Suicidio por reflexión: una metamorfosis sicológica

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Conrado Alzate Valencia

El 5 de junio de 1967, en Buenos Aires, Argentina, fue publicada,  por la Editorial Suramericana, Cien años de soledad, de nuestro Nobel de Literatura Gabriel García Márquez. Ese mismo año, salió a la luz pública Suicidio por reflexión o la historia de Oscar Olivares…, del escritor caldense Adalberto Agudelo Duque, quien apenas contaba con 24 años de edad.

Suicidio por reflexión es una novela sobre Manizales, altamente filosófica, con cierto estoicismo y de carácter existencialista por los sentimientos básicos que contienen sus páginas, comunes a esta corriente como son: la angustia, la soledad, la frustración, el absurdo, la nada y la muerte; temas manejados por los filósofos Soren Kierkegaard, Friedrich Nietzsche, Jean Paul Sartre y Emil Cioran. En este espléndido monólogo sobresalen asimismo aspectos que pertenecen al campo de la psicología evolutiva.

Sobre esta obra literaria, el escritor Roberto Vélez Correa en Literatura de Caldas 1967- 1997: historia crítica, nos proporciona el siguiente análisis: “En la ficción de Adalberto Agudelo Duque (Manizales, 1943), la narración en primera persona devela el angustiado universo de su protagonista, que parte de los más humildes oficios hasta el encumbramiento moral de la toma de conciencia del adulto, no sin antes la voz desgarrarse de rabia y miseria. Tras las peripecias del personaje, una especie de Lázaro a la criolla, está el telón de fondo de la ciudad, quizás de la misma ciudad de Manizales, sobre cuyo lomo desarrolla el protagonista sus etapas de maduración”. 

Posteriormente, Vélez Correa, puntualiza: “La prosa poética y las digresiones filosóficas, junto a la ironía anticipatoria,  difícilmente conjugada en un narrador personaje que cuenta su propia historia, conforman una novela que al igual que Óscar Olivares con el anuncio de su fin, vaticina la consolidación del ambicioso escritor que en Adalberto Agudelo Duque encarnará años después”.  

Y si Abajo en la 31, es una historia feliz de la niñez, Suicidio por reflexión es lo contrario: es decir,  un relato de la infancia perdida, un viaje a un paraíso desecado, sin felicidad. Suicidio por reflexión es también una metamorfosis sicológica, pues mientras las penas y la impotencia contribuyen a devastar sin misericordia el alma, el protagonista crece en pensamientos, en lírica, en metáforas que luego examinaremos con detenimiento:

“Hoy es domingo. Lo sé a pesar de saber que para mí no existe el tiempo. Ni el espacio. Ni los nombres dulces con que el género humano bautizó las cosas simples para deleitarse y matar el tiempo sin saber que el hombre era el muerto por el tiempo”.

“Mi sonrisa se acerca y mi perro tiene miedo de mi sonrisa”.

“Llueve. Las gotas de orines de ángel, chocan y rebotan contra el frío pavimento de la calle”.

Mientras en el realismo mágico de Cien años de soledad, Remedios, la bella, sube al cielo sobre sábanas empujadas por un viento inusitado,  la ficción de Suicidio por reflexión, es capaz de hacer danzar la catedral en el aire. Oigamos a Gabo: “Remedios, la bella, empezaba a elevarse. Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria”. Ahora escuchemos a Agudelo Duque: “Con la iglesia que danza en el aire al compás de una música desconocida”. 

Estas prosas son más que una novela, son una serie de historias que recrean el mundo pequeño de Oscar Olivares, un niño pobre, angustiado, sin esperanza ni fe, quien recorre las calles y los barrios de Manizales, voceando y vendiendo periódicos, meditando constantemente la vida, la muerte y el suicidio. Y más aún, Óscar Olivares es un inocente perdido en un bosque oscuro, temeroso de las pesadillas, del hambre, de estar perdido, de los hombres, de los castigos de su maestra; en fin,  de este mundo perverso y cruel.

Cabe señalar que esta clase de relatos  nos conmueven profundamente porque nos remiten a nuestra infancia y nos recuerdan nuestras carencias y nuestros miedos. Al autor de estas líneas  lo asustaban,  por ejemplo,  las nubes monstruosas que formaba el cielo en la noche, los gritos de los pájaros nocturnos, los sonidos misteriosos del río, los castigos de la maestra de matemáticas, el rostro severo de su padre y los sermones frecuentes de una madre esquizofrénica

Otros personajes menores son: la calle y la acera, donde Óscar Olivares pasa sus primeros años; la ciudad; el tren o monstruo metálico; su madre; sus hermanas; sus hermanos; el perro amado, que muere bajo las ruedas del tren y la vecinita, una niña tierna, quien fue atropellada por un auto sin frenos. La partida de estos dos últimos seres generan un daño irreparable, pues el protagonista jamás podrá olvidar sus muertos.   

Óscar Olivares en definitiva, es un personaje en constante ebullición anímica, un habitante del no ser y del silencio, un poseso de la muerte, agobiado por los recuerdos dolorosos, quien discurre por este “mundo de perros”, acumulando rencores y motivos para el suicidio:

Y yo no cumplo ninguna función porque soy un olvidado de Dios y de los hombres y del mundo. Para nadie soy el escogido, el único, y eso es bastante para querer morir”.

“No quiero seguir vistiendo estos músculos y estos huesos”.

“Eso quiere decir que empiezo a desvestirme y que llego velozmente al final de mi experiencia”  

Por último, comentemos a guisa de información que, no obstante que Suicidio por reflexión ha sido leída con fruición, llevada al teatro y hasta estudiada como texto de sicología, la crítica literaria no ha realizado una valoración amplia y justa. Un buen homenaje a Adalberto Agudelo Duque, en los cincuenta años de la publicación de esta obra, podría ser una  nueva edición, pues ya es difícil hallar un ejemplar en las librerías. Este hecho editorial, sería sin lugar a dudas, un magnífico regalo para la cultura de Caldas y el país.