Teatro “embolado”

Martín Rodas
Acaba de pasar, y casi ni me di cuenta, el Festival de Teatro de Manizales. Esta vez no transitó por las calles y los parques con la contundencia de años anteriores, cuando de verdad era una fiesta hermosa y telúrica. Sólo observé a la entrada de las pocas funciones en el Teatro Fundadores, unos bichos de Ecopetrol que hacían campaña publicitaria; nada que ver con el teatro.

Embolador de la 23 a la espera, Dibujo de Carlos Villegas "Segundo Quijano"


Esta versión encerró la actuación en pocos recintos que permitieron presenciar espectáculos de circos y danzas, que como expresiones artísticas son plenamente válidas, pero que han opacado lo que se supone es el arte de las tablas en los escenarios públicos y privados. Ahora el actor es un payaso, un saltimbanqui o un mago y las presentaciones siguen los pasos del famoso Circo del Sol. Tampoco estoy contra eso, pero creo que el verdadero teatro, esa tradición tan manizaleña de su festival, ha quedado tras bambalinas.


Sé de las afugias económicas para realizar un evento que debe competir con el monstruo bogotano. Es como pelea de toche con guayaba madura. Pero también considero que una utilización de los recursos teatrales propios, como lo son nuestros grupos locales, regionales y nacionales no puede ser tan costosa como para que se les niegue la oportunidad de invadir nuestras salas, calles y plazas.


Estamos ante un fenómeno que vive del nombre y del título de “Patrimonio cultural de la nación” y que subsiste por inercia, porque no se puede acabar, así de simple, como simple se volvió su programación. Todo quedó “embolado”, relegado a un pequeño papel (que es la definición teatral de la palabra “embolado” en el diccionario) en donde se ejerce un teatro de cámara y lo que se muestra en la calle no es ni la sombra de aquellos tiempos esplendorosos del Bread and Puppet Theater y muchos otros grupos que hicieron de nuestra ciudad un epicentro del teatro callejero a nivel internacional.


Cuando vi por primera vez el afiche de esta versión, con la caja de embolar, pensé con alegría que ahora sí “el teatro iba a estar en la calle”, pues uno de nuestros símbolos culturales populares más fuertes es el de los “emboladores”, que desde el principio de los tiempos (o sea la fundación de la ciudad) han hecho “lustre” de los pasos históricos de Manizales y sus personajes. El embolador ha sido confidente, agitador, político, radio bemba, artista del rebusque y tiene un lugar central ganado en nuestro imaginario de ciudad. Por todo esto cuando lo observé en el afiche creí que se iba a recuperar su imagen como símbolo teatral de la ciudad, como protagonista de las historias cotidianas de la calle y sus personajes… pero no… sólo se utilizó como una excusa para sustentar un supuesto redireccionamiento en las estrategias de gestión de las directivas del festival y sacar el teatro de la calle para devolverlo a las salas en un intento por recuperar las finanzas.


No quiero entrar en discusiones sobre las decisiones administrativas o de políticas institucionales, más bien deseo expresar mi nostalgia por el teatro y sobre todo por el callejero, que es el que más me gusta y del que afortunadamente todos los días disfruto cuando me sumerjo en la magia de La 23 con sus vendedores y vendedoras de dulces, frutas, cachivaches, rosas; los locos ataviados con las prendas más provocadoras, creativas y recursivas que uno pueda imaginar, los ancianos del Parque Caldas, los loteros y loteras de La Catedral, las “putas” (en el sentido más cariñoso de la palabra), en su oficio, por obligación, digno, milenario y profundamente humano… los verduleros, las verduleras… los jipis, los artesanos… en fin, un carnaval teatral permanente y abanderado por los emboladores que aún hoy en día siguen dando lustre al teatro de nuestras vidas.