cardenales. Al contrario: según el primer censo socioeconómico de excombatientes de las Farc realizado por la Universidad Nacional, el 11% de los exguerrilleros no tiene ningún tipo de educación y el 79% no es bachiller. Todo un contraste con un revolucionario como Sergio Ramírez, quien en su clase en Bogotá en 2013 dio un consejo clave para quienes quieren dedicarse a la literatura: “para escribir un libro hay que haber leído 500”.

“Para ser universal habla de tu aldea”, dicen que recomendaba Antón Chéjov. Ojalá que la paz le dé tiempo a algún excombatiente con talento para escribir un libro como Adiós Muchachos: una memoria completa, ágil, necesaria y conmovedora. Una obra profundamente local, pero de interés universal: tan universal y vigente como las razones que dieron origen a la revolución, contada con un tono trágico, como el tango de Gardel que le da título al libro:

Adiós muchachos, compañeros de mi vida, 
Barra querida de aquellos tiempos. 
Me toca a mí hoy emprender la retirada 
Debo alejarme de mi buena muchachada.…