Para una crítica del "tener que" de las vacaciones

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Dia:
Ninguno
Lugar:

Madre y niños jugando. Pablo Picasso. 1951

Alberto Antonio Berón Ospina*

La vacación como ausencia de necesidad

En su origen la palabra vacaciones deriva del latín vacans que significa estar libre, desocupado, vacante, vacuus, vacío, libre y de vacui diez que es un día de descanso, vacatio (-ionis): dispensa, exención. Frente a esos vocablos que expresan la idea de un tiempo liberado de obligación, la operación realizada por el capitalismo a través de la industria del ocio, ha sido poblar ese tiempo exento con nuevas necesidades que renten económicamente, convirtiendo el día de la exención y de la dispensa, del vagari o andar errante, sin oficio, en un tiempo orientado a la compra y al tener, pero disfrazado de tiempo de ocio.

Frente a esa seducción, quiero explorar sobre las vacaciones de mi infancia, no porque ellas fueran un modelo, sino por ser las únicas que conocí en una ciudad pequeña, en una familia pequeña, con una economía pequeña. Vacaciones en las que fui feliz: sin piscina, sin San Andrés, sin automóvil, sin comprar; a lo sumo un helado, un boli, un panderito, un rollo o un carrito.

Del tiempo de las vacaciones tengo dos recuerdos: la ansiedad para que el timbre del colegio, o la campana de la escuela, sonaran a las dos de la tarde anunciando la dispensa de las obligaciones escolares. La escuela quedaba en silencio y las cuadras de las ciudades recibían las hordas de niños que se apoderaban del espacio público. Salíamos corriendo como cachorros desbocados, oliendo y pulsando el ritmo secreto de las cosas. También recuerdo la voz de mi madre, buscándome, queriendo saber en qué punto de la calle, o en cual casa vecina me encontraba, y no para interrumpir esa ausencia de oficio, esa libertad absoluta, sino para verificar que mi felicidad se encontraba segura y protegida.

El viaje de las vacacione,  cuarenta años atrás,  no consistía en moverse lejos del lugar en que se vivía, absorber paisajes y lenguas con la fiebre alucinada del turista de masas. Se trataba, por el contrario, de excavar en los secretos del lugar que se habita, de aprovechar esa detención, dedicarse a los juegos  sin el límite de las tareas y de las obligaciones,  y de tener que despertar temprano en la mañana, viviendo un sábado prolongado durante cuatro semanas.

Las vacaciones programadas

Los niños de hoy no son “los niños de la calle”, pues ese calificativo se transformó en un señalamiento negativo. Las vacaciones pasaron de pertenecer al barrio, mutaron al conjunto residencial, al edificio, al video-juego, al computador, a las vacaciones recreativas pagadas. Se transformaron las obligaciones públicas escolares, en las obligaciones financiadas y privadas vacacionales.

Pareciera ser que los padres de hoy, hemos padecido remordimientos de conciencia por jugar fútbol en una “bis” de barrio, escondite en la noche en medio de calles mal iluminadas, o “lleva congelada” en el andén. La acera,  donde trazábamos con tiza alguna ruta misteriosa y donde el lazo golpeando el piso y la algarabía de las niñas eran los sonidos usuales, fue desapareciendo entre grasientos talleres de reparación de vehículos, ebanisterías y cantinas que expulsaron a  los niños, desplazándolos hacia el  interior de sus  casas, llamados no por sus madres, sino por los fantasmas  del   televisor, del video, del computador, de la tableta, dispositivos convertidos  en un todo, en el reemplazo de la calle, de los niños de carne y hueso, de los relatos de los abuelos, como si la experiencia hubiese sido  tragada e incinerada  por el simulacro virtual postmoderno.

Los anhelos subjetivos de amplios segmentos humanos, han sido ligados a un inmenso lugar común: al tener que, para consumir, al tener que, con el objeto de viajar, al tener que, para disfrutar. Frente a eso, un pensamiento de la resistencia, contrapone a una subjetividad anhelante de disfrutar y de comprar el anhelo de no hacer nada, como utopía, nada de no planear nada, de una detención que aspira a recuperar fragmentos, astillas redentoras de vida perdidas entre el tener que adquirir de los grandes basureros industriales. Por eso,  en nuestros tiempos de vacaciones y de ocio, de sujetos colonizados por la idea de un dudoso tiempo libre programado y publicitado, resulta preciso desligar a la subjetividad, del anhelo de tener.

Doctor en Historia de América Latina. Universidad Pablo de Olavide España.

Docente Titular Universidad Tecnológica de Pereira.

Director Grupo de investigación Filosofía y Memoria.

Investigador Asociado Colciencias.