Octavio Escobar: el versátil.

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Adriana Villegas Botero

A propósito de Historias Clínicas y El mapa de Sara, de Octavio Escobar Giraldo.

Dice Antonio Caballero que él lleva 40 años escribiendo la misma columna sobre la legalización de las drogas y nada que le hacen caso. Es más, dice que lleva varios años escribiendo la misma columna sobre muchos temas, porque este país es igual desde hace varias generaciones. Que él se repite porque el país ídem.

Y sin embargo la gente lo lee. Habrá quien se canse porque le parece predecible lo que va a decir, pero también muchos lo buscan precisamente por eso: porque saben qué van a encontrar y les gusta. Algunos lo llaman coherencia y así como él muchos otros escritores, no sólo opinadores, vuelven sobre las mismas formas, temas y épocas en sus textos, porque se sienten sobre terreno seguro o simplemente porque les interesan esos temas, épocas y formas y no otras. No está ni bien ni mal. Es simplemente un hecho.

Octavio Escobar Giraldo es todo lo contrario: polifónico, versátil, impredecible. Ha escrito cuento, novela, ensayo y poesía. Una novela sobre la Colonización Antioqueña y varias que se ubican en este Siglo XXI. Tiene un libro de cuentos basado en las láminas del álbum de chocolatinas Jet y otros de crímenes y sicarios. Ha narrado muchos rincones de Manizales sin ser costumbrista, y en 2016, año en el que el Ministerio de Cultura le otorgó el Premio Nacional de Novela por Después y antes de dios, él presentó dos nuevas publicaciones: un libro de poemas y otro para adolescentes que tienen como único punto común la reflexión sobre la enfermedad, que no es casual porque al fin y al cabo Octavio es un médico que escribe, y quizás por esa misma razón humaniza a sus personajes con enfermedades o dolencias.

La poesía no ha sido el terreno habitual de Octavio Escobar. En 1997 se publicaron siete poemas suyos en “La manzana oxidada”, un libro en el que compartió páginas con Alberto Verón y Flobert Zapata. Eso fue todo... ni un solo poema adicional durante años de trabajo literario. Por eso sorprendió el fallo del jurado de la Tertulia Literaria de Gloria Luz Gutiérrez, que cada dos años elige a un poeta colombiano para otorgarle un premio y publicar su obra inédita. En abril del año pasado se anunció que la obra ganadora era Historias Clínicas, de Octavio Escobar.

Para discutir si la poesía es introspección contemplativa o también puede ser narrativa vale la pena leer estos 37 poemas que en verso libre y en pocas líneas cuentan dramas personales. Narran. En la ciencia médica la historia clínica es un breve texto en el que se dan los datos claves que permiten identificar qué padecen los pacientes: nombre, edad, peso, síntomas, tratamiento. Las 37 historias clínicas que presenta Octavio en forma de poema son exactamente eso. Los títulos informan sobre el nombre y la edad del personaje central del poema, que algunas veces es el paciente pero en otras es el médico o la enfermera: Orlando, 42; Felipe, 36; Victoria, 33. El cuerpo del poema, que usualmente no supera la media página, salvo en unas pocas excepciones, narra o insinúa lo que implica la enfermedad para ese hijo, esa mamá, esa familia, con una economía de palabras que evidencia un riguroso ejercicio de edición.

El cuerpo falla por vejez, pero también por accidente, por tumores tempranos, por balas. Las Historias clínicas de Octavio hablan de todo eso. Lo hacen con un lenguaje claro y con una emocionalidad contenida. Acá no hay llantos histéricos ni gritos eufóricos. Pero hay muerte, dolor, incertidumbre y algunas alegrías. Todo se cuenta con asepsia médica. El libro emociona no por los adjetivos sino precisamente por la ausencia de ellos: porque logra que el lector camine por los pasillos de un hospital, entre a la sala de cirugías, a las habitaciones y a la cafetería, y se enfrente al quiebre que representa cada palabra escrita en la historia clínica para la vida de su titular.

Una historia clínica particular es la que se narra en El mapa de Sara, libro publicado dentro de una colección juvenil, en el que la enfermedad del Tío Pipo marca la historia que nos cuenta Alfredo, un adolescente de Manizales que vive por Villapilar, estudia en el Instituto Universitario, tiene una hermana que se llama Jimena, su papá se llama Alfredo y su abuelo también. Su vida transcurre entre el colegio, el fútbol y el entorno familiar, que gravita en torno al Tío Pipo, quien repara televisores y sufre un trastorno mental.

Esa es la síntesis de esta novela construida a partir de 22 textos breves, cada uno centrado en una anécdota o relato puntual, lo que facilita que el lector joven lea un capítulo cada día hasta culminar el libro. El lenguaje está lleno de referentes que puede identificar cualquier manizaleño, como las cometas de Chipre, las competencias de carritos de balineras, los almuerzos con fríjoles, arepas, aguacate y hogao y en general la vida sencilla que, por fortuna, no ocurre solo en apartamentos frente a pantallas, sino también en las calles del barrio, con amigos.

Los seres humanos nacemos, crecemos y todo transcurre con uno que otro sobresalto hasta que nos morimos o nos enfermamos. De eso se ocupan los poemas de Historias clínicas y de eso se ocupa también, con otro tono y otras formas El mapa de Sara: De recordarnos que todos, en algún momento, tendremos nuestra propia y escueta historia clínica, con hora de defunción y descripción sobre la causa de la muerte. Una más entre las muchas que se escribirán en ese día señalado.