Tomarse el humor en serio

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A propósito de La broma, del escritor checo Milan Kundera.

Adriana Villegas Botero

Abrir un libro permite cruzar una ventana para evadirse: la literatura ofrece un viaje de placer hacia otras épocas y geografías.

Por el contrario, otras veces la literatura no es evasión sino lupa: el libro detalla nuestro contexto más próximo e inmediato y nos permite comprender mejor el mundo cotidiano actual. Las obras contemporáneas que ocurren en nuestro propio territorio en ocasiones encienden luces sobre lo que a diario vemos pero no reflexionamos.

Hay grandes obras literarias que logran ambas cosas: ubicar el relato en entornos remotos en el tiempo y el lugar y simultáneamente ofrecer respuestas o argumentos sobre preocupaciones humanas del aquí y el ahora.

Por estos días se recuerdan los 50 años de la publicación de Cien años de Soledad, para algunos la obra cumbre de Gabriel García Márquez. También se festejan los 50 años de Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, que muchos catalogan como el mejor álbum de la banda británica The Beattles. Pues bien, en 1967, el año en el que nacieron esas obras maestras, el checo Milan Kundera publicó su primera novela titulada La broma, que ha sido traducida a más de 20 idiomas. El poeta y novelista francés Louis Aragon la calificó en su momento como “una de las mayores novelas de nuestro siglo” y su presentación en Estados Unidos estuvo a cargo de Philip Roth.

De Milan Kundera seguramente volveremos a escuchar en los próximos días. Desde hace varios octubres, en la víspera del anuncio del nuevo Premio Nobel de Literatura, el nombre de Kundera suena como favorito, al lado de otros como Cees Nooteboom, Adonis, Haruki Murakami y el mismo Philip Roth. Y siempre que se habla de Kundera se mencionan sus obras más conocidas: La insoportable levedad del ser, La inmortalidad  o La ignorancia. No obstante, en tiempos en los que el conservadurismo resurge con brío, o se activa lo que Javier Marías denomina “La Guardia Revolucionaria de las Buenas Costumbres y los Dogmas Correctos” hay otros títulos de Kundera que cobran especial vigencia y La broma es uno de ellos.

Digo “uno de ellos” porque La broma no es el único libro en el que Kundera se ocupa del humor. El tema también aparece en su único volumen de cuentos El libro de los amores ridículos, y en la triste historia de El libro de la risa y el olvido. Sin embargo el argumento de La broma guarda tanta relación con lo que ocurre aquí y ahora que no dudo en recomendar su lectura, disponible en versión gratuita en formato pdf con tan solo buscarlo en Google.

El argumento es simple: Ludvik Jahn es un joven checo que estudia en la universidad y pertenece al Partido Comunista. Tiene una relación con Marketa que no pasa de los besos pero él aspira a algo más, así que se ilusiona con pasar el fin de semana con ella. Sin embargo su plan se desbarata porque Marketa decide con gran ilusión atender ese mismo fin de semana un cursillo para jóvenes comunistas. Ludvik, frustrado, le escribe una postal en la que se burla de su entusiasmo. Se trata de una broma construida con tres frases simples, escritas en un contexto específico y para un destinatario puntual. Sin embargo, cuando las frases se leen de manera literal y por fuera del contexto inicial hay quienes no las encuentran graciosas y, al contrario, ven en ellas la prueba contundente del débil compromiso de Ludvik con la causa comunista. Lo que ocurre con su vida a partir de esta broma es una serie de infortunios que serían ridículos malentendidos si no significaran una verdadera tragedia para un ser humano.

En algún aparte del libro el protagonista Ludvik, refiriéndose a su propensión por hacer bromas dice: “no hay nada que sea sagrado para mí”. Se trata de una libertad que le permite mofarse de su novia, su ciudad y sus compañeros con sincera gracia y generar un ambiente de buen humor que divierte a sus amigos. La broma arranca sonrisas pero también retrata y cuestiona. Ludvik caricaturiza la ingenuidad de Marketa porque en realidad es demasiado ingenua y lo que hace el humor es agrandar esa característica. Se trata de una broma inofensiva que no le genera consecuencias desagradables. Su problema nace cuando la broma se vuelve subversiva frente al poder. Ludvik está convencido de que no hay nada que sea sagrado para él y eso resulta demasiado peligroso para la autoridad.

El poder del humor para desnudar la tiranía y los autoritarismos ha sido bellamente narrado en distintas obras: en 1980 Umberto Eco escribió El nombre de la rosa, obra en donde construye toda una trama policiaca para buscar un texto desaparecido de la Poética de Aristóteles, que se dedica a la risa. Un texto prohibido porque resulta desafiante.

Los tiranos de todas las épocas y de todas las geografías son intolerantes a la risa. Los escritores llevan décadas escribiéndolo pero la gente que es refractaria a la crítica suele serlo también al arte. Ejemplos abundan aquí y ahora. Lástima que no sea broma.