Viajar por los Paisajes del alma:

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Terrence Malick, Demiurgo de Existencialismos Soñados

 

Terrence Malick dirigiendo “Days of Heaven” (Circa 1978)

"Quieren que vivas una mentira o te quieren muerto. Lo mejor que un hombre puede hacer es crear y vivir en una isla para sí. Y si no nos conocemos, déjame sentir tu ausencia: una mirada tuya y te entregaré mi vida entera."

- Sargento Welsch en "La delgada línea roja".

David Jiménez González

Entre su segunda y tercera película pasaron veinte años. Durante esas décadas, los rumores alrededor del paradero de director Terrence Malick confundieron su natural timidez por la fama con una reclusión comparable a la de Stanley Kubrick o J. D. Salinger.  Peter Biskind, quien calificó al director como “El Genio que Huye”, reveló en Vanity Fair que Malick vivió, por aquel entonces, en Paris, mientras buscaba financiación para uno de sus proyectos más ambiciosos: la adaptación de la novela “El Cinéfilo” de Walker Percy.

Percy, médico de Alabama, convertido en escritor por gracia de una larga convalecencia, es considerado el Camus del Bayou, un retratista ácido de las clases sociales de New Orleans, donde el pragmatismo obtuso de la ciudadanía corriente contrasta con la crisis de valores de la burguesía sureña. El protagonista de “El Cinéfilo” se asemeja a Malick en su temprano abandono a una promisoria carrera universitaria. No obstante, después de que Malick desistiera de obtener su título de doctor en filosofía -como consecuencia de una amarga disputa con el profesor Gilbert Ryle y tras enseñar en el MIT-, el futuro director no se hundiría en una vida donde la necesidad ahoga lentamente cualquier impulso creativo.

Mucho antes de que “Badlands” o “Days of Heaven” dejaran su rastro en la conciencia cinematográfica de la década de 1970, y de ser proclamado por la revista Esquire como una “leyenda” -sin importar que pudiera dejar de dirigir con tan solo dos películas-, Terrence Malick abandonaba las aulas para concebir un lenguaje cinematográfico que tuviera repercusiones filosóficas, más allá del texto impreso. Su “interés ingenuo por las películas” y su curiosidad de diletante universal -curiosidad constante que lo lleva desde la observación de aves hasta la astronomía, pasando por la religión- lo impulsó a emprender la carrera cinematográfica, “una carrera tan improbable como cualquier otra” en palabras del director. Antes de pasar por el American Film Institute, siendo compañero de David Lynch, Malick escribió reportajes como “Freelance” para revistas como Newsweek y The New Yorker.  Con el tiempo, tuvo la oportunidad de colaborar en la elaboración de guiones como los de “Harry el Sucio” y “Los Indeseables” (Western protagonizado por Paul Newman y Lee Marvin, que tuvo escaso éxito entre el público y la crítica). Tras algunos desengaños, Malick decide escribir sus propios guiones, insuflándole su peculiar visión intelectual a las imágenes y basándose en una lectura rigurosa de la filosofía de Martin Heidegger.

El cine de Malick se arraiga en la contemplación del cielo y de la tierra, como si retratarlos y ponerlos en la pantalla revelaran lo que Heidegger llamó el “Ereignis”, el acontecimiento, la verdad expuesta y que no puede ser enunciada en un lenguaje pragmático o informativo; una verdad que no es producto de un proceso eminentemente racional, sino que sale al encuentro de quien no espera su visita. En la filosofía de Heidegger como en el cine de Malick, el arte de la imagen filmada como criterio de verdad no conduce a la aprehensión de una entidad quieta: la verdad hecha cine se revela y se oculta sucesivamente, se retrae y asedia mientras los caminos del creador y del espectador se encuentran. En las películas de Malick, siguiendo la impronta del pensador alemán, la verdad no es una conclusión ni el cumplimiento de una condición: es el recuerdo grato de una experiencia que estremece e influye en la percepción vital de realidad del ser. Por consiguiente, no se puede concebir la obra de Malick como un conjunto de historias que siguen un orden lineal: en ellas, el torrente visual domina sobre cualquier intensión engañosa, transmitida por una trama y desarrollada por medio de personajes. El “qué” desborda, en este caso, las ataduras del “cómo”.

Malick reúne la concepción de Heidegger con la sensibilidad de Percy, guiado por una genuina intensidad de la existencia que no puede buscarse; sino que surge de manera inesperada.  Esto se evidencia en cómo el relato deja lugar al deleite visual, lo cual implica que ver una película de Malick no sea tanto entender una historia como encontrar un sentido estético, como si se sacara agua de un pozo (Heidegger dixit). Las historias de Malick no se basan en los clásicos giros en la narración: ellas nos invitan a que “nos extraviemos en el camino para descubrir un valle perdido”. El cine del director norteamericano sensibiliza para la reconstrucción poética del pasado, en busca de un sentido más atento a la experiencia más allá de lo humano. Dicha reconstrucción ha evolucionado desde la filmación contenida de carreteras y desiertos de apariencia infinita, de las grandes praderas del medio oeste, de la luz solar al atardecer o de los bosques feraces en islas perdidas en el pacífico, a una observación irónica de las calles de Las Vegas y de Los Ángeles, por medio de una cámara al hombro que graba como si se quisiera atrapar la perspectiva del viento. 

La huella de “El Cinéfilo” parece estar presente en los últimos filmes del director nacido en Ottawa, Illinois (aunque otros dicen que su pueblo natal es la texana Waco, recreada en “El Árbol de la Vida”) En películas como “To The Wonder”, “Song to Song” y, en especial, “King of Cups”, aparecen hombres solitarios que tienen dificultades para comunicarse y para vivir el amor, como la máxima manifestación vital de su convivencia en el mundo: la condición de estos hombres es un profundo desapego hacia el presente, una aguda sensibilidad que alimenta una inteligencia vitriólica y un pesimismo sobre la capacidad de la cultura, para la reconciliación y el encuentro entre los seres humanos. Malick ha adoptado un carácter que Percy ha señalado en sus páginas: el apartamiento del mundo, la búsqueda de una cotidianidad de bajo perfil, para permitir que la obra propia, concebida y realizada desde las angustias intelectuales y las inquietudes místicas, se muestre más que el rostro visible. Malick como Percy combaten el gesto y la palabra vacía como formas que esconden la hipocresía y el vacío de los tiempos. El director lleva a la imagen lo que el escritor sugería en sus palabras: un carácter noble que es difícil de conservar con el paso de los días. Sin embargo, llegar a tal actitud estética implicó recorrer un largo camino espiritual.  

Gracias a la dirección de arte de Jack Fisk y a la fotografía de Néstor Almendros, John Toll, Tak Fujimoto y Emmanuel Lubezki, Malick logra recrear, en todos sus filmes, la intimidad del alma junto con el poder sublime de la naturaleza y de todas sus formas biológicas. Los seres humanos son vistos desde la eternidad, como formas existenciales que tienen un poco más de dignidad que el universo en el que sobreviven. Esto se evidencia en cómo los actores en sus películas aparecen como si fueran un color más dentro de una paleta compleja que se revela en la composición de las imágenes.  El protagonismo es subestimado para que el poder de la visión existencial y mística de Malick sea priorizado. Al mismo tiempo, Malick reúne en su obra toda una serie de experiencias que van más allá de lo visual: se alimenta de un uso dramático de la música y de referencias a los grandes clásicos del pensamiento. Esta sofisticación, aunada a una percepción que se manifiesta en imágenes de intensa evocación e inquietud mística, exige una atención inesperada para el espectador común. El culto de Malick, más allá de su vida discreta, está presente en sus películas, como representaciones de un misterio, de rituales perpetuados por la cámara y que continúan con el diálogo entre la sonoridad y la cita. Malick es ambicioso con su selección de obras musicales y literarias: desde el "Gassenhauer" de Carl Orff hasta el "Cantus Arcticus" de Einojuhani Rautavara, pasando por la "Danza Macabra" de Saint-Saëns, “El Moldava” de Smetana o la Tercera Sinfonía de Henryk Górecki. En “Knights of Cups” por ejemplo, el torrente visual que experimenta el espectador va acompañado fragmentos de “Fedro” de Platón, "El Progreso del Peregrino" de John Bunyan y situaciones sacadas de "Diario de un Seductor” de Kierkegaard.

Entre la discreción del artesano, la seriedad de quien se revela por sus obras y la influencia de Percy y Heidegger, Malick puede ser catalogado como uno de los “filósofos-cineastas”, que funde su interés por el lenguaje visual, semejante a la de Jean-Luc Godard, y la inquietud por la existencia y el silencio de Dios, distanciándose del tratamiento austero (hecho por el maestro Ingmar Bergman). El máximo interés del cine de Malick es la experiencia divina en todos sus niveles: en medio del dolor, el hedonismo, la furiosa ensoñación por lo sublime o el descubrimiento sin fin del universo. Malick es, pues, uno de los últimos sacerdotes de la religión de la belleza: sus imágenes son trasuntos de la inmortalidad, brillantes visiones de Otro Mundo, ofrendas al niño asombrado que duerme en nosotros y profecías de la Gloria del Cosmos y de la decadencia humana. Sus películas son, por lo tanto, epifanías experimentadas durante un arduo y misterioso camino del alma, entre las desconcertantes y proteicas sombras de lo inmanente. Quizás con el tiempo, Malick sea estudiado como el Dante del Cine.  

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