Narcos, balas y suspenso: la sicaresca mexicana

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A propósito de Nombre de perro, de Élmer Mendoza

Adriana Villegas Botero


El pasado 15 de mayo a plena luz del día y en una vía transitada fue asesinado en Culiacán, México, el periodista Javier Valdez, corresponsal del diario La Jornada y director de Ríodoce. Con él ya son seis los periodistas asesinados en lo corrido de 2017 en ese país, en medio de la violencia desatada por carteles de narcos aliados con autoridades locales.

Leí un obituario sobre Javier Valdez en El País de España, que se lamenta así: “en vez de estar frente a estudiantes de comunicación y soñar junto con ellos que el periodismo nos salvará del horror; en vez de que tus ocurrencias nos hagan reír hasta orinarnos; en vez de visitar al Élmer Mendoza, ir por un menudo al mercado Juárez o aparecernos por la redacción de Ríodoce y hacer un recuento de nuestros miedos (…) en vez de todo eso, carnal, estamos llorándote en la San Martín”.

Culiacán es la capital del Estado de Sinaloa, al noroeste de México. Es una ciudad de 850.000 habitantes y al igual que Tijuana y otras cercanas a la frontera con Estados Unidos, sufre el azote de narcos que imponen su ley, como ocurrió acá en Colombia hace 20 años. Las noticias que hoy llegan de México parecen un trágico déjà vu para los colombianos. Acá mataron periodistas a montones, y también hubo escritores que narraron la hecatombe. No es gratuita la mención al escritor Élmer Mendoza en el obituario sobre Javier Valdez: Mendoza también es de Culiacán y se ha convertido en un autor icónico de novelas que retratan el drama que viven los mexicanos por cuenta de la violencia narco y la corrupción, usando para su narración todos los elementos propios de la novela policíaca.

“Cuando las novedades son las mismas, no hay novedad; eso le pareció: doce cadáveres en diversos puntos del estado, el Ejército patrullando, la policía atemorizada, los políticos declarando que no se preocuparan, que sólo jugaban a los vaqueros y el país ardiendo. Se hará costumbre, y las costumbres no inducen a reflexionar”. Este párrafo pudo ser obra de un periodista o un escritor colombiano, o del asesinado Javier Valdez. Está en Nombre de perro, de Élmer Mendoza.

Así como Arthur Conan Doyle creó a Sherlock Holmes, el amigo de Watson, y Agatha Christie le dio vida a Hércules Poirot, Elmer Mendoza inventó su propio detective: Edgar "El Zurdo" Mendieta, un policía bueno pero no tanto, pilo pero no tanto, sagaz aunque a ratos. Con él como protagonista ha escrito ya cuatro novelas: Balas de Plata, La prueba del ácido, Nombre de perro Besar al detective. En ellas, como en toda novela policiaca clásica, hay un crimen, un misterio por resolver, piezas que faltan y un investigador tratando de armar el rompecabezas.

Élmer Mendoza suelta frases que son sentencias sobre su visión de la literatura negra. “Todo homicidio posee una historia que implica un misterio”, señala en alguna parte de Nombre de perro: una declaración de principios sobre las historias policíacas. En otro aparte advierte: “en este tiempo todo es previsible, lo mismo la lluvia que una balacera o una boda”, toda una fotografía sobre la atmósfera criminal en la que vive y desea registrar, en donde los homicidios son parte del paisaje.

Hace 20 años hubo en Colombia un conjunto de obras que algunos catalogan con el rótulo de “la sicaresca antioqueña” Rosario Tijeras, La virgen de los sicarios, El pelaíto que no duró nadaNo nacimos pa semilla, y otras. En el caso de Élmer Mendoza, más allá de una radiografía de la violencia urbana del norte de México, el autor presenta una interesante propuesta narrativa: diálogos de ritmo vertiginoso, sin guiones o rayas, con distintas voces separadas apenas por comas, al "estilo Saramago". Un lenguaje lleno de jerga local en el que un lector colombiano puede entender palabras como "órale" o " chingada" pero debe esforzarse para comprender otras 50 que aparecen en su obra, construida a partir de escenas con riqueza visual, en ambientes urbanos y contemporáneos. Sus libros son como películas de acción.

Hay quienes dicen que un libro tiene la obligación de entretener, de no aburrir. Élmer Mendoza logra ese cometido. Entretiene e inquieta con historias que serían un deleite exquisito, si no fuera porque al cerrar el libro y prender el televisor, el golpe de realidad nos sacude recordando que lo que acabamos de leer es una ficción soportada en gran medida en la realidad que ocurre hoy en México, y que cobra víctimas a diario.

Elmer Mendoza

Nombre de perro

Tusquets Editores

2012

209 páginas