Quinchía un ejemplo de memoria

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Textos e imágenes Alberto Antonio Berón Ospina

Profesor Titular Universidad Tecnológica de Pereira

Director Grupo “Filosofía y Memoria”

 

En cada ocasión que visito el municipio de Quinchía tengo el privilegio de aprender de sus habitantes: el sentido de pertenencia, el conocimiento de su entorno, la sensibilidad política, pero, sobre todo, su memoria. No es casual,  entonces,  que en medio de las actividades del “Coloquio justicia, paz y convivencia social” realizado en el Eje cafetero durante los dos días 16-17-18 - 19 de mayo de 2017, Quinchía fuera el lugar de la clausura.  La razón es que  en el contexto histórico del conflicto armado colombiano, el municipio de Risaralda se convirtió durante la década anterior  en uno de los más afectados por la presencia de distintos actores armados.

Casa de la cultura de Quinchía: un lugar de la memoria

La “Casa de la Cultura” es un “lugar de la memoria”.  Sus salones y teatro  han recogido las huellas  de “una memoria oculta entre montañas”, en parte, gracias al liderazgo de Omar Antonio Ramírez,  quien desde este centro cultural puso al municipio a participar con plena conciencia y corazón, movilizando a  las instituciones educativas, con un sentido de pertenencia que se puso de manifiesto en la creación colectiva “Rompiendo cadenas”, una expresión teatral  que muestra  las vivencias y  testimonios sobre lo que al principios del siglo XXI vivió el municipio;  o la presencia de los niños del Instituto Salvador Duque-La Salle y de la Banda Sinfónica del municipio.

Desde Pereira, nuestro grupo de investigación “Filosofía y Memoria” de la Facultad de Educación de la Universidad Tecnológica de Pereira, contribuyó con su proyecto de investigación “Quincha, una memoria de resistencia oculta entre montañas”,  un estudio todavía inédito  financiado por Colciencias y el Centro Nacional de Memoria Histórica, y dirigido durante los años 2014 y 2015 por Carlos Alfonso Victoria y  quien esto escribe,  y que contó con el apoyo de un grupo de profesionales de la licenciatura de Educación y Desarrollo Comunitario de la Universidad Tecnológica de Pereira, y de la profesora Johana Guarín y  la Corporación “Quinchía unida” en la parte audiovisual.

La fuerza del mito oculto entre montañas

Las gentes de Quinchía han estado acostumbradas a defenderse de la adversidad recurriendo a sus mitos y cultura.  Desconozco si la fuerza les viene dada de sus cerros tutelares, especialmente Batero, referente vivo en su tradición oral, o es la fuerza del cacique Xixaraca, símbolo del liderazgo y la resistencia del pueblo Embera, o de “Michua”, diosa del valor y la guerra, recordada por los habitantes de esta tierra, cuyo nombre proviene de “Quincho”, una guadua con la cual sus nativos construyeron casas y lanzas. En todo caso, los habitantes de la tierra de “Guacuma” han defendido allí el derecho a ser propietarios de su  tierra y se enfrentaron con valor a conquistadores, colonos, hacendados y bandidos,  que han buscado históricamente tener dominio sobre un pueblo que se considera portador de un legado histórico.

De allí que todo esfuerzo por esclarecer el significado de Quinchía en términos de memoria cultural para el departamento de Risaralda, conduzca a una visibilización de lo sucedido allí: un territorio que fuera resguardo indígena durante la primera mitad del siglo XX, población  liberal  en medio de un departamento conservador como Caldas en los años cincuenta, región que  en los años setenta se caracterizó por la conformación de organizaciones sociales campesinas como la ANUC,  y que a partir de la década de los ochenta contempló cómo los beneficios dejados a la población por el café se reducían, mientras que la pobreza y el trabajo mal remunerado convertía a  las jóvenes generaciones en una presa fácil de los actores armados que circulaban por las cordilleras,  o que se incubaban a la sombra de las plataneras.

Para alguien que no sea oriundo de Quinchía, le resulta difícil entender la dimensión que pudo tener   el incendió del 17 de diciembre de 2016,  el cual consumió la iglesia de San Pedro Apóstol. Esa edificación ha visto  todas las alegrías, tristezas, los bautizos, las bodas, las fiestas, pero también una historia de dolor que  durante más de quince años la municipalidad guarda.

El templo,  luego de la conflagración, mantiene sus fachadas en pie. Sus ventanas que han sido testigos de momentos dramáticos en la historia del municipio,  como en 1948  cuando provocadores conservadores provenientes de Anserma, abrieron fuego contra manifestantes liberales  en la Calle del Comercio junto a la iglesia, o la histórica visita de la comisión de paz al pueblo, en tiempos del Frente Nacional.

En el año de 2003,  desde su iglesia, se contempló en la madrugada el despliegue de ejército, de policías, fiscales,  que improvisaron en su acera una parafernalia de armas, boletas de captura, detenciones en las casas de los lugareños, del casco urbano y las veredas, acusados de ser cómplices del Ejército Popular de Liberación.  La Plaza de la Paz de Quinchía, se pobló de detenidos,  quienes eran despertados del sueño, sacados de sus camas, conducidos a los camiones militares, donde los fiscales empezaban la formulación de cargos. Durante esos años, las puertas del templo recibieron,  semana tras semana, los desfiles de féretros con los cuerpos de esposos e hijos  asesinados por bandas auto  denominadas contra-insurgentes que ejercían “justicia” por propia mano y que decían pertenecer a las Auto-defensas Unidas de Colombia. 

Luego del atentado contra la patrulla de la policía en el año de 2003 adjudicado al EPL, donde fueron ultimados varios uniformados, la respuesta llegó en junio por parte del estado: la “operación libertad”. En ella detuvieron  desde humildes campesinos hasta el alcalde y los candidatos al siguiente periodo de la alcaldía. 14 años después en la memoria de muchos de sus habitantes continúan repitiéndose los sonidos del avión fantasma, las botas y las armas del ejército patrullando en la madrugada cada calle del pueblo, llegando hasta las veredas, despertando a los perros de las fincas, golpeando las puertas y preguntando por el nombre de un padre, de un hijo, acusado de ser cómplice del Ejército Popular de Liberación.

 

Una memoria oculta entre montañas

 

¿Pero qué ha cambiado hoy en este territorio? ¿Recuerda su población esos acontecimientos que signaron su historia de una manera distinta a la del dolor? ¿Se ha pasado de la victimización a la reparación material y simbólica? Indudablemente que  la identidad cultural de esta comunidad  ha sido una de sus grandes fortalezas, las políticas de restitución de tierras fueron pioneras allí, pero es todavía difícil saber si han satisfecho las necesidades de superar las huellas de la guerra.

La reflexión final es ¿qué tanto ha mejorado la vida de las comunidades? ¿Qué nivel de conciencia frente a su pasado tienen hoy?  ¿qué papel ha jugado la minería en los nuevos ordenes económicos de la globalización,  cómo estos a diario cambian la vida de las comunidades rurales? y, por último, ¿qué capacidad tiene una sociedad para pensarse a partir de las huellas del conflicto y poder construir una existencia donde se mantenga viva la esperanza?

La reconstrucción del templo de Quinchía es una responsabilidad de todo el Eje-cafetero

Quizá en nuestros tiempos, donde tanto se habla de reparación y de post-conflicto, una manera de ser consecuentes con estas palabras, y sobre todo de hacer un reconocimiento histórico por parte del departamento y de la nación a un pueblo que tanta entereza moral nos ha dado,  y con el cual se tiene una deuda histórica, sea apoyar, de manera urgente, la reconstrucción de su templo que desde 1885  vio pasar en distintos momentos de la historia nacional, hombres y mujeres de los estados soberanos de Cauca y Antioquia, buscadores de oro, indígenas, guerrillas liberales y maoístas, paramilitares, comisiones de paz, políticos toda la diversidad de la mentalidad colombiana. Conocemos de los esfuerzos que, desde el municipio se están haciendo, de las discusiones que se han dado frente a la limitación de los recursos. Pero señor gobernador de Risaralda: es un deber de memoria no dejar perder en la niebla de la indiferencia un monumento cultural de la región como es su templo. Desde la perspectiva del paisaje cultural cafetero y de la memoria histórica, tenemos documentos que justifican el valor de esa urgente reconstrucción.

Pereira, Mayo de 2017